Nacionalismos Comerciales

Canadá es un país famoso por muchas cosas: su amabilidad, su belleza natural, su apertura a la migración y hasta por su increíble miel de maple. Sin embargo, tras una visita fugaz a este territorio, quedé totalmente sorprendido por una característica que no estaba dentro de mi radar ni en el más remoto de los casos: un masivo nacionalismo canadiense. Y me explico: no es un nacionalismo similar al que tenemos en casa, en donde los símbolos patrios son casi sacramentales y que se refleja en suntuosos desfiles militares. No, ese es un nacionalismo de antaño. El nacionalismo canadiense es igualmente masivo (incluso más que el mexicano, me atrevería a decir) pero en una vertiente muchísimo más moderna y, desde mi punto de vista, con un objetivo muy claro de marcar diferencias con el exterior; aceptando rasgos de otras culturas como propias.

Al caminar por cualquier ciudad de Canadá, uno puede notar que su símbolo nacional se encuentra en técnicamente casi cualquier sitio. Desde el suelo, normalmente cubierto de hojas secas de maple en estas fechas, hasta en el McDonald’s más cercano, cuyos arcos tienen una hoja de maple en el centro. Sin contar claramente el número masivo de banderas canadiense que se encuentran colgadas en cualquier espacio disponible para ello. Compañías de teléfono, equipos de hockey o aerolíneas (por mencionar algunos casos) hacen un uso comercial de la hoja de maple y del nombre del país, buscando distanciarse de otras compañías no canadienses. Tim Hortons se publicita como la cadena rápida canadiense por excelencia y Subway hace un énfasis importante en su logo de que es una vertiente canadiense totalmente distinta de la versión estadounidense.

Sin profundizar demasiado y pudiendo caer en una simplificación, mi sensación fue que, al tener tan marcado el uso del nombre del país y de la hoja de maple de forma tan comercial, se busca diferenciarse de todo lo que viene del vecino del sur. En otras palabras, el canadiense busca diferenciarse del estadounidense, canadizando todo aquello que llega del sur y apropiándolo. Y se ve que a la gente le agrada esto.

En México no es raro ver muestras de nacionalismo en la calle: basta pararse en una esquina el primer día de septiembre para poder ver un puesto enorme de venta de banderas. Cuando la selección nacional de futbol juega, todo mundo se pone, literalmente, la playera y apoya al equipo nacional. Sin embargo, pareciera ser periódico. No constante. En otros casos, ni se acuerda uno de los colores patrios y el escudo. Muchas veces, hasta uno reniega de ellos. Hablando de esto, no olvidemos lo estricto que es el uso de estas identidades, llegando a ser penado si se les usa de forma no oficial o deshonrosa. Esto nos lleva a que no usemos los símbolos patrios como propios, de forma coloquial y comercial, formando ya parte de la mentalidad y forma de vida del mexicano. En Canadá esto sí se da. La hoja de maple se puede conseguir hasta en bóxeres si se quiere y nadie se ofende. Sin embargo, no se sienten menos canadienses, por lo contrario. Y no es una cuestión de ver qué nacionalismo es mejor que el otro, sino que simplemente son muy distintos.

Mi principal hipótesis ante este exorbitado e inesperado nacionalismo canadiense es la opuesta diferenciación frente al empuje cultural que viene de su vecino del sur. El canadiense busca lo local y no es de su agrado, a primera vista, el producto extranjero. Es por ello que las compañías de fuera deben canadizar sus marcas y productos, buscando dejar claro que no son lo mismo que viene del exterior, sino una simple variante canadiense de la marca entrante. Es curioso, ya que en México tenemos un caso completamente opuesto: las compañías de otros países acentúan sus características foráneas y, como medio llamativo, exaltan el ser extranjeras. Es por eso que tenemos marcas en inglés con eslóganes en inglés; o filas enormes ante la primera cadena de su tipo en llegar a nuestro país. No tenemos un Burguer King mexicanizado o una variante mexicana de Walmart, sino réplicas de los establecimientos estadounidenses. Por lo mismo, la marca mexicana suele ser sinónimo de una marca inferior, por lo que el mexicano en promedio voltea más para fuera que adentro. En Canadá pareciese que, para ser aceptados, los de fuera deben adaptarse y ceder a la cultura local.

Cambiando de aires, otro ejemplo completamente distinto de cómo el nacionalismo común puede interpretarse de otras formas no imaginadas es el del caso español. En España, quien usa y presume los colores nacionales suele ser relacionado con una extrema derecha, casi falangista. Se les llama fachas. Simplemente quien usa una pulsera de los colores de la bandera o quien se pone el uniforme de la selección de fútbol del país puede ser ya tachado de un conservador-patriota de derechas. Las marcas muchas veces deben también adaptarse a las distintas regiones del país que no son tradicionalmente nacionalistas (como Cataluña, por ejemplo). Algo que de antaño evocaba a una identidad nacional unificadora, ha derivado en un simbolismo, si, del pasado, pero claramente injusto; dejando de lado al español promedio que se siente identificado con sus símbolos nacionales sin tomar partido alguno. Tenemos entonces marcas que venden productos alusivos al ser español en algunas regiones, pero que en otras venden todo lo opuesto, buscando obtener las ganancias máximas posibles.

El nacionalismo no puede ser entendido sin la creación del Estado-Nación en el siglo XIX. Sin embargo, esta forma de pensarse a uno como un ser homogéneo dentro de un territorio definido ha mutado en expresiones que ya no son tan comunes entre sí. El caso canadiense fue el que despertó mi curiosidad respecto a este tema, ya que no son conocidos justamente por un fervoroso nacionalismo; pero gustan de distinguir en casa lo propio de lo extranjero. El mexicano defiende a su país y sus símbolos estando fuera, pero arropa fervorosamente lo que no es mexicano. Es un nacionalismo de dientes para afuera el que tenemos hacia nuestros símbolos e identidades nacionales. Hoy, más que unir, distingue; diferencia. El nacionalismo del siglo XXI no se encuentra en guerras mundiales o luchas ideológicas, sino en marcas de ropa y cadenas de comida rápida.

Desde muy joven he sido un apasionado de la política nacional y global, por lo que me empeñé en estudiarla a través de la carrera de Ciencia Política en el ITAM. Me encanta viajar y conocer nuevos sitios y culturas.

Soy yucateco de corazón. También soy gamer, y ávido seguidor de franquicias cinematográficas de superhéroes y ciencia ficción. Amo a los animales, apoyo la libertad del individuo y soy excesivamente una persona positiva.

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