A 25 años del genocidio de Ruanda: nunca más

Dedico este texto a las víctimas y a los sobrevivientes del genocidio. También lo dedico a todas aquellas personas que han sufrido algún tipo de discriminación en todos sus niveles. Aunque a lo mejor no lo lean, esta dedicatoria es para ustedes. Deseo que puedan encontrar paz en medio del dolor. Deseo que un día ya no tengan que vivir esto. Nunca más.

Primero, quiero aclarar algo: esta columna decidí escribirla en un tono muy personal, pues es un tema en el que quisiera comunicarme directamente con el lector de esa manera.

El domingo pasado se cumplieron 25 años del inicio de una de las masacres que será una cicatriz por el resto de la historia: el genocidio de Ruanda. Murieron aproximadamente ochocientas mil personas, solo por el simple hecho de ser Tutsis. Y probablemente lo más impactante es que esto ocurrió en pleno 1994, tras casi cincuenta años del genocidio perpetuado por la Alemania Nazi. Ya existían organismos internacionales, el Muro de Berlín ya había caído y la época de las colonias europeas había terminado. Aun así, pasó.

No pretendo de ninguna manera simplificar la historia ni contarla de forma maniquea. Pero no podemos ignorar que este genocidio fue, en parte, producto de un sistema instaurado por los colonizadores belgas en la región del Congo. Cuando ellos llegaron, no conocían el lugar ni a su gente. Simplemente, como si fuera un pastel, se dividieron las regiones y decidieron gobernarlas con ignorancia y crueldad. Sometieron por años a los Hutus en alianza con los Tutsis y tras la independencia, el resultado fue el genocidio.

Esto refleja que gran parte del problema ha sido que quienes dominan el sistema internacional después del fin de la Segunda Guerra Mundial, no comprendieron a tiempo los problemas que aquejaban a las zonas del mundo que no compartían sus sistemas de valores, económicos y políticos occidentales. Ruanda es un ejemplo, uno que terminó de la peor forma posible; pero así hay muchos otros ejemplos: los Balcanes, Vietnam, Corea, Siria. Occidente no ha sabido comprender la complejidad de los problemas de cada pueblo (porque muchas veces ni siquiera estamos hablando de Estados); han simplificado las complejidades a tal grado que las soluciones implementadas parecen acabar empeorándolo todo. Por supuesto que no ha sido así en todos los casos, pero me atrevo a decir que muy a menudo, aplicar la métrica occidental a problemas no occidentales, ha resultado mal.

Cuando estaba decidiendo sobre qué tema escribir la columna de hoy, después de éste pasaron muchos otros temas por mi mente. Sin embargo, decidí que me era imperativo dar un espacio, desde mi trinchera, a este aniversario. Lo demás puede esperar y noticias nuevas siempre habrá, pero esto no. Temas como el genocidio de Ruanda deben de obligar a los actores del sistema internacional, a los estadistas, analistas, organizaciones y diplomáticos, a revisar sus prioridades. Ruanda nos recuerda qué es lo verdaderamente importante: las vidas humanas y su desarrollo integral y pleno en medio de un contexto de derechos humanos cumplidos. Por supuesto que esta es una tarea en extremo difícil, pero pareciera que en tiempos de paz poco valoramos aquello que damos por sentado.

Algo como el genocidio de Ruanda no debe repetirse. Que nunca más las supuestas “razas” sean motivo de divisiones institucionales y sistemáticas; que nunca más, la discriminación sea la tinta con la que escribamos la historia de la humanidad. Ahora que los nacionalismos están resurgiendo en diversas partes del mundo, personalmente me desconcierta muchísimo escuchar que personajes como Bolsonaro, Trump, Le Pen y compañía, parecen a muchos algo no tan descabellado. Tiendo a tratar de ser prudente en mis comentarios respecto a las preferencias políticas de otros, pero este es el espacio perfecto para decirlo: señores, el discurso nacionalista, racista, supremacista, misógino y discriminatorio, nunca ha llevado a nada bueno. Y quienes creen en él, son quienes más necesitan revisar sus prioridades y su forma de ver el mundo. Los males económicos no se curan con discriminación. Los problemas políticos no se sanean etiquetando “razas” culpables.

Cuando decidí estudiar relaciones internacionales lo hice por varias razones. Una de ellas, fue tratar de poner un grano de arena para evitar cosas como ésta. Ruanda me recuerda la razón de esta lucha. Los fascismos, las guerras y los genocidios están a un discurso de odio de distancia. No podemos permitirlo. Nunca más.

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Tengo 22 años, estudio Relaciones Internacionales y vivo en la Ciudad de México.

Los temas que me gustan son: democracia, elecciones, feminismos, desigualdad, relaciones Norte-Sur y América Latina. Aunque advierto que esta parte está en constante cambio.

Aquí escribo mis opiniones y mis preguntas.
“Hasta que la dignidad se haga costumbre”.

En Twitter: @noeliajmz

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