Poesía concreta

Por todos lados había escuchado el nombre de Camila Sosa Villada, que tenía que leerla, escucharla, buscarla, lo que fuese pero llegar a ella. Después de desidias y descuidos, me di el tiempo de hacer caso y llegué a una conferencia que dio hace siete años. Me gustó ese primer acercamiento, viendo su rostro y escuchando su voz nerviosa.

En su charla “Profunda Humanidad” inicia con un relato escalofriante: “Cuando comencé a travestirme, en la adolescencia, mi  papá puso una maldición sobre mí, dijo que un día iban a llegar a mi casa, iban a tocar mi puerta y le iban a dar la noticia de que me habían encontrado muerta, tirada en una zanja.” Aunque sus vivencias se desarrollan en tiempos y contextos distintos a los míos, me reconocí en ella. Aunque mi papá jamás me dijo ni diría algo cercano, lo sentí como propio.

Atender a ese video fue como verme en un espejo durante casi quince minutos. Villada cuenta cómo, a los 18 años, no podía conseguir un trabajo “bien visto”, por la muerte cerebral que les daba a los posibles empleadores al ver su identificación y notar que su fotografía no concordaba con la mujer que tenían frente a ellos. Recordé todos los meses que me partí en mil pedazos buscando empleo, y el miedo, intrínseco a mi piel, a las entrevistas donde tenían que ver mi rostro, porque conozco bien esa muerte cerebral de la que habla Camila, la pausa momentánea que hacen las personas al quemárseles su lector por no poder hacerme encajar en sus estéticas binarias.

Me había pasado antes pero no había podido reconocerlo, ni nombrarlo: generar parentescos, ese término de Haraway que escuché tantas veces pero que no me había atravesado de forma alguna. Eso era lo que sucedió al escuchar a Villada, generé parentesco con ella, aún cuando Sosa es escritora y actriz nacida en Argentina, y yo une simple empleade que trata de sobre-vivir en la capital de México, la sentí mi hermana, mi mejor amiga, alguien que entendía a la perfección mis vivencias a través de las suyas.

Endosymbiosis, tribute to Lynn Margulis, Shoshanah Dubiner

Tuve que rebobinar en mis memorias y pude localizar a distintas personas con las que he tenido poco o nada de contacto y que me generaron el mismo sentimiento, como si esa creencia del hilo rojo fuera real, que por más que se enrede, estire, se tense o desgaste, sigue uniendo a dos personas pero, en este caso, ese hilo no solo me une a alguien más, sino a una pluralidad de corporalidades y experiencias que terminan por tocarme.

Sin saber por qué, después de escuchar a Camila recordé a Lechedevirgen con sus “Cantos Xenobinarixs”, y confirmé su tesis: somos xenobinaries, una comunidad inusual, poblaciones desconocidas, sin descripción en la norma, microbies no estudiades, extrañes que no pertenecen, pero están, en el binario. 

Xenobinaries que crecen por su cuenta, de los que no se tiene registro ni cómo, ni cuándo, ni dónde se originaron; ni cómo es que han sobrevivido tanto tiempo en un cis-tema que constantemente tiene como meta su exterminio y su invisibilización. Xenobinaries que tienen más en común con los árboles feos, descuidados, de esos que, como dice Villada, crecen solos en los parques donde van las prostitutas a vender sus servicios, árboles raquíticos, sin hojas, muertos porque caiga una gota del cielo para no morirse de sed.

Camila Sosa Villada termina su charla casi en lágrimas, describiendo a Gabriela, una prostituta embarazada que llegaba en bicicleta al parque donde trabajaban y que encadenaba su medio de transporte a un poste junto al que ofrecía sus servicios, y nos pregunta: ¿alguna vez habían pensado que la poesía podía tener una forma tan concreta?

Soy una persona no binaria, nacida en el 97. Estudié letras y aunque una de mis grandes pasiones es la lectura, muchas veces me inclino a la crítica social desde un enfoque cuir y feminista. Mis intereses siempre se encuentran en movimiento ya que me gusta aprender cosas nuevas. Creo firmemente que lo personal es político.
Me gusta escribir en primera persona.

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