El amor en los tiempos de las mujeres libres

En un día de abril de 1975, el periodista Jean Louis Servan Schreiber cuestionaba a la escritora y filósofa feminista Simone de Beauvoir sobre el amor, su relación con Jean Paul Sartre y sobre si el feminismo hacía que las relaciones entre hombres y mujeres fueran más difíciles. Sin inmutarse, ella le respondió: “Quizás es más difícil para los hombres, porque siempre es agradable el tener a alguien completamente pasiva y sumisa a tu lado”[1].

A 45 años de aquella entrevista, sigue pareciendo que para algunos hombres resultaría más fácil amar a las mujeres si tuviéramos el limitado catálogo de sueños que enuncia Rosario Castellanos en su libro El eterno femenino: soñar que es la mujer más bonita del mundo; que todos los hombres se enamoran de ella; que todas las mujeres la envidian; que a su marido le suben el sueldo; que este mes queda embarazada; que sus hijos sacan diez de promedio en la escuela; que se muere su suegra; o que se queda viuda y cobra un gran seguro.

Pero las mujeres ya no nos limitamos a soñar eso (y probablemente las de antes tampoco lo hacían). Ahora también soñamos con una carrera universitaria, con tener independencia económica, con ocupar puestos directivos, con viajar solas por el mundo y con todo aquello que nos haga sentir libres y permita nuestro desarrollo personal.

Sin embargo, cuando entre esos sueños se cruza el espectro del amor romántico, se nos ha enseñado a las mujeres que siempre debemos sacrificar nuestro desarrollo personal para convertirnos en las esposas, las madres y las cuidadoras, antes que ser nosotras mismas. Porque, que después de todo el amor significa sacrificio (¿o no?).

Después de algunas situaciones en las que pareciera que mis aspiraciones personales son incompatibles con el modelo social aceptado de una relación amorosa, me he estado cuestionando la forma en la que se nos ha enseñado a hombres y mujeres a relacionarnos dentro del amor romántico (desde mi perspectiva, en el caso de las relaciones heterosexuales) y en mi recorrido por estos cuestionamientos, me he encontrado a muchas mujeres que anteriormente se habían hecho las mismas preguntas que yo.

Por ejemplo, la escritora afroamericana bell hooks en su libro All about love: New visions, identifica cómo la desigualdad de género y la dominación de todo tipo imposibilitan la práctica del amor y contribuyen a su devaluación. Si recordáramos constantemente que el amor es lo que el amor hace, no utilizaríamos la palabra de una manera que devalúa y degrada su significado. Según la autora es difícil aceptar una definición de amor que nos obligue a aceptar que no fuimos amadas en las relaciones más importantes de nuestra vida. De acuerdo con hooks “al entender el amor como la voluntad de nutrir nuestro desarrollo espiritual y el del otro, se vuelve evidente que no podemos sostener que amamos si somos hirientes y abusivos. El amor y el abuso no pueden coexistir.”

Por su parte, la escritora y activista feminista Kate Millet, escribió alguna vez que “el amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban. Tal vez no se trate de que el amor en sí sea malo, sino de la manera en que se empleó para engatusar a la mujer y hacerla dependiente, en todos los sentidos. Entre seres libres es otra cosa.”

En alguna ocasión platiqué de todo esto con alguien y me dijo que le parecía “demasiado complicado”, que el amor solo es eso y ya. Pero yo soy firme creyente de que lo personal es político y de que se puede reconocer como social y sistémico lo que anteriormente era percibido como algo aislado e individual[2], sobre todo cuando se trata de explicar la naturaleza sistémica de la opresión de las mujeres. Después de todo, la forma en cómo vivimos el amor y las relaciones románticas es indisociable de los ideales y los constructos sociales.

En un Yucatán donde casi la mitad de las mujeres ha sido víctima de violencia por parte de su pareja[3], considero que vale la pena cuestionarnos qué es lo que aguantamos en el nombre del amor, porque es lo que “nos toca” o porque esperamos el milagro del amor romántico en el que todo cambiará; donde las separaciones son siempre la derrota, porque relaciones miserables siempre son mejores a la soledad.

Aunque muchas personas leyendo este artículo pensarán que estoy en contra del amor, en realidad es todo lo opuesto. A pesar de que en el tema cada día tengo más dudas que certeza, creo firmemente que nuevas formas de amor son posibles. Un amor libre pero con responsabilidad afectiva, que sea compatible con nuestras aspiraciones personales; un amor donde no seamos presas de idealizaciones y miedos (como el que se le tiene a la soledad); en donde las mujeres no seamos obligadas a amar sino que elijamos hacerlo en completa libertad.

Finalmente, me gustaría concluir este artículo con una cita de Simone de Beauvoir, quien siempre pareciera explicar mis pensamientos mucho mejor de lo que lo haría yo misma:

 

“El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”.

 

 

[1] Entrevista completa de Jean Louis Servan Schreiber a Simone de Beauvoir, disponble en: https://bit.ly/2St7Hyd

[2] Crenshaw, Kimberle, Mapping the Margins: Intersectionality, Identity Politics, and Violence against Women of Color, Stanford Law Review 43 (6): 1241-1299, 1 de julio de 1991.

[3] Instituto Nacional de Estadística y Geografía, Encuesta Nacional Sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh), 2016.

Fondea el contenido joven

YucaPost es un proyecto autogestivo y sin fines de lucro. No recibimos patrocinios privados ni fondos públicos, pero tú puedes ayudarnos suscribiéndote a nuestro Patreon o haciendo una donación por PayPal. Tu apoyo será destinado exclusivamente a pagar costos de dominio, mantenimiento y alojamiento.

Estudiante de último semestre en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma De Yucatán. Integrante de Amnistía Internacional Yucatán e investigadora sobre derechos humanos y perspectiva de género.

Siempre me estoy cuestionando todo y a veces escribo sobre ello.

Soy amante del impresionismo porque me hace pensar que en realidad la vida es una imitación del arte.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *