Apuntes para un entendimiento crítico de la sociedad civil

No es posible entender las relaciones de poder al interior de las democracias (ni su coordinación global) sin considerar la función que desempeña la sociedad civil. Con este concepto, se agrega la acción y esfuerzos del sector público que actúa fuera de las estructuras de gobierno, sin fines de lucro y en interés del bienestar general. Se propone como un mecanismo estrella que incentiva la participación ciudadana, capaz de colocar asuntos importantes para todos en la agenda pública.  Hoy existen diversas organizaciones que bajo el cobijo de este ideal democrático proponen agendas anti-derechos, capitalizando las heridas políticas y sociales que históricamente ha atravesado México. Sin todavía problematizar al mismo concepto de sociedad civil, este fenómeno debería despertar alarma para considerar desde un enfoque crítico la idea de la sociedad civil, antes de ser condescendientes en automático con ella como mecanismo estrella de democratización. Esta sospecha debe guiar un análisis profundo que nos permita conceptualizar su heterogeneidad.

La historia de la sociedad civil en México es relativamente reciente. Resulta relevante para el tema que nos interesa que a finales de los ochentas hay un cambio en la tendencia de su desarrollo. Elio Villaseñor, autor de Algunos escenarios para la sociedad civil para el 2004 señala cómo empezaron las organizaciones de la sociedad civil a distanciarse de la movilización popular para transformarse en organizaciones más técnicas y profesionalizadas. Los años posteriores ocurre también un proceso de internacionalización. Las organizaciones comienzan a comunicarse con sus contrapartes en otros países a la par que adoptan modelos y colaboran con lo que (con las precisiones pertinentes) podríamos llamar la sociedad civil global, integrada sobre todo por organismos internacionales. Sin entrar en detalles históricos sobre las gestas de los sexenios pasados con la sociedad civil, llama la atención que la narrativa del gobierno actual cuestiona a este proceso de profesionalización. Creo que este cuestionamiento es legítimo desde un punto de partida crítico. El análisis de las agendas, de los protagonismos y de quiénes financian a las organizaciones de la sociedad civil no puede hacerse a un lado. Pero adelantar conclusiones reduccionistas que no reflejan la heterogeneidad de la sociedad civil para reforzar una narrativa de legitimación popular es un gran riesgo.

Múltiples encuestas y estudios señalan la pérdida de confianza de la población en el desempeño gubernamental y en los partidos políticos. Es conocida también la percepción de que en México estos últimos actores son incapaces de construir oposición. Sin duda, la autoadscripción no basta. Esta pérdida de confianza abre un área de oportunidad a las organizaciones de la sociedad civil al mismo tiempo que un área de oportunismo para grupos con intereses particulares, a veces por torpeza, ciegos a la compleja realidad mexicana. Cabe recalcar que su área de influencia no se limita en la esfera social, política o económica si no también cultural (¿cómo se relacionan ciertos patrones de apropiación cultural con esto?). Tampoco debemos ser ajenos y ajenas a la idea de que los protagonismos, al menos en la parte de la sociedad civil tecnificada y profesionalizada, tienden a ser cercanos a esferas de poder ya establecidas.

¿Pero qué sucede con el propio concepto de sociedad civil? ¿Qué valores defiende? En este punto, hay que advertir que jamás se constituye como una voz neutral en los asuntos públicos, contrario a lo que frecuentemente se piensa. Hay que sospechar y denunciar a aquellas organizaciones que, antes que proponer una agenda concreta, pretenden definir y homogeneizar la acción de la sociedad civil. Precisamente son aquellos que creen en la pulcritud de las formas de manifestación o expresión. Para ser honesto, me parece que este apego a las formas resulta muy complaciente con las esferas de poder y les sirve, más que nada, como distintivo de clase. Como consecuencia, la sociedad civil “oficial” no reconoce otras esferas de acción pública, igualmente legítimas. En suma, el concepto de ciudadanía tampoco es neutro. 

A modo de conclusión, habrán notado hasta aquí que no es mi interés señalar organizaciones en particular, pues estas reflexiones son antes bien aspectos que tomar en cuenta para acercarnos críticamente al concepto de sociedad civil con tres propósitosconceptualizar la heterogeneidad de la sociedad civil para reconocer su importancia como mecanismo de participación ciudadana;  reconocer una esfera de la acción pública que ciertos miembros de la supuesta sociedad civil oficial se niegan a reconocer; cuestionarla activa y críticamente.

En permanente desconfianza de las categorías. Para quien sirvan los títulos: estudiante de economía y filosofía. Busco aproximarme a la realidad con disposición crítica.

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