Mis ambiciones cambiaron, y ahora ¿qué hago?

Empecemos diciendo que sé que hace putrimil años que no escribo y que hoy retomo -en parte – un tema del cual he hablado en varios de mis textos en esta bella plataforma. Mi valor no está en un trabajo. Sin embargo, ahora le sumo algo que ha llenado todo de mí últimamente y les quiero contar un poquito porque es algo que una vocecilla me está repite una y otra y otra vez al grado que hay días donde ya no es tan pequeñilla, sino todo lo contrario, es un monstruo con megáfono que no me deja pensar ni relajarme. También quiero mencionar que para lo que escribo, estoy consciente de los privilegios que tuve y tengo. Tal vez, como quién diría, es un problema medio wayte chican; tal vez habrá quienes no estén de acuerdo y probablemente habrá quien haya pasado por situaciones muy semejantes a las mías y aun así diga “ay, que no sea payasa”. *inserte emoji alzado de hombros*.

Siempre he sido una mujer a quien le gusta estudiar, a quien le gusta (aba) la escuela en general y también, mis calificaciones siempre fueron reflejo de una buena estudiante. Y una vez que ya muestras buenos resultados, generalmente les tutores, incluso profesores ejercen una presión por continuar “avanzando”, poner tus capacidades al máximo: “tú puedes con eso y más”, “ya viste tu calificación, esfuérzate más”, “si te exijo tanto es porque sé de lo que eres capaz” (ay jijo, si lo recuerdo clarito). Crecí con estas ideas de que quien estudia, va a llegar más lejos. Y OJO, claro que estudiar puede permitirnos acceder a más oportunidades, pero es injusto generalizar. Es clasista, capacitista, racista y meramente ojete, la verdad. (Ese es otro tema del que luego podemos platicar).

Cada que veo memes/tuits que dicen que aquelles que estuvimos en el cuadro de honor, hoy padecemos ansiedad (cuando menos) … ya me río para no llorar. La realidad, es que nunca he pensado que fuera con afán de joder por parte de nuestras figuras de autoridad el insistirnos en dar lo mejor de nosotres mismes, pero eso se va internalizando. Por lo menos va formando parte de tu identidad, aún si es por el lado de no querer ser esa persona y rehusarte a ello, o por el contrario si sí quieres seguir ese camino.  

En la universidad, me gradué como el promedio más alto de mi carrera. Sin yo afirmar que soy inteligente o no, podrán imaginarse las ideas generales que eso trae, tal vez no todas las personas lo creían, pero las suficientes. Ya saben cuáles ¿no? Las típicas, pues: que eres súper inteligente, que vas a llegar muy lejos, que vas a lograr cualquier cosa que te propongas, etc, etc. No, no empecé la carrera con la ambición y la meta de ser la No. 1. Yo necesitaba una beca y para competir por ella tenía que mostrar por casi dos años un promedio casi perfecto. De corazón les digo, no me considero brillante y tampoco bruta; sin embargo, jamás me vi como erudita. No pienso que las personas de bajos promedios sean flojes y/o ineptes o que “no van a alcanzar nada de sus vidas”, pero tal vez sí lo pensé un tiempo y me rehusé a ser eso. 

Aquí empieza mi reciente reflexión y a donde va todo esto: haciendo mi respectivo trabajo en terapia (aysi), me doy cuenta de que, desde morrilla internalicé todo ese discurso (inconscientemente) y se posicionó esta idea de progreso, éxito – y felicidad – derivada única y exclusivamente en términos laborales. La mayor parte de mi tiempo después de la escuela era dedicado a más escuela. No recuerdo haber tenido actividades en la tarde que me gustaran mucho (si es que las tuve) y sólo dediqué mi tiempo a la escuela y trabajo (ya en la universidad). 

Ilustración por @studiochaimae

Me ha pasado que hay quien me dice que ya tengo todo lo importante en la vida cubierto porque me casé con mi mejor amigo, tengo una familia, vivimos felices y contentes. La respuesta es, sí me llena mi familia y sí la prefiero a un trabajo, pero yo suelo responder muy “Sí sí sí, pero el trabajo…” Como dije arriba, mi idea de felicidad la alcanzaba el éxito profesional. La satisfacción de vida no estaba ahí – en eso que SÍ ATESORO -, más bien estaba en ser una girlboss. Crecí con este discurso de que, si las mujeres de antes no tenían acceso a ciertas posiciones de poder, yo con el acceso que había tenido a educación privada y privilegiada, no tenía excusas para no ocupar una posición altísima en una top compañía del capitalismo. Yo sé, mucho feminismo blanco, lo siento. Obvio, que era imperante ser una mujer independiente perra empoderada que no dependiera ni por un centavo de su marido (ya también platicamos de esto, ni ahondaré más hoy). En fin, coloqué mi valor y mis ambiciones en mi vida profesional, wow. 

Todo esto para explicarles mejor esa nueva reflexión: mis ambiciones cambiaron. He estado batallando mucho tratando de entender qué era lo que detonaba mi ansiedad. O tal vez no quería admitirlo porque reconocerlo en voz alta era verme como un fracaso, como una mediocre. Hoy, no quiero estar todo el día fuera de casa trabajando; hoy, no quiero decir “no tengo un minuto ni para respirar de lo ocupada que estoy”; hoy, no me interesa el puestazo jerárquico porque regularmente eso trae más estrés; hoy, no quiero ser una girlboss. Hoy quiero aprovechar mi vida, mi salud, mi tiempo libre, a quienes amo.

Y no soy solo yo, acá en EUA le dicen The Great Resignation. La gente está renunciando a sus trabajos porque se dieron cuenta de lo que importaba más. Queen B ya lo dijo “Work by nine, then off past five, and they work my nerves, that’s why I cannot sleep at night”. Incluso, hace unos días encontré un artículo de una persona de mi edad que sentí que era yo hablando y les invito a leerlo porque también añade ejemplos de gente más grande que deja todo ese “éxito profesional” por vidas más sencillas. 

No es que sea sólo yo, es que el trabajo se ha vuelto donde muchísimes encuentran significado, sentido de pertenencia, un propósito. De acuerdo con una encuesta de McKinsey, el 70% de les profesionistas revelaron que su propósito está definido por su trabajo. Y si bien, hemos intentado buscar otras actividades para llenar estas ideas de significado y misión en la vida, son sólo acciones individuales que no modifican el hecho de que estamos inmerses en un sistema que concentra todas las recompensas materiales, sociales y espirituales en la institución del trabajo. 

Somos una generación que se ha enfrentado a periodos de gran inestabilidad económica y demasiada incertidumbre a futuro. Una generación completa a la que le han vendido el capitalismo como el mejor sistema económico posible y el trabajo, la institución donde te encontrarás a ti misme. Nos vendieron que si no eres parte de la “hustle culture”, o sea estar dispueste a chingarle a expensas hasta de tu salud, no vas a brillar; porque bajo esta falsa promesa de que chingándole sales adelante… seguimos escuchando la asquerosa frase “el pobre es pobre porque quiere”.

Por no ahondar más, aquí se aboga por repensar (por no decir abolir) la institución del trabajo, fin.

Iustración Hanna Ortega @hxnnq

A pesar de reconocer que lo que llevo casi 30 años asimilando ya no es lo que quiero más, me está costando un ovario y la mitad del otro arrancarlo de mí. Necesitamos el trabajo para sobrevivir, pero honestamente no quiero que sea la definición de quien soy, ni que ocupe tanto de mi tiempo ni de mi paz mental.

Quiero continuar desarrollando aquello que verdaderamente me llena el cora: seguir trabajando en mí; continuar mi club de lectura de morras bien chidas; recuperar mi tobillo para seguir enseñando Zumba, tomar fotos, salir a caminar, escribir más, disfrutar mis tardes con mi vato y mi Molletón. En fin, esa lista es hoy, mañana quién sabe, pero estoy segura de que no quiero que se vea limitada por mi trabajo. Mis ambiciones cambiaron y está bien. 

Ella/She/Her. Sí, Daniella con doble "L", me gusta que me digan Dan.
Eterna apasionada de cuestionarme todo. Desaprender y reconstruir no me parece sólo válido sino también, necesario.
Soy feminista, instructora de zumba, me encantan los tatuajes y hablo mucho de mi gato.
¡Ah, sí! También soy Licenciada en Negocios Internacionales, pero me gusta escribir y hablar de todo menos eso.

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