Muchas maneras de amar: lo bonito de las pequeñas cosas

Este último año descubrí muchas cosas de mí misma y, por lo tanto, sobre cómo amo -porque fue un año de mucho amor. Claro que para poder identificarlo he vivido una que otra experiencia que me agarró en curva, pero entre amor(es), esto es una recopilación de cosas que aprendí.

 

Muchas películas, series, libros e incluso experiencias que tus amigos te cuentan de sus relaciones se vuelven una guía sobre cómo convivir con una persona, pero claro, casi siempre esta es perfecta y la vida no es así. Nadie te platica de cómo es lidear con una persona floja, cómo es necesario exponer tus debilidades, entre otras cosas. Aquí te ofrezco un muestrario de lo que descubrí este año, ya sea de forma sutil o directa, a través del humor o la tragedia pero recordé que lo más bonito del amor son las cosas pequeñas

 

Lo primero y más importante por saber (o recordar), es que lo más valioso en una relación es uno. Compartir tu tiempo, tus intereses y tu cariño es el asset más valioso en una relación y para saber valorarlos, hay que saber cuánto cuestan. La única forma de ponerle precio a eso es con el amor propio.

Yo toda mi vida hasta la carrera hice ballet, siempre había sido flaca/esbelta y con el tiempo eso se ha ido perdiendo por diferentes razones al grado de que estoy sana pero para nada tengo el cuerpo que tenía. Un día en verano me dio algo extraño que no me gustaba. Me veía y no me gustaba así de sencillo. De un día a otro me amaba menos ¿por qué? No sé, alguna inseguridad ahí pendiente.

Un día estábamos acostados ya listos para dormir y le dije, “Voy a buscar otra vez tiempo para hacer ejercicio más intenso porque no sé, no me gusto” y como siempre, me dio a entender que lo que yo quisiera hacer estaba bien. Poco después ya listos para dormir nos acomodamos como siempre, siempre he pensado que no podríamos encajar menos y pensé, cómo no te gustas si tienes la complexión exacta para lograr que esto sea perfecto. Al día siguiente no vi imperfección en mi cuerpo.

Aquí es donde quiero hacer una aclaración, es mentira que no puedes amar a otros si no te amas tú, para nada. Es muy probable que vayas aprendiendo a amarte aún más compartiéndote con alguien más, aprendiendo de ti por quién eres en pareja y sobretodo, es normal no amarse siempre pero siempre hay que hacer el esfuerzo.

Otra cosa que aprendí este año es que el compañerismo puede más que el romanticismo. Antes creía en esos gestos románticos, en la conquista que te da placer ver a un “galán” con flores enormes y bellas, regalos abundantes y cartas escritas a mano que me te confirmaran que estaban enamorados de ti.

Recuerdo perfecto que a mis dieciocho años en San Valentín con mi novio del momento no quería nada más que tener las flores más bonitas de todas y las tuve y no significaron nada. La siguiente vez en mi vida que vi flores tan bonitas fue en mi examen profesional, la mamá de mi pareja y su hermana pequeña que no tiene ni una década en este mundo y es la persona más maravillosa del universo habían puesto en una tarjeta: “Sabíamos que lo lograrías, estamos orgullosas” y creo que incluso si vuelvo a ver flores así, nunca van a significar lo mismo.

¿Por qué? Porque las flores del examen significaban muchas cosas: orgullo, admiración y sobretodo respeto de ser la compañera de alguien tan importante para ellas.

Apenas empecé a entender la parte más insidiosa de ese supuesto romance que traen las flores, que las  notas a mano, son detalles que complementan cosas aún más importantes como estar. El romance, ahora entiendo, no se trata solo de un juego de manos que puede hacerte ver lo que no está ahí. Creer tanto en ese tipo de romance puede distraerte de lo realmente valioso.

Eran alrededor de las cuatro de la tarde y el dolor de garganta no se sentía tan mal como el dolor de cabeza y la sensación de querer temblar y sudar frío que tenía. Como el adulto responsable e independiente que soy, obviamente sólo quería que mi mamá me diera ALGO que me hiciera sentir mejor pero ella está a hora y media en avión, eso no iba a pasar.

Él llegó al cuarto a ver cómo estaba entre dormida podía escuchar el partido de fútbol en el otro cuarto, “creo que mejor”, “¿a qué doctor vamos a ir?”, “a ninguno, ya tomé el antibiótico”, “bueno”. Habré dormido como 20 horas esa vez de la infección que me tumbó y recuerdo que entre rondas de sueños siempre estaba a mi lado, “te vas a enfermar”, “no importa”. Y no importó. Porque lo que realmente importaba era estar ahí hasta que yo estuviera bien, agarran mi mano esporádicamente y eso siempre va a ser mucho más valioso que cualquier especie de flor.

Ya no me pregunto si depende de la compañía haber llegado a la siguiente conclusión: el verdadero amor no es tan galante; es humano, es empático, es cariñoso. Lo sé. Y lo sé porque sé que amo el equipo que somos, ¿volverá a pasarnos así? Seguramente si nos amamos a nosotros mismos y construimos algo similar.

Todos los ojos de la mesa en él, incluidos los míos agradecidos de su compañía en una cena con mis amigos y dijo: “Porque para nosotros fue un gran año y les deseo lo mismo a todos ustedes en el que viene” fue lo único que retuve del brindis que él dio y me dio paz, me dio paz saber cómo terminamos este año, juntos. Y con esa paz le agarré la mano y aprendí que sí, dar paz es la mejor manera de querer.

 

Politóloga internacionalista de profesión, feminista foodie por convicción.

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