Nueve semestres después, ¡sí se pudo!

Ayer, después de cuatro años y medio, mandé mi última entrega de toda la licenciatura. Es extraño porque, a pesar de la enorme cantidad de veces que planeé e imaginé este momento en mi mente, aún no sé muy bien qué sentir, ni qué pensar, ni cómo procesarlo. Pero es que todo es tan reciente y esto se veía tan lejano que creo que es normal que el digerir el proceso vaya a tomar un tiempo, sobre todo tomando en cuenta el contexto que la pandemia ha impuesto. Así, además de buscar compartir mi experiencia y un poquito de lo que el terminar la carrera implica para mí (y, quizá, para otras personas que están pasando por lo mismo), este texto es para darle una base a todas mis emociones y lograr escucharlas y procesarlas mejor.

Primero que nada —tomando en cuenta lo difícil que fue estudiar en una escuela de tiempo completo que se caracteriza por tener un sistema en el que, si sacas debajo de 8 o repruebas una materia, te dan de baja automáticamente—quizá valga la pena empezar diciendo que ¡sí se pudo! Contra varios pronósticos y a pesar del llanto y las preocupaciones, ¡sí se pudo! Mi intención no es romantizar el estrés ni el terror escolar, para nada. Más bien, lo que busco con esto es hablarle a mi yo del pasado para decirle que le prometo que, aunque no parezca, sí lo va a lograr y que, aunque el camino nunca se vaya a poner más sencillo (aún cuando parezca que ya está cerca), valdrá la pena la alegría y la satisfacción del proceso.

Cuando volteo hacia atrás, me cuesta comprender cómo es que tantas cosas caben en tan pocos años y, a la vez, no logro entender cómo, a pesar de tantos eventos, esto se me fue así de rápido. Poniéndolo en perspectiva, mientras estudiaba la licenciatura, Trump se volvió presidente de los Estados Unidos de América; presenciamos el temblor del 19 de septiembre de 2017; Peña Nieto acabó su sexenió y arrancó el periodo de AMLO; el Reino Unido salió de la Unión Europea; ocurrieron los terribles incendios forestales en Australia y, por si no fuera suficiente, empezó y continuó (y continuó y continuó) la pandemia del Covid-19. Personalmente, durante estos nueve semestres, tuve el corazón roto dos veces; me esguincé el tobillo; vi a mis papás divorciarse y a mis hermanos mudarse de país; entré a terapia y llevé a cabo los trámites de dos semestre de intercambio que fueron cancelados por la pandemia. En general, pasé por mucho, pero, por sobre todas las cosas, reí, bailé, disfruté y fui aprendiendo, cada día, en todos y cada uno de los aspectos de mi vida. 

Hace cuatro años y medio, cuando entré a la licenciatura, era otra persona. Por supuesto que mi esencia, mis características más importantes y mis convicciones más fuertes aquí permanecen, están en el centro de lo que me conforma, junto con las personas más especiales e importantes de mi vida. Pero, aún así, pensar en mi yo del 2016 implica un proceso en el que me cuesta reconocerme. Contaba con otras pasiones a las que tuve que ponerles pausa, como la música y el amor por el violoncello. Tenía otro tipo de amistades; la mayoría se difuminaron con el paso del tiempo y, como era de esperarse, cambiamos en direcciones contrarias. Otras cuantas permanecieron, se fortalecieron y me brindaron el acompañamiento más bonito. Mi vida amorosa era completamente distinta; tenía un novio al que definitivamente quería mucho, pero que representaba una relación que quitó mucho más de lo que aportó; no sabía de deconstrucción del amor romántico ni del establecimiento de límites y poco a poco fui aprendiendo. Mi familia no estaba dispersa por todo el mundo, al menos no tanto como ahora. ¿Y yo? Yo no era feminista; no contaba con tanta rabia ni sed de justicia social; conocía menos sobre amor propio y estaba menos dispuesta a conocerme con tanta paciencia y cariño: no sabía construir ni pelear en colectivo tanto como ahora; y, aunque tenía mucho amor para dar, creo que no sabía canalizarlo tan bien como ahora.

Ilustración: daycuervo

En cuanto a la formación que recibí, no puedo hacer más que sentirme agradecida, afortunada y privilegiada por poder haber sido parte de esta pequeñita parte de la población que puede acceder a educación superior de calidad de manera gratuita y con tantos beneficios; como comida completa a $7, una biblioteca gigante y preciosa y todo el material académico a mi disposición tan sólo con pedirlo. A pesar de todo ello, sin duda, hay mucho que mejorar, empezando por el terror escolar. Si me preguntan, creo que nadie tendría que sufrir mientras aprende, ni debería de ser tan común sentirse constantemente insuficiente para cierta área. El dedicarle tanto tiempo y tanta energía a la educación puede parecer un arma de doble filo y, en mi caso, lo fue.

Aún tengo sentimientos encontrados al respecto, pues, por una parte, cuando pienso en lo limitado que es el acceso a las universidades y, en general, a la educación en nuestro país, me llega un sentimiento de gratitud que no se compara con ningún otro. Sin embargo, en otro sentido, aunque no me arrepiento de las decisiones que tomé y aunque hoy me siento sumamente orgullosa de haber resistido y haberlo logrado, me duele pensar en que tanto estrés puso a prueba mi salud mental y condicionó a tantos elementos de mi vida, poniéndolos en la cuerda floja únicamente con el objetivo de resistir académicamente. Espero que algún día podamos aspirar a un mejor sistema educativo para todas las personas, a uno que realmente sea factor de movilidad social desde las raíces y que no ponga en un constante trade-off al resto de nuestros intereses personales.

El Colmex, en mi caso, me recibió durante años desde las 7 de la mañana hasta las 9 de la noche todos los días. Representó el lugar en el que aprendí, comí, estudié y, sobre todo, en el que reí con uno de los pilares más importante de mi existencia: mis amistades actuales. Ahora que esto acabó, no sé muy bien qué sigue y, si soy sincera, me da mucho miedo que haya llegado el momento de descubrir el mundo fuera de la escuela que se volvió mi hogar por tanto tiempo. No quiero sonar dependiente ni dramática porque, sin duda alguna, a pesar de la incertidumbre, el futuro me llena de emoción e ilusión. Tengo muchas metas, sueños y objetivos y, aunque el escenario pinte sumamente difícil, me siento lista para buscar la manera de solucionar todo lo que venga. Quiero disfrutarlo y me siento agradecida por la oportunidad de vivir lo que viene. Pero, aún así, me cuesta entender cómo canalizar esta nostalgia que me genera el despedirme de un lugar que —a través de sus aulas, pasillos, biblioteca y, sobre todo, de sus personas— sembró tanto en mí.

Ilustración: Hanibal world

Hoy —en mi primer día sin pendientes escolares— no me queda más que agradecer a las personas que nunca me soltaron en el proceso y a todas aquellas que, constantemente, creyeron en mí más de lo que yo lo hice muchas veces. No sé cómo vayan a ser los siguientes días, pero hoy reconozco que valió la pena y que, aunque este proceso haya sido el más desafiante de mi vida, también representa al más gratificante. Si pudiera regresar con mi yo de ese 8 agosto de 2016, le diría que no tenga tanta miedo; que no permita que su autoestima y confianza se vean lastimadas sólo por unos cuantos exámenes y tareas; que somos mucho más que los números; que intente preocuparse menos y disfrutar más y, finalmente, que por favor nunca deje de ponerle tanto amor al aprendizaje.

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

2 respuestas a «Nueve semestres después, ¡sí se pudo!»

  1. No sabes lo orgulloso que me siento!!! Dios me ha bendecido con tres hijos maravillosos, luchadores, comprometidos. Mucho muy responsables. Tu mija linda eres un ejemplo de persistencia y tenacidad. Te AMO y está sensación que ahora tengo me acompañará por siempre. Muchas felicidades y que Dios te siga bendiciendo!!!!!

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