Perder a una madre en los veinte

Todos los duelos son un absurdo. Pero el duelo de perder a una madre es un absurdo, como mínimo, complejo. Y el duelo de perder a una madre siendo particularmente una mujer joven, es un absurdo complejo e injusto. Ya nos advertía Adrienne Rich que la pérdida de la hija a la madre, de la madre a la hija, es la tragedia femenina esencial.

Hay pérdidas que son una montaña que cae un día y ya no se va. Esta pérdida no termina y ni siquiera empieza con las cinco etapas. No hay proceso de negación o de ira, no hay un entendimiento real de nada salvo una única aceptación. Es algo que, de alguna manera que no logro comprender, sabemos quienes las vimos irse: es un dolor tan grande que sabes que tendrás que dosificar de por vida para no morirte tú también. Absorber en un momento la magnitud y duración de esa pérdida es, al mismo tiempo, imposible de imaginar e imposible de ignorar. Es saber de alguna manera cuánto dolor podemos tolerar y cuando tocamos el límite, volteamos a otro lado que nos refugie de la montaña. Es adquirir poco a poco una única certeza del futuro y esa es tener que repetir el proceso de duelo una, y otra, y otra vez, en mil y un escenarios distintos.

La montaña, la primera vez que la rodeas, es inesperada. Los primeros meses de explorarla tienen sorpresas que implican golpes, rasguños y caídas de severidad porque la recorres con los ojos cerrados por el miedo. La exploras queriendo atravesarla y sin lograr dimensionarla. Hasta que te das cuenta de que llegó a quedarse y abres los ojos un poco y tocas esa tierra y ves todas las piedras y empiezas a entender, después de días y meses y tal vez años, empiezas a entenderla y a dejar que te acompañe. El tiempo deja ver que esta pérdida tiene una dimensión tan profunda que es confrontativa en niveles identitarios.

Te das cuenta, por ejemplo, de que sí es fundamentalmente distinto perder a una madre a los 5, que a los 15, que a los 25, 35, 45, 55. Yo perdí a la mía a los 22. Lo primero que pensaba es que no cuadraba, lo segundo, es que incluso quienes más me quieren y acompañaron no lo estaban entendiendo. Y tercero, que me iba a atravesar en todos y cada uno de los aspectos que me hacen ser yo.

Los primeros veinte suelen ser el inicio de la independencia. Es una etapa en la que te comes el mundo a mordidas y en mi caso, mi madre era la base a la que siempre volvía. Es un momento en el que ya están consolidadas nuestras identidades, pero todavía tenemos mil posibilidades para construir un futuro. Pero más que nada, y la más dolorosa en mi caso, mi relación adulta y madura con ella estaba empezando y la exploré poco. Uno de los pesos de la maternidad como la entendemos hasta ahora, es que quien tiene hijes deja de ser quien era y pasa a ser la madre de.

Es triste, pero muchas hijas empezamos a entenderlas como mujeres complejas con sueños, dolores y anhelos propios que nos anteceden y nos superan, hasta que estamos a una distancia temporal bastante significativa del periodo de crianza. Tal vez hasta que somos mujeres complejas también. Pero no es solamente saber que no la conocí como quisiera, es saber que llegó un punto en el que dejó de conocerme. Después de ella puse todos mis dolores en construir la vida que las dos imaginamos, pero que no importa cuánto lo quiera, puedo pensar que lo pudo saber, lo pudo anhelar, pero no verá esa vida nunca. Lo paradójico es cómo se ramifica el tiempo: no sólo no me conoce porque no está, soy ahora porque no está, si siguiera aquí yo sería otra. No peor ni mejor, pero sí otra. Por lo menos sé que mi escritura comenzó desde el anhelo de contar lo que se me había perdido.

Las relaciones entre madres e hijas son complejas y todas distintas, algunas buenas y otras complicadas, pero es innegable que una parte importante de nuestra identidad se juega aquí. También la pérdida nos orilla a reconstruir una imagen, autoestima y forma de vivir propios. El duelo te hace frenar en seco, empezar el borrador de cero, tachar, enmendar, borrar, arrugar el papel, querer regresar, y después de veinte líneas tachadas tener una oración acertada. Olvidar su voz, escucharte riendo y escuchar su risa. Olvidar su mirada, ponerte su suéter, mirarte al espejo y verla un segundo mirándote de vuelta. Mirarte al espejo y no mirarla. No poder mirarte al espejo. Acercarte a la edad en que se enfermó y empezar a entenderla, años tarde. No reconocerla ni a ella ni a ti.

Ilustración por Hanna Ortega IG: @hxnnq

Pérdidas así son hacernos a la idea de que, hasta cuando las cosas van bien y los periodos de duelo se vuelven esporádicos, de todas maneras, pasaremos una vida extrañando. Es que cada milestone se vuelva agridulce. Mi montaña es ambivalente y compleja y me ha vuelto ambivalente y compleja. A veces me aplasta y no me deja moverme, pero cuando la he escalado estoy en la cima del mundo y cerca de la nube donde ahora vive mi mamá. Algunas noches me da una dosis de ansiedad que alcanza para un mes y me dice que tenga cuidado porque todo puede pasar. Pero también saber que todo puede pasar me ha dado el empuje para hacer de mi vida única y exclusivamente lo que yo quiero y hacerlo contentísima. Me ha dado miedos profundos y me ha dado el cinismo y la irreverencia suficiente para que alguien con cariño me llame valiente. Me ha mostrado quiénes son esas cuatro personas que necesito cerca y me ha dado la tranquilidad de que sola puedo todo. Mi montaña me va a acompañar toda mi vida porque no es sólo sobre lo que perdí, es sobre todo aquello que nunca será y todo lo que soy por todo lo que ha pasado.

Soy feminista de tiempo completo, arquitecta de formación, pintora por elección, pero de grande quiero ser escritora. Me interesan las intersecciones de todo eso; el habitar, el espacio, las desigualdades, el género, puntos suspensivos. Me gusta leerlo, escribirlo e ilustrarlo/pintarlo. Mamá de tres (animalitos), me gustan los mapas y el chocomilk. Ella/Her.

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