Noticias desde el encierro: detengan el mundo, quiero salir.

Mi mamá sale al jardín y se aferra a la reja. Sólo saca la mano, pero es suficiente “afuera” para ella.

Llevamos aproximadamente 50 días de encierro y casi todas las noches sueño con los mismos lugares que antes eran una parte tan fuerte de mi rutina –la parada del camión, los pasillos de la facultad–, que incluso con los ojos cerrados podría vagar en ellos.

El fenómeno del COVID-19 ha tenido una serie de repercusiones directas y hasta cierto punto predecibles: la aveniente recesión económica y la falta de abasto en los centros de salud. Sin embargo, simultáneamente ha tenido también efectos colaterales que van más allá de lo inherentemente cuantificable.

Se supone que mi casa es el lugar más seguro que existe, el más cómodo y adecuado a mi descanso, a mis necesidades. Entonces, ¿Por qué siento una asfixia infinita dentro de estas cuatro paredes?  Casi sin darnos cuenta, el cese de actividades por el COVID-19 no sólo ha afectado nuestros planes inmediatos y la movilidad espacial, sino que ha metido sus manos dentro de la manera en la que se configura nuestro hogar.

Hay un artículo fantástico al respecto de la Facultad de Ciencias y Humanidades de La Salle –de hecho ¡por un profesor que tuve en la carrera!– que gira en torno a esta reconfiguración del hogar y la creación de una nueva forma de existir en el interior: El Hogar-Mundo.

Para poder entender este cambio repentino primero hay que preguntarnos ¿Mi casa es un hogar?  ¿Qué y quiénes conforman mi hogar? ¿Qué sucede dentro de mi hogar y por qué es necesario que exista?

Hogar puede ser referido a un espacio donde un grupo de personas comparten gastos y se relacionan en su dimensión privada, satisfaciendo sus necesidades primarias.

Crea la distinción entre el mundo exterior y lo íntimo, lo público de lo privado, nosotros y ellos.

El discurso que manejan las autoridades, particularmente las medidas punitivas y regulatorias que se han llevado a cabo en el interior del Estado de Yucatán, ha propiciado el crecimiento de la otredad. Yo en contraposición con ellos, los que salen, los que no cumplen con la cuarentena. El sujeto en la oración “Es que la gente no entiende.”

Ahora el concepto de hogar se ha manchado con tintes de miedo.

El confinamiento nos ha llevado a satisfacer no sólo las necesidades primarias dentro nuestro hogar, sino todas las necesidades. Al mismo tiempo, ha despojado a nuestro hogar de su dimensión privada. Hemos tenido que abrir nuestro espacio más íntimo al resto del mundo y el mundo ha entrado a nuestro hogar. En la forma de home-office, del súper a domicilio, las reuniones en línea. Los espacios de descanso se han corrompido y se han vuelto en espacios asociados con el cansancio y el estrés.

Para variar, nuestra vida moderna nos incita a pasar mucho tiempo fuera de casa.

No sólo estamos acostumbrados a no estar dentro del espacio físico denominado como “casa”, sino que también ha influido en el diseño de estos espacios. Las viviendas modernas no están hechas para una estadía prolongada. Muchas unidades habitacionales tienen el comedor, la sala, y la cocina en la misma pieza, de tal manera que al pasar la mayoría del tiempo fuera de casa, inciten a una convivencia cercana que compense por el resto del día.

Y aunado al tener que abrir nuestros espacios al mundo, nos hemos quedado añorando el sentimiento de intimidad.

Nos sentimos desprotegidos y al mismo tiempo agobiados.

¿Y ahora qué?

El mundo después del COVID-19 no va a ser el mismo por mucho que mandemos el típico mensaje de “cuando todo esto se acabe […]”. Nuestra concepción de hogar y la manera en la que funcionamos dentro de él está en un punto de transición relevante. Entender cómo se ha transformado la vida dentro del hogar nos otorga un cierto tipo de claridad para sobrellevar el hastío colateral de estas nuevas situaciones de cotidianidad. Al mismo tiempo, puede vislumbrar en una medida cómo se desarrollarán los próximos meses.

No queda más que observar nuestros espacios por ahora. Tratar, en medida de lo posible,  de hacer la separación entre lo público y lo privado dentro de ellos. Ponderar las relaciones que cultivamos con aquellos quienes comparten nuestro espacio. ¿Cómo puedo retomar la intimidad de mi hogar?

Sacar la mano por la reja y preguntarse qué tanto “afuera” es suficiente y qué tanto es demasiado.

Celeste, como el color. Estudio Sociología en la UNAM y me especializo en Estudios de Asia. Tengo 20 años y constantemente me hago la misma pregunta ¿Se podría hacer un análisis sociológico de esto? La respuesta, para mala fortuna de los que me leen, siempre es sí.

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