Alto Karabaj

Todos y todas queremos que el año acabe. La pandemia ha demostrado que el paso del tiempo es algo totalmente subjetivo, haciendo que el año actual pase muchísimo más lento o rápido, de acuerdo al gusto de cada quién. Sin embargo, estoy seguro que en algo en donde podemos estar de acuerdo es que, mientras más pronto acabe, mejor. Esa esperanza inocente de que el próximo año será mejor es esa luz al final del túnel que puede o no ser un espejismo cuando buscamos huir de la realidad. Y es justamente esa realidad la que acrecienta esta sensación anormal del tiempo, porque tenemos como dados al mundo y la vida “normal”, más la tediosa pandemia. Y en esa cotidianeidad actual, tenemos guerras, de esas que surgen de los problemas más básicos y de antaño, pero que siguen aquí sin pensar siquiera en la situación de emergencia sanitaria global. Este es el caso del conflicto en la región caucásica del Alto Karabaj.

Como buen conflicto histórico-político, el problema en esta zona ha sido agravado (incluso semiprovocado) por una potencia global dividiendo territorios a su gusto, dejando de lado a etnias o grupos culturales. Para sazonar la receta, estilo Medio Oriente, se le agrega el ya común pero nunca suficiente conflicto religioso. Con esto tenemos muy someramente la base del problema en esta región. Simplificando, pero aclarando: el Alto Karabaj es una región de Azerbaiyán (país con mayoría musulmana) pero con mayoría de población identificada con Armenia (país con mayoría cristiana). Es una zona llena de personas armenias, pero fuera de Armenia.

Alto Karabaj
Imagen vía Wikipedia

Desde sus orígenes, la zona ha pertenecido a los distintos reinos y gobiernos armenios. Históricamente al menos, la legitimidad le da la razón a Armenia. Sin embargo, tenemos a la política para generar problemas donde no los hay. Y si bien estamos acostumbrados y acostumbradas a que los conflictos regionales basados en el dibujo de fronteras sin consideración alguna es propio de franceses, ingleses y estadounidenses; en este caso, los culpables son los rusos y los turcos.

Tras la caída del Imperio Ruso en 1917, con tal de no tener problema con los otomanos, el recién formado gobierno le cede este territorio reclamado a Azerbaiyán. Una vez establecida la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), la región se mantuvo en esta misma situación, todo con la misma intención refrita: mantener felices a los ahora turcos, teniendo en mente un potencial coqueteo soviético con ellos. Como justamente el estilo soviético no es el más amable al momento de reprimir, la situación se mantuvo pausada mientras esta conformación política aún existía. Pero en 1991 dejó de existir.

Con la caída del muro de Berlín y del sistema soviético, hubo un resurgimiento de países por toda la zona exsoviética. Y con ello, un resurgimiento de problemas detenidos por esa pax comunista. Surgen los Estados de Armenia y Azerbaiyán, manteniendo sus argumentos y pugnas por el territorio como si el tiempo no hubiese pasado. El principio de la década de 1990 del siglo pasado fue terrible para ambos bandos, desatando la guerra que hoy en día aún se reciente en esta zona. Las muertes de armenios en muchas zonas de Azerbaiyán fue algo notorio, lo mismo de azeríes en el Alto Karabaj. Esta situación hizo que el territorio declarase su independencia en 1992 con todo el apoyo del gobierno armenio, estableciéndose la República de Artsaj. Ahora bien, así como yo también podría declarar la independencia del territorio que comprende el patio de mi casa, de nada sirve si los demás no lo reconocen. Y esta situación justamente es la que pasa por esta región: fuera de Armenia, ningún Estado miembro de la Organización de Naciones Unidas (ONU) le reconoce. Sin embargo, este gobierno de facto sí que controla la zona. El gobierno de Azerbaiyán no tiene ya nada que hacer ahí y simplemente reclama, mas no controla ya, la región. Hasta este pandémico año.

El pasado mes de septiembre, Azerbaiyán lanzó un ataque militar (indirectamente apoyado por Turquía que sus líos y rencores tiene con Armenia) para retomar el control de la región. Obviamente, los karabajíes y armenios (en adelante armenios todos por simplicidad) contratacaron, defendiendo el territorio que ellos controlan. Y aquí estamos: una zona más del mundo en donde dos grupos chocan, envueltos en sus culturas y religiones, haciendo sonar los tambores de guerra mientras el mundo solo se dedica a ver. ¿Y Rusia? ¿Europa? Parece que a nadie le interesa y esto no parece tener solución alguna, más allá de la vieja confiable bélica y dolorosa: gana quien derrote al otro, cueste lo que cueste.

El objetivo de este texto (además de muy brevemente explicar un conflicto de muchos que, desde mi punto de vista, han sido causados irresponsablemente por potencias que hoy se lavan las manos) es hacer un recordatorio de que el mundo sigue su curso a pesar de la pandemia. Con lo bueno y lo malo, como en este caso. Aunque la crisis sanitaria generada por el COVID-19 siga estando en primeras planas, no hay que olvidar que es sólo un agravante de los problemas que ya teníamos desde antes, incluidas las guerras en donde las personas civiles son las que pagan, no los políticos que mandan desde el búnker. El conflicto en el Alto Karabaj es un claro ejemplo que nos recuerda que la guerra y las tragedias siguen ahí, bajo la sombra, del gran virus que se ha postrado sobre nuestra realidad. Que acabe el año pronto, por favor.

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Desde muy joven he sido un apasionado de la política nacional y global, por lo que me empeñé en estudiarla a través de la carrera de Ciencia Política en el ITAM. Me encanta viajar y conocer nuevos sitios y culturas.

Soy yucateco de corazón. También soy gamer, y ávido seguidor de franquicias cinematográficas de superhéroes y ciencia ficción. Amo a los animales, apoyo la libertad del individuo y soy excesivamente una persona positiva.

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