Luis Eduardo Aute: la poesía de convertirse en Giraluna

Tenía dieciséis años y la guitarra siempre conmigo. Un día, el tío Juan me preguntó si conocía a Luis Eduardo Aute y yo le dije que no. A los pocos días, llegó con el álbum Auterretratos Vol. I y me lo obsequió. Estaba en la playa. Recuerdo el mar y el aire llevándome el pelo a la cara y, por algún motivo, tenía conmigo un discman (un aparato portátil para reproducir unas cosas llamadas CD´s, que almacenaban información; en este caso, música). Puse el disco y, al darle play, mi piel se estremeció con los primeros acordes de Aleluya no. 1. De repente, una voz extraordinariamente grave entonó versos aparentemente inconexos:

“Un relámpago de sueños/ entre látigos y dueños/ un océano de vida/ una lágrima suicida/ una sangre derramada/ las razones de la espada/ Aleluya.”

No entendí nada. Igual y era muy joven, pero me gustó lo que sentía y a veces eso es lo importante. Seguí creciendo, llenando mi cabeza de información, emociones y sensaciones; transformando mi comprensión del mundo y, con eso, mi comprensión de sus ideas y su poesía.

Supe quién era Francisco Franco, qué eran las dictaduras militares fascistas (plagadas de una moral conservadora y puritana) y entendí, poco a poco, la importancia de una voz como la de Aute; cantando sobre libertad, denuncia social o un erotismo a veces sutil, a veces explícito, pero siempre revestido de poesía, tal vez para escapar de las miradas, cortas pero incisivas, de aquella gente de buenas costumbres: “Cae fuego en lugar de maná/ se disfraza el asfalto del mar/ el zapato no encuentra el pedal/ parece que anda suelto Satanás”, “Rojo sobre negro/ sangre del soldado que cayó/ bajo la bandera de quien lo mató/ héroe sin nombre, mártir sin honor/ ni tumba ni laureles para el perdedor”, “Cuando dos cuerpos se abrazan/ se hace la carne, anarquía/ cuando dos cuerpos se duermen/ se hace la carne, vigía”, “Voy buscando la razón de tanta falsedad/ la mentira es obsesión y falsa la verdad/ qué ganarán, qué perderán, si hasta los dioses caerán/ es más fácil encontrar rosas en el mar”.

Supe de Jean Paul Sartre, de Michel Foucault y de la Revolución de Mayo del 68, musicalizada por Jaques Brely entendí, poco a poco, el reflejo del existencialismo y el posestructuralismo en unas letras como las de Aute, diciendo: “Todo es mentira: menos tú”, “(…) que el pensamiento no puede tomar asiento/ que el pensamiento es estar siempre de paso”, “qué hermosa broma del azar/nacer de la inmensa oscuridad/ para un instante volver/ a la tiniebla otra vez”, “No sé si éste es mi sitio/ si se entiende por sitio el eje invisible de alguna noria/ quizá la vida es esto/ esto de ser incógnita inaccesible contra la historia”.

Supe, por lo tanto, de cuestionar a Dios o lo que me habían contado de Dios. Experimenté procesos espirituales importantes, donde la mística, tal vez agnóstica (nunca lo supe), de Aute me acompañaba: Si aún surge del desaliento el aire de una canción/ si todavía algún príncipe duda
entre el trono del rey o la ley del Talión/ si aún arde el último clavo que despidió el hormigón/ si todavía hay alguna bandera que tenga por patria ninguna nación/ ay, amor, es porque existes,
Aleluya, aleluya”, “Si aún rompe algún crucifijo la paz de la catedral/ si aún se desnuda el espíritu
en el encuentro carnal/ si aún no perdió la balanza su fiel ala vertical/ si aún huye la Vía láctea hacia el Principio Final/ amor, es porque existes”.

Supe del amor, la espuma, sus palpitaciones fugaces y aquellas que trascienden; de sus encuentros y adioses y entendí –sigo entendiendo, poco a poco, la relevancia de palabras como las de Aute confesando: “No le temo a la vida ni a la muerte/ cuando siento en mi pecho palpitar tu corazón/ no hay poder en el mundo que consiga/ doblegarme por la fuerza a su razón/ cuando eres tierra, cuando soy agua”, “que aunque no se trate de pedir permiso/ por pisar el mismo vértigo que piso/ no se apunta a un corazón sin previo aviso/ disparando así de pronto y tan preciso”, “Nada envidio a la voracidad de tu amante más letal/ ella espera tu fatalidad, yo pretendo lo inmortal”, “No hacías preguntas, no querías respuestas/ tu cuerpo y el mío dialogaban a tientas/ buscando el ritmo exacto que marcan los latidos cuando conversan con la misma voz/ al fin tocaba la belleza, era amor, es amor”, “Quiero vivir contigo/ como vive en el todo la nada y el bien en el mal/ como el espejo en su reflejo/ así yo quiero ser la luz de tu contradicción/ y verme como imagen de tu propia reflexión”.

Y así, fui convirtiéndome en quien soy con las canciones de Luis Eduardo como banda sonora de muchos capítulos y escenas que no plasmaré en este texto porque no cabrían. Su voz, mucho mejor conservada con el paso de los años que la de un Serrat o un Sabina, aunque no siempre perfectamente afinada, siempre fue reconfortante y,en varios sentidos, un faro que me ayudaba a regresar a mí.

Su obra solo puede entenderse como la autobiografía de alguien que supo leer su tiempo, un siglo XX agonizante entre guerras, movimientos y revoluciones sociales, culturales e intelectuales; así como el boom del violento neoliberalismo dispuesto a consumir todo a su paso.

El 4 de abril el mundo despertó con la noticia de que uno de los creadores más completos de la historia contemporáneahabría alcanzado el Principio final. El Giraluna que, tras velar y desvelar cada noche la otra cara de la luna, la encontró y se fue con ella, dejándonos con mucho material para seguir disfrutando, pensando y asimilando.

Esa tarde en la playa le conocí y desde entonces me acompaña.  Al mundo le harán falta sus versos plagados de antítesis, sus palabras perfectamente colocadas, sus preguntas e incertidumbres, su entrega en el escenario y sus trazos con pincel, de los genios como él nunca es suficiente.

Gracias, Luis Eduardo Aute por pasar por aquí.

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Soy psicoterapeuta, docente universitaria, cantora, feminista y mamá.

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