No somos empáticos, hasta que algo nos sucede

@jeromunguia

Hace un par de años, precisamente en el verano de 2017, nos asaltaron a Michelle y a mí afuera de mi casa (colonia Montes de Amé, Mérida, Yucatán). De los tres sujetos del asalto, dos me golpearon en las costillas, me empujaron hacia la pared y me colocaron dos cuchillos, uno en el cuello y otro en el abdomen. Eso lo hicieron porque me alebresté. Y me alebresté porque el tercer individuo estaba manoseando a Michelle que se había escondido el celular dentro del brassier. Recuerdo haber sentido mucha rabia e impotencia durante meses, y ni siquiera era por mí, era por ella, por la angustia que vi en su rostro.

Lo que hicieron esos individuos lo hicieron porque son hombres, porque eran mayoría y porque lo pudieron hacer. Distinto hubiese sido haber podido introducir el celular dentro de mi bóxer. La forma del asalto cambia: apuesto a que ninguno de ellos hubiera metido mano. Repito, la forma hubiese sido distinta. Y por supuesto, denunciamos los hechos ante la Fiscalía General del Estado de Yucatán, y ¿saben qué pasó? Nada.

Esa desagradable vivencia fue lo que me hizo cuestionarme muchas formas en las que me he relacionado, por ejemplo, con las mujeres durante mi vida de adolescente y adulto joven, las formas en las que mis amigos lo hacen o en las dinámicas familiares. En realidad, crecí en una familia en la que siempre se me enseñó a respetar a las mujeres, creo que es el caso de muchos. Sin embargo, hay que reconocer que todas y todos crecimos en ambientes machistas, ya sea en nuestro entorno familiar o en la escuela con los amigos, y negarlo sería como querer tapar el sol con un dedo.

Realmente comencé a hacer conciencia de la desigualdad de género y la relación de poder que muchas veces ejercemos como hombres hacia las mujeres por aquella vivencia. Pero no se trata de hacer conciencia y tener empatía con las mujeres que sufren abuso y violencia porque es tu mamá, tu novia, tu hermana o tu hija. Se trata de que no le debería suceder a ninguna mujer, la conozcas o no, la quieras o no. A ninguna. Todas merecen poder vivir libremente su vida de la forma que mejor les parezca, vestirse y volver a casa como y cuando se les dé la gana.

Imaginen el miedo que sienten las mujeres cuando caminan por la calle, en el transporte público o al subirse a su auto particular, ya sea sola o con otras mujeres. Imaginen lo que deben sentir cuando están con su grupo de amigas en un bar e inmediatamente, ¿qué pensamos los hombres? “como son mujeres solas, seguramente vienen a ver quién se las coge”, cuando la realidad es otra.

Pero no, como hombres a veces es imposible poder imaginarnos eso, simplemente porque no nos pasa. Pero son hombres, como yo, los que violan, los que matan, los que abusan, los que chiflan, los que piropean, los que dan nalgadas, los que hacen comentarios fuera de lugar. La violencia no sólo es física. La violencia comienza muchas veces desde el discurso, desde las palabras que usamos para referirnos sobre mujeres y con mujeres.

A mis congéneres varones que dicen que no son machistas y que están en contra de la violencia contra las mujeres, ¿realmente lo están? Porque en su lenguaje siguen diciendo cosas como “ni quien se la quiera coger”, “pinches feminazis revoltosas”, “por eso no les hacen caso”, “las mujeres sirven para cocinar y coger”, “esas no son las formas de pedir” y “mira cómo va vestida, de seguro es una puta”.

Ya se ha hablado hasta el cansancio de la desigualdad entre hombres y mujeres. Se han reformado leyes y creado otras para implementar la paridad de género en campos laborales, para que las y los juzgadores resuelvan sentencias con perspectiva de género, medidas cautelares para la prevención y erradicación de la violencia contra la mujer. Sí, muy bonito y todo, pero hasta que no generemos empatía y comencemos cambiando nuestro lenguaje, nuestra forma de dirigirnos e interactuar con mayor respeto, nada va a cambiar.

Reconocer y cambiar nuestra forma de dirigirnos hacia las mujeres cuesta, pero se puede. No se trata de reaccionar con el hígado y decir: “oye pero yo no soy machista” o el clásico “no todos somos iguales”. De acuerdo, si el zapato no te vino, no te lo pongas. Está bien si crees que eres respetuoso y no violentas, sólo te pido a ti hombre que hagas tantito análisis introspectivo, quizá descubras algunas cosas. Y si no, chido por ti.

¿Puedo vivir mi vida sexo-afectiva como hombre heterosexual sin tener que compartir memes o stickers machistas o comentarios que sexualizan y violentan a las mujeres? Sí puedo. Sí se puede. Hay que cambiarlo.

 

Abogado, servidor público, activista en derechos humanos y fan del rock ochentero.

Escribo mis inquietudes personales y jurídicas en este blog.

Una respuesta a «No somos empáticos, hasta que algo nos sucede»

  1. Excelente Jerónimo. Hay que invitar a los varones a no sumarse a esta violencia que usan desde el mismo lenguaje que usan cuando sólo están entre varones y atreverse a cuestionar al otro sea amigo o desconocido cuando lo usa

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