Cuando decidí no ser punk

Cuando tenía once años, tuve la primera gran crisis existencial de mi vida. Por suerte, la música me brindó ese refugio que cualquier persona que esté transitando la pubertad necesita. Empecé por lo básico, colección de discos piratas de mi hermana.

Un día escuché a los Misfits y cambió mi vida. Me obsesioné con la música punk y su estética. Con un repertorio de aproximadamente 512 mega bites cargado en mi flamante iPod nano, yo ya sabía que el punk era la razón de mi vida. Casualmente, ese año entró a la secundaria un chico que se llamaba el Crestas, cuyo nombre verdadero nunca conocí.

Supongo que a este punkero, cinco años mayor que yo, le dio ternura ver a un preadolescente con el pelo hasta la cintura rayando con un marcador la palabra PUNK por todo el colegio. Así que me dejaba pasar los recreos junto a él. Entonces me enseñó su música y me contó sus anécdotas. Además, me habló sobre la ideología del punk. Yo no podía estar más feliz. Lástima que el recreo duraba 30 minutos, y al sonar la campana tenía que volver a mi clase, que estaba llena de gente y donde me sentía más solo que nunca.

Ilustración de Lu Andrade (@Luilustradora)

En esa época, punkeras y punkeros perseguían emos para pegarles, y para mala suerte, un chico de mi clase se hizo emo. El viernes se fue a su casa normalmente, y el lunes vino maquillado, con todo el vissou emo y con muñequeras a rayas que cubrían las heridas que se hizo durante el fin de semana. Él siempre quería pasar tiempo conmigo. En cambio, yo apenas podía con mi propia crisis adolescente y no quería cargar con un chico tan repelente que – para peor-, se hizo emo de un día para el otro.

El año escolar se terminó, el Crestas se cambió de colegio y no supe más de él. Pero dos chicos tres años mayores que yo se hicieron punkeros. Se la pasaban molestando a mi compañero, y a mí me decían póser, que era el peor insulto imaginable.

Un día estaba con mi compañero y vimos acercarse a estos dos chicos en nuestra dirección. Cuando pensamos que nos habíamos salvado –porque parecía que nos iban a ignorar–, al cruzarse con nosotros le pegaron un golpe a mi compañero. Él se dobló de dolor y escupió sangre. Ellos simplemente se rieron y siguieron su camino. Yo intenté ayudar a mi compañero a levantarse e ir a la enfermería, pero él solo me dijo “Suéltame”, y se fue, andando como pudo, pero con toda la dignidad posible en una escena como esa.

Pocos días después, uno de los punkeros se acercó a mí y me dijo “El Crestas está con nosotros y nos dijo que te demos escuela, y que empieces a salir con nosotros”. Vinieron a mi mente las imágenes de mi compañero escupiendo sangre por su golpe. También recordé las palabras del Crestas sobre la solidaridad, libertad y la dignidad, sobre no someterse ante los más poderosos. Me imaginé estar del lado de chicos mayores, humillando a mi compañero.

El punk no era eso.

“Díganle al Crestas que gracias por todo lo que me enseñó. Pero yo no quiero salir con ustedes. Lo que hacen no me gusta y prefiero estar solo”. Tuve miedo, pero no me dijeron nada. Me di la vuelta y, caminando despacio hacia mi clase, sentí que me liberaba de un gran peso. Desde ese día, no se burlaron más de mí y creo que no le hicieron daño a mi amigo. Espero que el Crestas haya estado orgulloso de mí, porque hice lo más punk que un chico de 12 años podía hacer en mi situación.

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Psicólogo clínico, incipiente periodista.

Nací en Quito. Soy hijo de un quiteño y una tucumana. El punk siempre fue mi pasión. Creo fielmente en la palabra escrita como continente de la memoria, vehículo del alma y agente de cambio. Escribo sobre música, política y psicología.

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