Las mujeres que no amaban a los hombres

Desde hace un tiempo, el movimiento feminista ha tenido diversos momentos en los que ha ocupado titulares y ha sido tendencia en redes sociales. Junto a esto, no es un secreto que el movimiento ha estado rodeado de comentarios positivos y de comentarios negativos.

Recurrentemente se ha señalado a las feministas por “odiar a los hombres”, sin embargo, considero que no es así. El movimiento feminista es un movimiento de justicia social, no de odio.

El nombre de este artículo parafrasea el título del libro de Stieg Larsson, “Los hombres que no amaban a las mujeres” (Primero de la trilogía “Millenium”, muy buena, por cierto). Esta novela, además de contener un misterio muy bien elaborado, es una historia que gira en torno a la violencia sistemática hacia las mujeres.

En este primer libro nos da varios ejemplos de que, cuando un hombre agrede a una mujer, no es porque “esté loco”, es porque hay todo un sistema detrás de él que le hace creer que está legitimado para hacerlo. Creo que el título de este libro resulta ser muy atinado al considerar que “los hombres que no amaban a las mujeres” era porque realmente las cosificaban o veían como seres inferiores.

Por otro lado, he decidido parafrasear esta frase ya que a las feministas se les acusa de “odiar a los hombres”, cuando realmente no se habla de odio, se habla de miedo. Pero es este mismo miedo el que se ha transformado en resistencia.

La violencia contra las mujeres es histórica y sistemática. No es nueva, ha ido evolucionando y adaptándose con el paso del tiempo. Por esto, retomo la importancia de la frase “lo personal es político”, pues lo que le pasa a una de nosotras forma parte de todo un sistema que perpetúa la violencia contra las mujeres, que la invisibiliza o normaliza.

Cuando un grupo es altamente violentado es entendible que al principio haya miedo, miedo de ser blanco de esta misma violencia, de pasar a formar parte de las estadísticas. Este tipo de miedo nos hace tomar precauciones, como no vestir de cierta manera, evitar opinar sobre ciertos temas, etcétera.

Pero la situación actual del país, el cual está entre los 20 peores países para ser mujer, ha llegado a niveles tan altos de violencia que este mismo miedo se ha transformado. Hemos pasado del miedo que nos hace callar y temblar, al miedo que nos hace defendernos, juntas.

Hannah Gadsby en su monólogo “Nanette” (está en Netflix, corran a verlo, es toda una experiencia), nos dice:

“Durante toda la vida me dijeron que odio a los hombres. No odio a los hombres, pero les tengo miedo. Me da miedo ser la única mujer en una habitación llena de hombres. No odio a los hombres, pero me pregunto que sentirían si hubiesen vivido mi vida. Porque fue un hombre quien abusó de mí de pequeña. Fue un hombre quien me destrozó a patadas cuando tenía 17, mi mejor edad. Fueron dos hombres quienes me violaron recién cumplidos los 20 años. Díganme porqué eso está bien. ¿Por qué estuvo bien que me hicieran eso? Hubiera sido más humano que me llevaran a un descampado y me pegaran un tiro.”

Cuando vi por primera vez “Nanette” y escuché a Hannah decir esto, algo en mí hizo clic. Personalmente, nunca he sentido odio hacia los hombres, pero logré identificar que les tenía miedo, porque yo tampoco me sentiría segura siendo la única mujer en una habitación llena de hombres.

Hannah hizo algo que a muchas de nosotras nos cuesta o que incluso no hemos logrado: contar su historia. Y contar una historia tras haber identificado y asimilado todas las violencias que ha vivido.

Así como la historia de Hannah, hay muchas historias más, movimientos como #MeToo nos lo han dejado muy claro, y como mencioné alguna vez en “#MeToo: ¿Dónde están las víctimas?”: hay víctimas que vemos y víctimas que no, hay víctimas que se atreven a hablar y muchas otras que callan, pero todas estas narrativas son importantes.

Es a través de escuchar las narrativas individuales de muchas de nosotras, que hemos logrado colectivizar nuestro dolor. En las últimas manifestaciones ha habido espacios para escucharnos las unas a las otras, sin importar la edad, la vivencia o el dolor. Hemos transformado nuestro medio en sororidad, en resistencia, esa resistencia que se traduce incluso en un “yo te creo”.

No odiamos a los hombres, nos amamos a nosotras, y hemos traducido ese amor en sororidad. Ante tanta violencia, hemos creado espacios seguros, donde todas podemos escucharnos y acompañarnos, donde las mamás de las que ya no están nos abrazan a las que aquí seguimos.

No se trata de ellos, se trata de nosotras.

Estudiante de décimo semestre en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Yucatán. Miembro del Colectivo Más Derechos Humanos y de Amnistía Internacional Yucatán.

Escribo de temas de interés social con perspectiva de derechos humanos.

"Cada quien necesita viajar a su propio tiempo por su propia distancia".

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