Notas sobre racismo y literatura

Fue una tarde lluviosa por septiembre u octubre. La presentación del libro era en una librería ubicada en una colonia gentrificada de la Ciudad de México, a la cual llegué con una amiga antes de la hora. El evento transcurrió de manera normal, sin embargo, conforme iba llegando la gente, noté una sensación extraña que pude definir hasta que el lugar se encontraba lleno: yo era una de las pocas personas no blancas. En realidad, la tarde fue agradable, lo cual además lo hizo más complicado de procesar, pero desde ese día se me quedó clavada la duda de por qué me había sentido así, por qué mi piel morena se había sentido fuera de lugar. Y empecé a pensar de manera más insistente en el problema del racismo en general y cómo toca a la literatura en particular.

Cuando vemos un plan de estudios de literatura, una antología, una presentación donde la mayoría o todos son hombres, decimos que el mundo literario es machista, que hay dinámicas y estructuras relacionadas con el género que juegan un papel en quiénes publican y a quiénes leemos. Podemos decir lo mismo cuando quienes vemos predominantemente son personas autoras blancas, al margen de su género. Hay estructuras racistas que influyen en quienes estamos leyendo y a quienes están publicando. Y como ejercicio podemos hacer un repaso de a quiénes hemos leído.

Sumado a lo anterior, no los lugares de enunciación no son sólo blancos, sino que es bastante común que suelan partir desde las perspectivas de clases acomodadas y centralizadas. En su conjunto, estos tres elementos juegan un papel determinante en la construcción de la literatura pasada y contemporánea, puesto que quienes están circunstritos en ellos son quienes pueden tener un acercamiento mucho más sencillo a la literatura, a universidades, centros culturales, etc.

Esto complejiza más la situación, puesto que muchas veces se dice que la literatura beneficia a los hombres, sin embargo, esa es una verdad a medias: beneficia a los hombres blancos con capital económico y cultural, en su mayoría citadino. De hecho, es mucho más fácil encontrar literatura escrita por mujeres blancas acomodadas que de hombres racializados que se enuncien desde sitios periféricos: podemos encontrar sin dificultad plumas como Elena Poniatowska o Carlos Fuentes pero busquemos nombrar a un autor afromexicano y será mucho más complicado. Racialización y clase social, que suelen ir de la mano, y los procesos de centralización pesan más en la inclusión o no a la literatura porque determinan, en primer lugar, el acceso mismo a los libros y al medio literario. En ese sentido no es una exclusión tan explícita, como sucede, por ejemplo, en el mundo de la actuación, donde con total claridad se beneficia a personas de piel blanca, sino que es algo más sutil, en donde confluyen distintos procesos pre-literarios.

Esto no es cosa del pasado. Al día de hoy son dinámicas que siguen persistiendo. Habrá quien diga que gracias al internet no está tan acentuado, alguien más dirá lo contrario. Pero creo que es irrebatible que la blanquitud del mundo literario, como su machismo, es una realidad presente. Basta dar una vuelta a catálogos editoriales, como son las mesas de presentaciones de libros, dónde están los centros literarios, a quiénes se leen en los cursos de literatura universalizantes: son enfoques blancos. Y esto se ve no pocas veces reflejado en las historias que se narran: es común que si el paisaje de la historia es blanco, se den discusiones más profundas y “elegantes”, mientras que en el sentido opuesto se hace un tratamiento casi antropológico de lo “bárbaro”. Visto de esa manera, no llega a haber tanta diferencia con ciertos paradigmas propios de las telenovelas. En parte por eso mismo no me parece acertado cuando una propuesta literaria se afirma como contraria al establishment, cuando en realidad están sosteniéndose en estas otras estructuras de poder.

Ahora, ¿qué hacer? En principio, no creo adecuado ni beneficioso el señalamiento moral, en parte por eso evito en la medida de lo posible la palabra “privilegio” por la connotación casi a la manera de “pecado” con la cual se le ha cargado. Tampoco creo en el separatismo de escuchar y leer sólo a quien es como yo por “equis” característica; he visto bastante cómo ello lleva a cegarse ante otras realidades y tomar una como la única válida, aunque replique otras exclusiones e incluso niegue otras violencias.

Lo que sí creo necesario, es abrir la discusión al respecto, como se ha hecho en otros ámbitos y otros problemas. Empezar a nombrar y hacer un ejercicio crítico y autocrítico sobre nuestras lecturas y lo que consideramos como literatura. Si entramos a un curso sobre literatura estar atentos a lo que leemos en él.

Lo otro es buscar leer a personas autoras que salgan del paradigma de la blanquitud: qué se está escribiendo en otros estados del país, qué están diciendo las personas escritoras en lenguas indígenas de México, qué narran desde las literaturas de Asia y África y, si vemos a Europa y los países anglosajones, ver qué publican las comunidades migrantes, etc. Y es que en realidad no es que no exista una literatura no blanca, sino que suele ser opacada y relegada, cuando estas propuestas literarias tienen méritos propios que no le piden nada a las que pensamos universales. De hecho, la idea misma de pensarles como “otras” literaturas es una construcción de otredad que se hace de una perspectiva blanca. No son “otras” literaturas, es literatura con todas sus letras.

Esto no significa que se deba dejar de leer a una persona sólo por ser blanca. Como mencioné anteriormente, no creo en esas acciones, pero sí creo en la importancia de llevar a cabo nuestro ejercicio lector de una manera más crítica, analizando las diversas caras y complejidades que una obra tiene. He leído libros con perspectivas muy blancas que me parecen muy buenos, con propuestas interesantes, y he leído otros que, además de normalizar la blanquitud y clasismo, literariamente me parecen deficientes, ambos y más elementos pueden convivir en un espacio. La literatura no es un falso dilema donde o es X o es Y, sino una multiplicidad donde X, Y, Z, etc. coexisten al mismo tiempo. Además, esa perspectiva crítica también debe mantenerse ante personas autoras racializadas.

Seguramente habrá quien haya reflexionado de manera más puntual y certera sobre este tema, y probablemente habrá puntos que pensaré afinar más o incluso cambiar. Son ideas que han ido surgiendo desde aquella presentación y que responden a una realidad que es necesario cuestionar.

(Tlaxcala, 1995). Cursó la licenciatura en Estudios Latinoamericanos en la FFyL-UNAM. Ha publicado en la Revista de Literatura Infantil y Juvenil de la Universidad Iberoamericana, en el "Blog de los jóvenes" de la Revista de la Universidad de México, en la revista digital Primera Página y en Punto de Partida de la UNAM

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *