A la ultraderecha no se le dialoga, se le discute y se le combate… Pero ¿cómo?

La reciente visita de Santiago Abascal, líder del partido español Vox, a un encuentro con legisladores y legisladoras del Partido Acción Nacional (PAN) generó que en redes sociales desfilara por varios días la consigna “a la ultraderecha no se le dialoga, se le combate”. Y si bien en el fondo estoy de acuerdo con ella, me resulta conflictivo el sentido que se le suele dar a dicha frase desde colectivos antifascistas y grupos de personas universitarias.

Es innegable que en nuestro tiempo somos testigos de un ascenso de las fuerzas de extrema derecha en el mundo. El Fidesz en Hungría, Agrupamiento Nacional en Francia, Ley y Justicia en Polonia, Vox en España, el bolsonarismo en Brasil y el trumpismo en EEUU son pruebas vivientes de ello. Pero no es el objetivo de este texto el hacer un análisis de las condiciones que hicieron posible el surgimiento y consolidación de estas fuerzas políticas. Más bien mi intención es reflexionar sobre cómo podemos frenarlos y porqué es importante pensar muy bien cómo los enfrentamos.

Primero que nada, es crucial establecer por qué es importante combatirlos. Y es que hay que entender que, bajo la bandera de la tolerancia y la pluralidad de ideas, dialogar -es decir, pretender llegar a un acuerdo- con grupos que promueven discursos como la homofobia, la transfobia, la xenofobia, el racismo y el machismo carece de sentido alguno. Ser “tolerante” con quienes violentan e incluso están dispuestos a erradicar a los grupos vulnerables de la sociedad implica darle paso a la intolerancia.

Comparto la idea de que a la ultraderecha y al fascismo -dos términos que suelen usarse erróneamente como sinónimos- no se les debe tender la mesa del diálogo. Sin embargo, el gran problema es que, tras ese razonamiento totalmente válido, muchos grupos pequeños que se autonombran antifascistas esconden su renuncia a combatir el avance de estas fuerzas en un campo igual de importante, el de las palabras y las ideas, para centrarse en la llamada “acción directa”, por no decir que son simples peleas callejeras. Lo que es un error muy grave, ya que se permite que los grupos de la extrema derecha construyan una narrativa de “víctimas de los violentos grupos de izquierda” y no se desarticula el contenido mismo de su mensaje de odio.

¿Entonces qué hay que hacer? Definitivamente a estos discursos y grupos hay que plantarles cara. Sin embargo, esto no puede ser obra de pequeños grupos similares al llamado “Bloque Negro”. Ni mucho menos optar por fortalecer la represión del Estado, ya que sabemos que históricamente estas medidas después son usadas para reprimir a grupos de izquierda anticapitalista. La única forma efectiva de enfrentarse a estos grupos es a través de movilizaciones de amplios sectores atravesados por las múltiples dinámicas de opresión.

Con ello no pretendo decir que los sectores oprimidos no recurran a la autodefensa ante la violencia de los grupos de la ultraderecha. Pero se plantea una diferencia crucial respecto a la estrategia de acción directa de los anarquistas y otros grupos antifascistas. Las acciones de confrontación y movilización sólo pueden tener éxito si gozan de la aprobación de las masas a través de la construcción de estructuras democráticas dentro del movimiento, cosa a la que muchos de estos grupos renuncian por principio.

Del mismo modo, no dialogar no implica una renuncia a la confrontación discursiva y directa. De hecho, el dar la batalla desde esta trinchera es igual de importante que darla en las calles. Es grave ver cómo se aplaude y se celebra que hubo una victoria antifascista ante acciones como las de Pablo Iglesias en los debates de cara a las últimas Elecciones de Madrid, en donde decidió abandonar la mesa ante las declaraciones de la voxista Isabel Monasterio. Esto significó renunciar a un espacio en el que se podía desmontar el discurso reaccionario de Monasterio y Vox, y únicamente alimentó el discurso triunfalista de ese partido. Un ejemplo de cómo actuar en estos casos es el del comediante estadounidense Larry Wilmore, quien usó la plataforma del presentador Bill Maher para confrontar al bloguero de extrema derecha, Milo Yiannopoulos. Transformando ese espacio de un posible megáfono para Yiannopoulos en una emboscada inesperada en donde el británico poco pudo hacer para defenderse.

Imágen 2: Ilustración propia del escritor

Con la ultraderecha no se dialoga, se le combate con movilización masiva y confrontativa que se traduzca en una disputa por los espacios físicos y dando la pelea consciente y firme en medios de comunicación y redes sociales. Estas son las únicas dos estrategias que realmente pueden acorralar a la extrema derecha. Disputarles su base social con un discurso anti-establishment, pero que plantee claro que esto no es de “pueblo contra oligarquías”, sino de “trabajadores y trabajadoras asalariadas contra burguesía”, al mismo tiempo que no se les cede ni un sólo espacio para que emitan su discurso sin réplica.  Lo anterior será fundamental para plantar cara a un enemigo que, ante las condiciones económicas, la crisis de la hegemonía liberal y la falta de una alternativa política anticapitalista, gana fuerza día a día.

No se trata de gritar al aire a modo de condena “¡No pasarán!”, como si ello mágicamente los detuviera en seco. Se trata de hacerles entender que vamos a poner todos nuestros esfuerzos en que no pasen ni la extrema derecha ni sus discursos de odio, porque el futuro nos pertenece a todes.

 

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Estudiante de Relaciones Internacionales y Ciencia Política. Me gusta escribir sobre temas relacionados con neocolonialismo, desigualdad, movimientos sociales y procesos políticos, especialmente si ocurren en América Latina, Asia Occidental y África. Creo firmemente en un mundo en donde todas, todos y todes podamos vivir con dignidad y estoy convencido que debemos luchar por ello.

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