Miércoles 10 de abril del 2019: El dolor de la abyección

Escribo con suma tristeza, indignación y rabia por lo sucedido el miércoles en el Congreso de nuestro estado debido al grave atropello a mis derechos humanos. Coincido con el sentir de la activista Ana Baquedano Celorio al saber los resultados de la votación: “Ya lo sabía, pero ahora verdaderamente me siento tratada como una ciudadana de segunda”. La votación en contra del matrimonio igualitario me hizo sentir dolor tan vívidamente al presenciar lo que sería un agravio a mi dignidad humana, al ver a personas rezar para que no tenga los mismos derechos que ellos y ellas o al ver a personas como la diputada Rosa Adriana Díaz alegrarse por el sufrimiento ajeno. A quienes nos atañe directamente esto, nos han impedido contar con todos los derechos fundamentales que garantizan una vida en unión segura y de las cuales sí gozan las parejas heterosexuales. No voy a mentir cuando digo que en verdad tenía muchas expectativas de que por fin Yucatán se convirtiera en el siguiente estado que reconociera el matrimonio igualitario; eventualmente esto terminará ocurriendo, pero mientras, tenemos que seguir resistiendo a pesar de que hay días en los que duele más la discriminación, esa herida que sangra cada que se hurga, cada que hay que hacerle frente a esta.

Durante todo el proceso se tuvieron que sortear obstáculos puestos por quienes supuestamente vigilan por el bienestar de una única forma de ser familia o por quienes manifestaron falta de voluntad política para aprobar el matrimonio igualitario que hicieron de esta tarea algo extenuante y maratónico. La iniciativa presentada un año atrás por el anterior gobernador, Rolando Zapata Bello, generó el descontento de un colectivo de personas que presuntamente velan por el bienestar de la familia (pero que en realidad son anti-derechos), quienes intentaron frenarlo y que contaron con la complicidad de las bancadas del PAN y del PRI para lograr su cometido.

Los motivos detrás del rechazo de la mayoría de los diputados al matrimonio igualitario carecen de argumentación jurídica, además de ser apoyado con base en prejuicios, y es que ni siquiera debería ser un tema que se someta a discusión o a consideración de la creación de un micro sitio para recabar opiniones sobre la aprobación o desaprobación de la gente hacia el matrimonio igualitario. Pero al parecer, los diputados y las diputadas no quieren entender que los derechos humanos no se ponen a consulta, sólo se reconocen. Ayer decidieron por mí y por muchas personas de la comunidad LGBT+ sin representarnos en absoluto, quedamos otra vez invisibilizados por quienes deberían velar por nosotros y nosotras.

Nuestras historias también importan, pero han preferido contar una y otra vez la misma narrativa de odio sobre nosotros y nosotras: somos “antinaturales”, enfermos y enfermas, pervertidos y pervertidas, depravados y depravadas, entre otras descalificaciones. Así funciona el poder: quien lo tiene puede contar la narrativa de otros y otras, también es capaz de convertirlo en la única y definitiva historia que valga la pena de ser tomada en cuenta. La consecuencia de esto es que priva a las personas de su dignidad, no permite reconocer en el otro u otra que también es persona antes que cualquier otro atributo que le caracterice. Es así como los diputados y las diputadas decidieron desde el curul de su ignorancia desconocernos como sujetos con los mismos derechos que ellos. Es cierto que es posible el amparo, pero esto no sólo acentúa el hecho de que no contamos con el camino allanado para casarnos como sí la tienen las personas heterosexuales, sino que también visibiliza más la desigualdad pues no cualquiera puede sortear económicamente el uso de este recurso legal.

El pasado miércoles, pude presenciar la institucionalización de la discriminación en nuestro estado pero también el desinterés por empatizar con un colectivo que también forma parte de la ciudadanía. Cada día tenemos que convivir con la discriminación de la cual somos sujetos, con la incertidumbre de saber si seremos parte de la estadística de cuerpos violentados debido a crímenes de homofobia o transfobia, sin la certeza si seremos aceptados en nuestro trabajo, familia o en la escuela. Si tuviera que rezar una plegaria, lo haría por todas las personas que decidieron segregar en vez de incluir, que festejan el martirio de un colectivo pero no son capaces de empatizar con nuestro dolor, que velan por el bienestar de la familia pero no de todas las familias posibles, rezaría porque todos y todas pudiéramos caber en el mismo espacio. Han querido mantenernos en la abyección pero somos resilientes porque así hemos tenido que enfrentarnos a las injusticias y desagravios del odio. Seguiremos siendo cuerpos en desobediencia, desbordaremos nuestro afecto.

A pesar de que el panorama pudiera ser un poco desalentador, he podido contar con el amor de quienes me acompañan y me estiman, que sé estarían dispuestos a luchar junto a mí. Es ese amor el que me motiva para escribir este texto con la esperanza de que vendrá un dulce porvenir para todos y todas quienes somos homosexuales o miembros de la comunidad LGBT+, porque a pesar de que nos negaron otra oportunidad para reconocer nuestros derechos, seguiremos luchando por lo que nos corresponde sin dar un paso atrás. Te invito a ti aliado a convertir tu indignación en acción digna, a no dejar de poner el dedo en el renglón, a no huir a la discusión o a la confrontación, a dejar en claro tu postura, a poner el cuerpo desde tu trinchera porque te necesitamos ahora más que nunca. Los derechos humanos han sido conseguidos por nuestro esfuerzo colectivo y al ejercer nuestro músculo ciudadano. Hagamos uso de este.

Psicólogo. Interés por la educación y consejería de la sexualidad, estudios queer y literatura latinoamericana.

Amo las películas de Yorgos Lanthimos, el jazz, la trova y leer artículos del New Yorker.

Mi libro favorito es “Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro.

Convencido de que “lo personal es político”.

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