El día que nací feminicida

Este texto es una reflexión personal, pero al mismo tiempo es un reconocimiento de la responsabilidad individual y colectiva que existe en México por las violencias que se ejercen día a día en contra de mujeres y niñas. Si bien no le quitaría la vida a una mujer, he sido cómplice de muchas maneras. Lo anterior puede sonar un poco confuso para algunas personas si digo que nunca he presenciado ni participado en algún delito, pero reitero que voluntaria o involuntariamente he sido cómplice. Me explico en los siguientes párrafos.

Primero, no hablo de una situación teórica, hablo de realidades que atraviesan a México. Nacer con pene en este país implica que seremos educados de cierta forma desde los primeros momentos de nuestra vida. Con esta premisa, seguramente nos vistieron de azul o con ropa estampada con la imagen de algún personaje “masculino”. Los años siguientes nos enseñaron que hay “cosas de niñas” y “cosas de niños” y bajo esa lógica de estereotipos de género también nos dijeron que hay formas de comportamiento que están bien y están mal. Esto, además de reducir las distintas experiencias de vida que son posibles, borró la diversidad de identidades y orientaciones sexo-afectivas que existen.

Durante la infancia fuimos parte de los primeros rituales de la población conformada por hombres heterosexuales mexicanos. Mientras escribo esto, recuerdo que en el seno familiar y de amistades de la familia me enseñaron que hay “niñas bonitas” y “niñas feas”, lo cual me exigía programarme para que las niñas —y consecuentemente las mujeres (1) tuvieran que ser valoradas en función lo que yo pensara, y que (2) hay un estándar para “tasar” dicho valor. Más adelante, en la adolescencia, la conducta esperada es que tuviéramos pareja y que ésta fuera mujer.

Independientemente de la existencia o no de una novia, una conducta esperada por otros hombres amigos y familiares era que disfrutáramos de la pornografía, cosa que hice en más de una ocasión. Es más, fue uno de los primeros insumos que tuve para construir mi propio concepto de las relaciones sexuales entre hombres y mujeres. El problema con esto es que el contenido pornográfico que me compartieron y al que pude acceder tenía varios problemas:

  1.     Era grabado desde la perspectiva de otro hombre heterosexual —para mayores referencias léase male gaze y hecho para la satisfacción de otros hombres iguales.
  2.  Presentaba imágenes irreales y distorsionadas de lo que pueden ser las relaciones sexuales.
  3.     Denigraba a las mujeres de distinta forma y en algunos casos hasta llegaba a constituir una violación a su intimidad.

Lo peor de este tema es que los problemas mencionados son enunciativos y no limitativos, es decir, hay muchos más. Además, no se reduce a la pornografía, pues escenas igual de degradantes que cosifican a las mujeres estuvieron presentes en las caricaturas, las películas, los libros, las letras de canciones y otros varios espacios durante muchos años. Básicamente recibimos los mismos mensajes todo el tiempo desde diferentes fuentes, mismas que no se reducían a nuestro entorno cercano (de familiares y amigos), sino que también estaban en lo que escuchábamos, veíamos, leíamos, y desde luego en lo que pensábamos… la Matrix machista, pues.

El día que nací feminicida
vía Markus Spiske en Pexels

Por otro lado, no solo llegamos a pensar que las mujeres tenían cierto deber para la satisfacción masculina, lo cual pasaba por creer que deben vestirse de cierta forma y a voluntad del interesado; de las mismas fuentes anteriormente señaladas familia, amistades, televisión, cine, música, literatura, etcétera recibimos mensajes encaminados a decir que las tareas del hogar son deber de mujeres y niñas, y que consecuentemente ellas estaban al servicio de las necesidades de hijos, hermanos, papás, tíos, primos, abuelos, sobrinos, esposos, yernos, cuñados y todas aquellas formas de parentesco que pueden existir. Todo este esquema de subordinación no distingue ubicaciones geográficas y va más allá de un tema de ingresos y el poder adquisitivo pues se trata de algo estructural. La ausencia de situaciones similares es extraordinaria, pues —válgame la redundancia— como dice el dicho: “hasta en las mejores familias pasa”. Incluso donde se piensa que no existió, seguro existió en sus formas más sutiles.

Si a quien lee este texto le vienen recuerdos de escenas similares lamento decirle que no tiene motivos para sentirse “especial” —y lo entrecomillo porque no es algo positivo—, pues estas formas y otras están insertas (y prácticamente aparejadas) a muchas formas de crianza en nuestro país. Es común escuchar abuelas y madres diciendo “sírvele a papá primero” porque la idea del hombre proveedor y la idea de las mujeres cocinando está insertada en la memoria familiar de generaciones y generaciones. Es una práctica común en el país la de tener una primera experiencia sexual con patrocinada económicamente por algún varón mayor de la familia en algún establecimiento que se sostiene del consumo de los cuerpos de las mujeres, pero no es común que apoye la libertad sexual de las mujeres jóvenes porque eso no forma parte de la tradición (patriarcal).

Imagínense cómo es crecer así… con tantas ideas que predeterminan como deben, pero sobre todo, cómo pueden comportarse los hombres en sus relaciones con las mujeres —en toda la extensión y diversidad de formas que pueden existir: familiares, amistosas, educativas, laborales, etcétera.)—.  No es de sorprender, entonces, que se haga comentarios y hasta se pretenda hacer bromas de lo anterior ¿Quién no ha escuchado el “vete a la cocina” o su variante poco creativa “hazme un sándwich”? ¿Quién no ha escuchado que una mujer “vale menos” por tener una vida sexual activa? y que en esta lógica un hombre, mientras más veces copule, más valor tendrá entre sus congéneres.

En ese panorama es muy fácil entender porqué se ha discriminado tanto a las mujeres y niñas. Primero (en el párrafo tercero), se les quita su valor intrínseco como personas, segundo (en el párrafo cuarto) se les reduce a objetos sexuales para el placer masculino y tercero (en el párrafo quinto) se les subordina a través de las tareas del hogar y aprovechando relaciones de parentesco. Como consecuencia de todo, se limitan sus posibilidades para desarrollar cualquier plan de vida de forma libre y feliz. 

Normalmente uno no escoge cómo será criado y en etapas muy tempranas no nos dan elementos para discernir en la calidad del contenido en cosas que vemos y escuchamos, entonces tenemos que pasar por todo aquello que no trae nada positivo. Esto hace casi inminente que siendo hombre en México, uno tenga que pasar por la “niebla” del machismo antes de mirar alrededor y darse cuenta. Día a día mujeres y niñas son violentadas de forma física, verbal, psicológica, económica y en muchas otras formas dentro y fuera de sus hogares. En los centros educativos, de trabajo y en espacios públicos sufren comentarios lascivos, tocamientos no consentidos y hasta violación. La cifra de mujeres y niñas que son asesinadas con violencia extrema va en aumento desde hace tiempo. Mujeres y niñas desaparecen para ser explotadas laboral y sexualmente, y de muchas otras no se tiene información.

No busco reconocimiento alguno señalando lo anterior; es más, no digo nada más allá de todo lo que muchas personas conocen. Tampoco es parte de una penitencia ni forma parte de mis “golpes de pecho” porque reconozco mi responsabilidad derivada de todos aquellos pensamientos, sentimientos y conductas machistas. Todo esto lo digo con la intención de poner a reflexionar a otros hombres. Y digo reflexionar porque sería ingenuo de mi parte asumir que puedo convencer a alguien en unas cuartillas, pero también reconociendo que modificar todos esos patrones de conducta de los que formamos parte son un proceso y lleva tiempo.

Por señalar violencias y discriminación hacia las mujeres en entornos familiares, de amistad y escolares he recibido represalias de otros congéneres, incluso de desconocidos; al principio me importaba, pero la verdad es que el reconocimiento que uno puede obtener de otros hombres machistas es más perjudicial que benéfico. Yo no soy promotor de la idea de “romper el pacto patriarcal” porque no es un pacto, es decir, no llegamos ni a decidir porque desde el principio estamos inmersos.

Hay que partir de la idea de que somos cómplices y romper el silencio. Confrontar y acompañar a otros congéneres en sus procesos es lo que nos toca, sin meternos en espacios de lucha que no son nuestros y respetando la distancia que las compas feministas toman de lo que somos y hacemos. Urge que modifiquemos la forma de relacionarnos con mujeres y niñas, de lo contrario somos y seremos agresores directos o cómplices de la violencia que existe. Empecemos siendo disidentes de la masculinidad que habitamos y nos guía cotidianamente; seamos disidentes en todos los espacios que nos rodean, pero sobre todo aquellos que son exclusivamente masculinos.

Escribo este texto desde los privilegios que me otorga la sociedad por el simple hecho de ser hombre, con plena conciencia de que no llegaré a ser víctima de las violencias anteriormente descritas, pero con la responsabilidad de lo que me toca por el mismo hecho. Digo que nací feminicida porque pude haber llegado a serlo, pero desde hace años tomé un camino distinto. Supongo que ha pasado lo mismo con otros hombres que se atreven a cuestionarse. 

Para reflexiones similares recomiendo “onvre” y “la punta del iceberg”, para otras lecturas sobre discriminación y violencia recomiendo “Sueños rotos en la 4T (III)” y “Crónica de las injusticias en el futbol femenil”. Todos los textos pueden encontrarse en el blog y redes de Yucapost.

Miembro de la Red Peninsular de Apoyo al Litigio Estratégico a favor de los pueblos indígenas y comunidades campesinas en los estados de Campeche, Yucatán y Quintana Roo, y de la Red Juvenil "Valiente” para defender la tierra, el territorio y el medio ambiente.

Escribo sobre política, sociedad y medio ambiente con perspectiva de derechos humanos.

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