Mi reseña de AlRawabi School for Girls

AlRawabi School for Girls es una miniserie creada y dirigida por la comediante Tima Shomali —llamada la “Tina Fey del mundo árabe”— recientemente añadida al catálogo de Netflix. En cierto sentido, es similar a otras series como The OC, Gossip Girl (las versiones de 2007 y 2021) que funcionan como mirillas a las vidas de las élites, aunque también comparte similitudes con propuestas como Grand Army o Euphoria, que muestran problemas reales y profundos más allá de malas calificaciones, audiciones fallidas o partidos perdidos. No transcurre en el Upper East Side, ni en los pasillos de Las Encinas International School, sino en Ammán, el corazón de Jordania.

Me resistí mucho a ver AlRawabi, principalmente por dos razones: en primer lugar, pensé que debía ver algo sobre gente como yo —adultes que están por entrar a los treinta años sin haber descubierto en qué son buenos— y, en segundo, tenía temor de que fuera una historia súper orientalista. El orientalismo —término acuñado por el intelectual palestino Edward Said— describe una forma de entender el mundo pensada y ejecutada desde Occidente, de acuerdo con la cual, Oriente y sus habitantes son inferiores, incivilizados y exóticos. Para Said, el orientalismo presente en la producción artística y científica es un componente esencial de los diversos proyectos coloniales. Es decir, representar y estudiar la otredad es un acto de poder. Las historias exotizantes centrales en libros, películas y noticias contribuyen a la creación de narrativas binarias y reduccionistas.

Mi temor era que AlRawabi resultara ser un relato más basado en los tropos usuales que construyen al otro como extraño y bárbaro. No es poco frecuente encontrarnos con cintas o series que retratan el Medio Oriente y quienes viven ahí de manera problemática. Las postales de la región como un espacio convulso, lleno de arena o, incluso, como un lugar increíblemente opulento se emparejan con representaciones de “fanáticos religiosos” de barbas largas, mujeres cubiertas con velos y dictadores aferrados a su cargo. Estos imaginarios tienen una larga genealogía y se enlazan con diversas agendas que comparten intenciones: construir un otro que debe ser gobernado y civilizado.

No se trata de tener una suerte de orientalistómetro para medir la serie que queremos ver o novela que tenemos ganas de leer, sino de entender que las narrativas que consumimos tienen un anclaje; o sea que, como toda creación humana, está vinculada a algo más grande. Honestamente, no creo que la solución sea cancelar productos o personas en particular, sino ser más crítiques con lo que leemos y vemos.

Debo admitir que, cuando comencé a ver AlRawabi, pensé que trataría sobre los temas usuales. Sin embargo, capítulo con capítulo descubrí que problematizaba asuntos como el bullying, la salud mental, los mandatos de género, las relaciones familiares, la sororidad, y un largo etcétera. La serie lo tiene todo: un diario filtrado a la Cruel Intentions, un trío de queen bees como Regina, Karen y Gretchen, y una protagonista lectora asidua de Sylvia Plath —pensé en Kat, el personaje de Julia Stiles en 10 Things I Hate About You—; aunque, sin duda, las dos cosas que más aprecié fueron la complejidad de los personajes y la seriedad para tratar temas difíciles.

Lo que menciono sobre llevar un diario y leer The Bell Jar no es simplemente una repetición de referentes conocidos como podría parecer. Es, más bien, una evocación de símbolos que representan las preocupaciones y ansiedades que nos atraviesan en un momento particular de nuestras vidas. Un diario es una forma de expresar nuestros pensamientos más personales que no siempre podemos compartir con alguien, a veces porque no hay alguien que nos escuche. Mientras que The Bell Jar —la única novela que escribió la genial, incomparable y siempre extrañada Sylvia Plath— cuenta la historia de Esther Greenwood, una talentosa joven presionada por expectativas sociales generizadas y el deterioro de su salud mental.

Durante los primeros episodios no sabía cómo sentirme sobre ciertos personajes (si también viste la serie puedo asegurar que también detestabas a Layan), pero conforme pasaron los episodios entendí más sobre sus motivos y contextos. Y creo que lo que hace una historia más interesante, compleja y real es precisamente la construcción de personajes humanes: con cosas buenas y también cosas horribles, que al igual que nosotres en la vida real, tienen una trayectoria y un entorno que les otorga sentido. Es difícil odiar a alguien una vez que conoces su pasado y sus deseos. Una constante en AlRawabi es que podemos entender cómo lo que aparenta ser una personalidad horrible es, en realidad, un mecanismo de defensa ante un entorno familiar violento o imposiciones de género opresivas.

Pensemos una vez más en Layan, sobre todo en lo que sucede después de que escucha Noaf decir que no denunciará al hombre que la acosó en la alberca del hotel —lamento el spoiler—. Layan le dice a Noaf que se siente decepcionada de ella al pensar que era capaz de hacer frente a su agresor. Si bien Noaf decide no hablar a causa de la presión ejercida por su maestra, es posible entender que Layan lo viera como un acto de sumisión, al provenir de una familia conservadora en la que debe hacer frente y esquivar la vigilancia y las normas asfixiantes impuestas por su padre y sus dos hermanos.

Acerca de cómo se abordan temas súper urgentes como el acoso escolar, el rechazo a la diversidad sexual, la injusticia de las prescripciones de género, encontré interesante que los problemas de las protagonistas de AlRawabi nunca fueran minimizados. Cuando pienso en mis años de secundaria-prepa vienen a mi mente recuerdos felices, y también cosas que preferiría no recordar, pero, sobre todo, a un montón de adultes diciéndome “no era para tanto”, y que incluso después me enfrentaría a problemas verdaderamente graves (pues gracias por consejo/advertencia, creo).

Y precisamente AlRawabi honra uno de los períodos más difíciles y turbulentos de nuestras vidas en vez de cultivar un discurso adultocentrista según el cual, todo es un dolor de paso que nos prepara para tragedias más grandes, las que desde un lugar de condescendencia minimizan otras experiencias. Porque, al final del día, las categorías etarias como adultez, niñez o juventud no son algo biológico o cronológico como podríamos pensar; son construcciones relacionales que rinden cuenta de las disputas por el poder al interior de una sociedad.

Por ejemplo, pensemos en dos casos similares, hasta cierto punto; la familia de Mariam y la de Roqayya, aunque son distintas en estructura y dinámica, ambas jóvenes deben sortear una férrea supervisión; Mariam a partir de la sospecha de homosexualidad que pesa sobre ella y Roqayya desde que fue víctima de catsfish y compartió una foto suya con el cabello descubierto. Aparentemente, las dos familias son muy diferentes —una más progresista y la otra conservadora— pero depositan sobre sus hijas el peso de mil expectativas, tanto inmediatas como a un nivel más amplio.

Acerca del caso de Roqayya, necesito aclarar un par de cosas; en primer lugar, si observamos bien, nos daremos cuenta de que es de las pocas estudiantes que lleva un velo en la escuela, porque el uso del velo tiene diversos significados dependiendo el contexto espacial y temporal que se analice. Por ejemplo, no es lo mismo decidir portar el velo cuando hay una prohibición desde el Estado para hacerlo (como en un momento en Francia), que elegir no portarlo cuando existe una imposición de llevarlo puesto (ver Persépolis, de Marjane Satrapi). En segunda instancia, el juicio al que es sometida tras la filtración de sus fotografías no es algo ajeno a nosotres; la revictimización que viven quienes padecen la violencia digital tiene una dimensión de género muy importante y es un problema enorme en todas partes.

Quiero terminar mi texto recomendando AlRawbi. No importa si, como yo, saliste de la prepa hace más de diez años, es una miniserie interesante que puede ser leída de múltiples formas y es el trabajo de muchas mujeres sumamente talentosas.

No sé preparar café y no entiendo de fútbol. Estudié Relaciones Internacionales y tengo maestría en Estudios de África. Amo dar clase, el true crime, el tecito, los esquites y el chisme. Soy muy 360.

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