Biromes y servilletas

A Julia y Pedro, quienes me regalaron esta canción cuando no estaba lista para ella. A Tane y Esteban, que cada noche “hablan de la Aurora hasta cansarse”. A las y los poetas que escriben la vida y sus inspiraciones.

Creo que todas las personas somos un cúmulo de historias y que estas historias, públicas o privadas, abiertas o secretas; todas, son sagradas.  Somos antologías de narrativas de amor, de lucha personal, de lucha colectiva, de suspenso y terror; de comedia, de drama y de esperanza. Algunas historias narradas con cierta timidez y otras con estruendo, pero todas con absoluta poesía. Tras esta idea, hace algunos meses me reencontré con una canción, de esas que no son amor a primera escucha (es decir, que la primera vez que llegan a una no te cautivan, acaso será porque no se está lista para recibirlas).

Biromes y Servilletas fue magistralmente compuesta en 1984 por Leo Maslíah, uno de los músicos uruguayos más prolijos del paisito. Desde mi humilde melomanía, me gusta afirmar que es una canción perfecta. Letra y música cuadran de forma preciosa en una métrica que nunca se siente forzada, en una melodía que logra retratar la atmósfera de unos versos que imprimen fotografías en nuestra imaginación. Secuencias de notas que a veces saben predecibles y a veces nos abrazan y elevan con semitonos y notas de transición que visten palabras cuidadosamente elegidas por el poeta.

Maslíah escribe arriesgando desde la anáfora (figura retórica que utiliza la repetición de palabras de forma intencional) rimas que pudieran sonar casi empalagosas, pero que se detienen justo a tiempo, dejándonos la sensación de que esa repetición era justa y necesaria para compartirnos el énfasis de lo que quiso decirnos. Me explicaré mejor más adelante.

Leo Maslíah

Birome” es otra forma de llamar a los bolígrafos (las plumas que utilizan el sistema de bolita para hacer trazos). Esa herramienta de nuestro día a día fue inventada en la Argentina por un húngaro nacionalizado (en realidad fue patentado en Hungría, pero a los argentinos les encanta decir que es suyo, como Gardel). La canción lleva por título “Biromes y servilletas”, haciendo referencia a esa manía de tantos de no dejar escapar esa idea genial y trazarla como sketch o palabras en lo que tengamos a mano: la parte de atrás de la agenda, el baucher viejo en la cartera o la servilleta no usada –o sí– del café donde pasamos la tarde.

Maslíah nos cuenta que en Montevideo hay poetas:

En Montevideo hay poetas, poetas, poetas
que sin bombos ni trompetas, trompetas, trompetas
van saliendo de recónditos altillos, altillos, altillos
de paredes de silencios de redonda con puntillo.
Salen de agujeros mal tapados, tapados, tapados
y proyectos no alcanzados, cansados, cansados
que regresan en fantasmas de colores, colores, colores
a pintarte las ojeras y pedirte que no llores.

Y no es que Montevideo esté lleno de poetas o, mejor dicho, ¡Sí! Como todas las ciudades, como todas las calles y plazas, como cada mesita de los cafés, como cada banca en el parque o cada silla en el pórtico que toma el fresco. Regresando a las ideas con las que abría este texto, somos nosotras y nosotros quienes, sin bombos ni trompetas, a veces anónimamente, escribimos con alta poesía la vida. Esta poesía de vez en cuando narra, entre otras cosas, nuestra tristeza o la desolación de sueños o proyectos que no fueron, que no pudieron ser. Hay días que el cansancio se esfuma cuando esos sueños y proyectos regresan a nosotros vestidos o disfrazados de esperanza a pintarnos las ojeras.

Es interesante cómo el autor, en algunos versos, utiliza la misma palabra en repetición (“poetas, poetas, poetas”) y, en otros, por cuestiones de métrica y de sentido seguramente, elige una palabra diferente pero precisa para construir la anáfora (“proyectos no alcanzados, cansados, cansados”).

No pretenden glorias ni laureles, laureles, laureles
solo pasan a papeles, papeles, papeles
experiencias totalmente personales, zonales, zonales
elementos muy parciales, que juntados no son tales.
Hablan de la aurora hasta cansarse, cansarse, cansarse
sin tener miedo a plagiarse, plagiarse, plagiarse
nada de eso importa ya mientras escriban, escriban, escriban
su manía, su locura, su neurosis obsesiva

Escribimos la vida, todos los días, todas las noches. Poesía pública, callejera y poesía en la intimidad del cuarto desordenado, poesía que tal vez nadie, nunca jamás lea, aunque valga toda la pena. A veces nos contamos historias similares, lugares comunes, porque la experiencia humana es artesanalmente diversa pero macroscópicamente parecida. No hay plagio, nuestra poesía es solo nuestra. Las manías, la locura, la neurosis también son solo nuestras.

En Montevideo hay biromes, biromes, biromes
desangradas en renglones, renglones, renglones
de palabras retorciéndose confusas, confusas, confusas
en delgadas servilletas como alcohólicas reclusas.
Andan por las calles escribiendo y viendo y viendo
lo que ven lo van diciendo y siendo y siendo
ellos poetas a la vez que se pasean, pasean, pasean
van contando lo que ven y lo que no lo fantasean.
Miran para el cielo los poetas, poetas, poetas
como si fueran saetas, saetas, saetas
arrojadas al espacio que un rodeo, rodeo, rodeo
hiciera regresar para clavarlas en Montevideo.

La última estrofa me parece la más hermosa: desde los biromes que se desangran en renglones hasta el retrato de seres humanos con la mirada perdida en el cielo. Escribimos la vida cuando caminamos el mundo; miramos, nos detenemos, miramos de nuevo. Escribimos la vida en lo que nos atrevemos a decir en voz alta, aquello que se materializa y nos compromete como un “te amo”, un “me haces falta” o un “aquí estoy”. Hay días en que sí somos lo que decimos.

Escribimos la vida con alta poesía, las y los poetas de Montevideo, pero también los de todas las ciudades del mundo; las y los poetas que trabajan o cuidan, las y los poetas que están junto a ti y que nunca escuchaste o leíste, pero que siguen escribiendo.

Hay poetas que escriben poemas hechos canciones como Maslíah y hay poetas que escriben poemas del día a día, con la palabra, la mirada o con el cuerpo, dejando la antología en la vida que sigue su camino.

Otra versión recomendable de Soledad Villamil:

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Soy psicoterapeuta, docente universitaria, cantora, feminista y mamá.

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