Mirarnos a los ojos

Verano lluvioso en la ciudad de Oaxaca. Todas las tardes un chaparrón nos alcanzaba en la plaza, saliendo de un museo o en medio de la peatonal de Santo Domingo. El aire cambiaba súbitamente su aroma a agua y empezaba a soplar más fuerte, señal inequívoca para que los vendedores taparan con lonas sus productos, la gente acelerara el paso o buscara donde guarecerse. Esa tarde nosotros fuimos del tercer grupo: corrimos hacia la entrada del Jardín Botánico junto con otros tantos caminantes.

La lluvia no daba tregua y al cabo de media hora, ingresaban más y más personas al espacio de la recepción de dicho jardín –un antiguo monasterio. Todos viajeros y viajeras provenientes de la calle o visitantes del jardín que ya no pudieron salir, la mayoría empapados y, por la hora, seguramente hambrientos. Casi todos mirando al vacío, a la calle o hablando en voz muy baja con sus acompañantes. Una escena repleta de adultos algo incómodos, algo aburridos.

Entonces sucedió. Lucía, mi hija de casi tres años se acercó a Alex, un niño de casi 6. Agitó la mano en un saludo mientras le decía “¡Hola!”, Alex respondió de la misma manera. Hablaron de sus próximos cumpleaños, de su Paw Patrol favorito y de una película que ambos vieron en el cine. La manera de hablar de Lucía, elocuente y casi histriónica, llamó la atención de algunas personas que estaban alrededor, que poco a poco se fueron involucrando en el diálogo de los dos niños.

La escena gris descrita líneas arriba sobre un conjunto de adultos existiendo en el mismo espacio, se convirtió en un rato plagado de risas, intercambio y hasta conversaciones que uno normalmente no tendría con personas que acaba de conocer. La mamá de Alex, nuestros respectivos esposos, una estudiante vasca y su amigo, una mujer indígena amamantando a su bebé, Lucía, Alex y yo, estábamos construyendo un pedacito de espacio cálido y colorido que nos hizo por unos instantes compañeros de viaje. La lluvia pasó, todos nos despedimos como quiénes se despiden de viejos amigos y continuamos nuestra vida, en la que probablemente, nunca más volveríamos a coincidir.

Perú, año 2015. Una de las pocas formas para llegar al pueblo de Aguas Calientes es en tren, así que lo tomamos una tarde para poder atravesar las montañas y llegar a nuestro destino de esa noche. A diferencia de otros medios de transporte, el tren obliga a sus usuarios a sentarse frente a frente con quienes no conocen, invitándonos de alguna forma a mirar al otro. Mi primera reacción al subir al tren fue buscar alguna red de wifi (que no había o no servía); sin éxito, no nos quedó más remedio a los 4 (una pareja de argentinos, mi esposo y yo) que mirarnos a los ojos. Saludarnos con la mirada que cambia con mover las cejas, usar la vieja confiable del clima, empatizar con una risa bajita para no asustar al interlocutor, irnos soltando y desarmando, poco a poco, preguntar procedencia (aunque los acentos sean inconfundibles), buscar puntos en común, hacer de un trayecto de 4 horas un café con amigos.

Autor: Nico

Celestún, año 2011. No regresaba desde la infancia. Nos escapamos ese fin de semana para celebrar el día que nos conocimos 5 años atrás. Memo y yo decidimos tomar el tour de lanchitas para avistar aves y visitar un ojo de agua. Ya en la pequeña embarcación, notamos que éramos los únicos locales a bordo, además del guía. En un espacio reducido, rodeados de mar y con pocas opciones a dónde escapar, ya cerca de la primera parada empezamos a conversar con la única pareja que hablaba español en el grupo: Carla y Dani, dos argentinos enamorados de México que se encontraron con dos mexicanos enamorados de Argentina. Todos enamorados de Latinoamérica, por lo tanto, era inevitable alargar la conversación un poco más.

Como casi todo en el mundo, empezamos con la música: su folklore, la trova yucateca, Soledad Pastorutti, Mercedes Sosa, Jorge Cafrune y su particular manera de cantar. Intercambiamos consejos de viajeros y de residentes para diferentes latitudes y ya en tierra firme, el diálogo continuó un rato más. Acordamos que después de comer, nos reuniríamos de nuevo a tomar mate en la playa, mates que no acababan entre risas, anécdotas y canciones. Nos hablaron de su María Elena Walsh y nosotros de nuestro Cri Cri, hablamos de la dictadura de sus padres y de la revolución congelada que nos heredaron nuestros bisabuelos.

Probablemente no es lo más común en ningún hemisferio del mundo, pero los invitamos a regresar a Mérida con nosotros y atentando contra lo probablemente habitual, nos dijeron que sí. La carretera se transformó en la excusa para cantar junto con Mercedes su Zamba para olvidar, para despotricar contra el mundo y componerlo. Nos contaron de su boda y nosotros de nuestros planes, de cómo se conocieron y de cómo nos conocimos. Al despedirnos en Mérida, no pudimos ocultar el gusto que sentíamos todos por ese encuentro, por esas conversaciones, por el mate y la música. Ellos son hoy de esos amigos que se sienten como familia, naciendo todo en una conversación.

Escribo aquí esta antología de encuentros y sus desenlaces. Encuentros que no fueron provocados por nosotros, sino que las circunstancias nos regalaron el escenario para que se dieran. A veces pienso que hoy por hoy, la generalidad de las personas, evitamos encontrarnos con los otros, desconocidos, potenciales malintencionados. Escapamos del encuentro de mirarnos a los ojos, de sonreír, de responder una sonrisa, aunque eso pueda cambiarnos el día entero. Escapamos también cuando nos sumergimos en la pantalla del teléfono, refugio seguro contra el mundo exterior. Escapamos porque nos han contado en las noticias, en los rumores o en nuestras propias experiencias que el otro, el desconocido, nos va a querer hacer algo malo, nos va a responder con ojos de extrañeza o que tampoco quiere encontrarse con nosotros.

Esos discursos hacen no solo que no queramos iniciar una conversación cotidiana, sino también que tengamos tantas dudas de intervenir o no cuando reparamos en que alguien puede encontrarse en una situación incómoda o peligrosa “¿Me meto, me acerco a preguntar si necesita algo? ¿Y si me mal contesta, y si me lastiman a mí también?”. Nuestro tejido social se ha ido erosionando a través del miedo al otro: al ciudadano promedio como yo, a quienes caminan junto a mí en la calle o el que está en el mismo transporte colectivo. Nos han logrado dividir así, entonces, ¿qué sucedería si empezamos a apostarle a confiar, a acercarnos para preguntar si el otro está bien o si necesita algo?

¿Y si la resistencia está también en mirarnos a los ojos, en perdernos el miedo?

 

Soy psicoterapeuta, docente universitaria, cantora, feminista y mamá.

Una respuesta a «Mirarnos a los ojos»

  1. Gracias por este hermoso recuerdo, este cálido relato… Amiga mía, gracias a la vida que nos cruzamos, cómo lo expresamos más de una vez… confiar en que algo bueno puede pasar, confiar en la felicidad del vivir cada minuto y confiar en esas miradas… Ah, y te recuerdo (seguro lo habrás tenido presente al redactar mucho antes que yo al leerte) que en esa circunstancia no teníamos más que un Nokia 1100!!!!!! Y éramos bien jóvenes… No hace tanto no?…

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