Mi viaje al sur (en clave feminista)

En su libro “Teoría King Kong” la escritora Virginie Despenetes manifiesta que, en esta sociedad, en la que como mujeres (y, me permito agregar, disidencias) estamos permanentemente expuestes a una cantidad desmesurada de violencia y opresión, vivir en libertad y seguir nuestros deseos y anhelos más profundos es un acto revolucionario.

Desde niña había soñado con viajar por Sudamérica al graduarme del colegio, recuerdo que con mi mejor amiga, Isabela, solíamos planificar cómo sería nuestro trayecto hacia la Patagonia. Una vez graduadas del colegio, cuando se acercaba el momento de empezar con los preparativos del viaje, empezaron a asaltarme miedos y cuestionamientos que a mis doce años no había experimentado; y es que a esa edad yo todavía pensaba en el mundo como un lugar en el que como mujer podía tener, si no todas, muchas de las mismas libertades y seguridades que un hombre cis tiene; entre estas libertades, la de salir a mochilear sin tener miedo a perder tu vida en el intento. Sí, así de crudo.

Empecé a pensar en todos los peligros a los que estamos expuestes como mujeres y disidencias, en una sociedad en la que el solo hecho de salir de casa implica un riesgo. Hay un miedo muy palpable a no volver, o a volver después de haber atravesado una experiencia horrible; un hombre cis que te persiguió durante tres cuadras gritándote groserías, o que te mostró sus genitales sin consentimiento, una mano que te tocó mórbidamente en el transporte público, una violación (todas estas experiencias vividas en carne propia, o por mujeres cercanas a mí). Miedo a no volver, a saberse en peligro constante en una sociedad en la que todo lo previamente expuesto es pan de cada día para mujeres y disidencias. A estos miedos se sumaron las voces de muchas personas que al contarles sobre nuestra idea de mochilear hasta la Patagonia, respondían con frases como: “¿Solas las dos? ¿No les da miedo?”, “¿No tienen un amigo hombre que vaya con ustedes?”, “Piénsenlo mejor, es muy peligroso realizar un viaje así”, todas éstas preguntas que, quiero aclarar, a un hombre que quiere viajar no se las hacen.

Después de mucho pensarlo, le dije a mi amiga que no me sentía segura para ir al viaje, que me parecía muy riesgoso. Me daba miedo que viajáramos “solas”; y escribo “solas” así con comillas porque dos personas que viajan juntas no están solas, pero es importante entender que así es como somos vistas las mujeres sin la compañía de un hombre en esta sociedad, no importa que seamos un grupo de tres, cuatro, o cinco mujeres las que estamos de viaje, caminando en la noche, o bebiendo en un bar. A los ojos del mundo, si no estamos con un hombre acompañándonos, estamos solas.

Al final mi amiga Isabela, aguerrida como siempre ha sido, se colgó la maleta al hombro y fue a recorrer Sudamérica. Por fortuna le fue bien y regresó sana y salva a su casa. No está de más decir que su madre apenas pegó el ojo durante esos meses, ya que, siendo realistas, en este mundo plagado de feminicidios, violaciones, y abusos de todo tipo hacia mujeres y disidencias, el hecho de que mi amiga haya regresado sana y salva a su casa es motivo para estar agradecides.

Isabela y yo. Patagonia

Tres años después, decidí armar mi propia maleta y enfrentar mis miedos; viajé a la Patagonia mochileando, de Quito a Buenos Aires sola, y de Buenos Aires a la Patagonia con mi amiga Isabela, tarde o temprano ese sueño debía ser cumplido. Realicé este viaje con plena conciencia los peligros que implicaba, pero también con nuevas herramientas para enfrentar mis miedos. Una de estas herramientas, y quizá la más importante para mí, fue el feminismo.

Al armar mi itinerario de viaje me aseguré de no llegar a terminales de bus muy tarde, ni programar salidas que involucren estar sola fuera del hostal a altas horas de la noche, siempre estuve en contacto con mi familia, enviándoles mi ubicación, el número de bus en el que viajo, el nombre del lugar donde me quedo, etcétera. Saber que existir en un cuerpo distinto al de un hombre cis implica existir en riesgo, trae consigo una conciencia distinta de las cosas que (aunque me gustaría que fuera de otra forma) necesito hacer para cuidarme, intentando siempre que estos cuidados no atenten con mi libertad.

A lo largo de mi recorrido no faltaron las personas que se sorprendían al ver a una mujer viajando sola, me preguntaban una y otra vez si no me daba miedo; Sí, a veces tuve miedo, cuando en Bolivia un taxi me dejó en una terminal equivocada y tuve que caminar diez cuadras en la noche para no perder mi bus, acelerando el paso y mirando sobre mi hombro con miedo a encontrarme a algún hombre siguiéndome. Tuve miedo cuando en un pueblo de la Patagonia tres policías hombres decidieron interrogarnos a mí y a Isabela en una pequeña estación en medio de la nada. Tuve miedo cuando en Perú tomé un taxi hasta la frontera con Chile y los pasajeros que se subieron fueron todos hombres, o cuando en Brasil tuve que dormir en una habitación de hostal rodeada de hombres, sin ninguna otra mujer. Tuve miedo, y este miedo estaba fundado en experiencias muy reales, muy cotidianas. Lo curioso es que en todas estas experiencias los hombres partícipes de dichos momentos jamás se percataron del miedo que yo sentía como mujer al encontrarme ahí, ellos viven sin más, nosotras (y nosotres) vivimos, nos cuidamos y resistimos.

Pienso que mientras en nuestra sociedad no haya un cambio muy profundo de conciencia, estos miedos continuarán existiendo. Sin embargo, para hacerles frente, ahora tengo al feminismo. Feminismo que me enseña y me libera a diario, que me ha empoderado de tantas formas, feminismo del gozo, de la sororidad, feminismo que entre muchas cosas me ha dado la conciencia de que no puedo dejar de vivir como deseo hacerlo por el hecho de ser mujer, ya que esto solo refuerza las estructuras de opresión y violencia que nos han llevado a existir en desventaja.

Gracias a la vida mi viaje concluyó con éxito y, años después de la primera vez que lo soñamos, llegamos a la Patagonia con mi amiga Isabela, blandimos nuestros pañuelos verdes en el glaciar Perito Moreno, reímos, nos abrazamos y gozamos del camino como siempre soñamos hacerlo.

Sé que en cada paso de mi recorrido sentí profundamente la frase de Virginie Despenetes; en esta sociedad vivir en libertad como mujeres (y disidencias) es un acto revolucionario. Y resistir, desde donde se pueda hacerlo, también lo es.

Nací en la ciudad de Quito rodeada de montañas, crecí en las faldas de un volcán inactivo (llamado Ilalo) y eso es mucho de lo que soy, el haber crecido en ese lugar. Sueño con un mundo más justo para todes les que lo habitamos. La escalada en roca es mi pasión y escribir es lo que siempre ha latido en mi interior.

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