¿Necesitamos salud mental? Parte 2

Pensar en la salud mental como algo que todes deberíamos lograr o mínimamente aspirar a tener parece, a simple vista, algo incuestionable. Sin embargo, como vimos en la primera parte de este texto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) concibe a la salud mental desde un enfoque funcionalista y productivista. Lo cual es preocupante, pues desde esta visión hegemónica, se crean programas, políticas públicas y leyes generales de salud mental que rigen los procedimientos de acceso, atención y tratamiento a los servicios públicos y privados en gran parte del mundo.

Además, este modelo en salud mental se basa en criterios de normalidad/anormalidad. La presencia o ausencia de ciertos “síntomas” determina si una persona está “sana” o “enferma” mediante dos clasificaciones que norman la salud mental: el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-5 por sus siglas en inglés, y actualmente en su versión cinco), elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) y la Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS (CIE-11) en su apartado sobre Trastornos mentales, de comportamiento y del desarrollo neurológico, (por cierto, los mismos que por años definieron a la homosexualidad y al transgenerismo como “enfermedades mentales”). Estas clasificaciones son arbitrarias, pues se establecen por el consenso entre especialistas, principalmente estadounidenses.

La paradoja del sistema de salud mental es que patologiza los malestares subjetivos con diagnósticos psiquiátricos y al mismo tiempo ofrece pautas de intervención para “curar las enfermedades mentales” que el propio sistema clasifica como tales. El problema con las pautas de intervención es que se basan en enfoques reduccionistas. Veamos algunos de ellos:

Biologicismo. Tienden a atribuir los malestares a “desequilibrios bioquímicos en el cerebro”, sin contar con evidencia científica que lo avale. Con ello, justifican la medicación y en algunos casos la sobremedicación de antidepresivos, antipsicóticos, ansiolíticos, y todo clase de psicofármacos como única alternativa. En el mejor de los casos, estos  disminuyen los síntomas por determinado tiempo; pero -tal y como lo relatan varios testimonios de personas psiquiatrizadas- producen efectos secundarios a corto o largo plazo. Además de codependencia, síndrome de abstinencia, entre otros.

Por lo general, estos psicofármacos son vendidos a costos muy elevados y en contextos como el nuestro, adquirirlos desde las instituciones públicas se puede considerar un privilegio obviando tanto los efectos adversos como su función meramente paliativa. Incluso algunes psiquiatras con posiciones más críticas al respecto se han pronunciado sobre el exceso de medicación y cómo esta reporta grandes beneficios para la industria farmacéutica.

Vía Akahataorg.org

Relación jerárquica por parte de les profesionales de la salud mental. Resulta curioso que quienes hablan casi siempre de salud mental sean les llamades especialistas, como si fuesen las únicas voces válidas, mientras miles de personas sufren las consecuencias de sus intervenciones.

El vínculo psiquiatra-paciente está atravesado por relaciones de poder de alguien que posee un saber y que decide el tipo de tratamiento, el diagnóstico, el pronóstico, los medicamentos, la periodicidad de las consultas, sin tomar en cuenta la opinión de las personas que atienden. En el caso de los diagnósticos psiquiátricos, algunas veces terminan por negar, minimizar, e invalidar la complejidad de la experiencia emocional-afectiva-sensitiva-corporal humana.

Modelo asilar de los hospitales psiquiátricos. En pleno siglo XXI, estas instituciones operan con un modelo que aísla a las personas de la sociedad, como método de “recuperación”, aunque ello contribuya aún más al estigma, la discriminación y la violación de sus derechos humanos.

En nombre de la salud mental y bajo el alegato de que “es por su bien”, se siguen permitiendo ingresos involuntarios, contenciones médicas, ataduras, maltratos, abusos sexuales al interior de los hospitales psiquiátricos.

Modelo hegemónico en la atención. Se centra en los síntomas, ignora las historias de vida que muchas veces se encuentran atravesadas por maltratos y violencias, por carencias materiales, por indiferencia, soledad, aislamiento, etc. Al no considerar las causas sociales se termina por individualizar malestares que son colectivos.  

Sin lugar a dudas, la pandemia del Covid-19 ha exacerbado los malestares y el sufrimiento subjetivo  y quizás esta sea la oportunidad para un cambio de paradigma en los sistemas de salud mental y en la comprensión de que dichos malestares no se deben a problemas orgánicos en el cerebro, sino a lo que ocurre en nuestros contextos.

Continuará…

Me encantan las Ciencias Sociales. Me inquieta aprender sobre disidencias sexuales, feminismos (no transfóbicos), producción de subjetividades, corporalidades, opresiones, desigualdades sociales, entre otros temas. Odio la injusticia. Cuestiono lo “normal”. Para mí, “lo personal es político”. Escribo en el blog para compartir reflexiones y opiniones desde un conocimiento situado, no intento generalizar.

Una respuesta a «¿Necesitamos salud mental? Parte 2»

  1. Edith:
    Coincido en algunos puntos de tu artículo. Sin embargo es importante opinar sobre éstos temas contando con un poco más de información científica, que sí existe, al respecto. Por ejemplo: se puede medir en sangre un exceso de cortisol en una persona que está pasando por ansiedad generalizada, se puede ver un una tomografía si la amígdala (cerebral) se encuentra inflamada, etc. etc. Con experiencias personales y profesionales, aprendí a no satanisar todo lo que abarca salud mental.

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