La música y el duelo. Un puente a la memoria

[…] pero para mí no deja de ser increíble la capacidad que [la música] tiene para acompañar durante el duelo, o para sanar un poco aquello con lo que lidiamos en silencio. Y lo veo en todos lados: en las madres que le cantan a sus personas desaparecidas, en las familias que le llevan serenata o su música preferida a sus personas difuntas en los panteones, en esos momentos en los que todo lo que queremos es escuchar aquella música que nos transporta de regreso a algún lugar de nuestro pasado, o que nos regresa al cálido abrazo de alguien que ya no está.

¿Por qué hasta los treinta años dejé de morderme el cuerpo?

En estos tiempos (donde cada año las cosas para el planeta parecen ir de mal en peor), la juventud está muy al tanto de esa emoción de querer estar-pero-no-estar, tanto que la depresión es un tópico en casi todas nuestras interacciones. La palabra desesperar, dijo David Foster Wallace en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, es ese “[…] extraño deseo de muerte combinado con una sensación apabullante de la muerte”. Querer tirarse por la borda, pero no caer en la nada, sino en lo más parecido que tenemos a la mano que es, en el caso de Foster Wallace, el mar.

Ideas desde la cinefilia: El cine es un trabajo colaborativo

La realización de una película involucra a muchas personas que merecen tratos justos; hacer valer sus derechos es primordial y reconocer su labor esencial dentro del engranaje resulta fundamental. El guión de una película no se escribe solo, ni la música, ni la fotografía o los efectos visuales, dobles, extras, auxiliares, todes quienes trabajan en la labor cinematográfica merecen reconocimiento. Nuestra responsabilidad como espectadores conscientes es reconocerles; porque sí, aunque no lo parezca, los créditos sí importan.

12 razones por las que consumir contenido sexual y porno no debería ser condenable

El condenar el trabajo sexual virtual sólo estigmatiza una profesión que es igual de valiosa que cualquier otro trabajo. El problema es que sólo se cuestiona al trabajo y la explotación laboral cuando involucra el uso de los genitales. Es por eso que, tanto la práctica como el consumo, no deberían ser actividades cuestionables moralmente, ni mucho menos condenables penal o socialmente