Mérida is burning!

No, el título de este artículo nada tiene que ver con la condición meteorológica de nuestro estado; más bien, quiero poner en palabra escrita mis impresiones sobre el primer acercamiento que tuve con la escena del ballroom en nuestra ciudad. Anterior a esta experiencia, no sabía mucho sobre la cultura del ballroom, solamente lo que había podido ver en la primera temporada de “Pose”; una serie de televisión dirigida por Ryan Murphy que retrata de forma responsable e informada sobre la escena del ballroom neoyorquino a mediados de 1980, lo cual despertó en mí una inquietud por conocer un poco más.

Para quienes, como yo, no sepan mucho sobre lo que a mí me maravilló sobre esta cultura elegebetera, les explico de manera general. La cultura del ballroom nace en Harlem durante la década de 1920 como una escena queer: un espacio de presencia LGBTTTIQ+ en la comunidad afrodescendiente de Nueva York. Uno de los elementos centrales de esta subcultura es el “voguing”, el cual es un estilo de baile dentro de esta comunidad y que a su vez se divide en diferentes categorías, cada una con sus respectivos criterios y elementos de baile. El voguing se inspira en las poses de las revistas de moda, del elitista mundo del modelaje y de la alta costura; al igual de los jeroglíficos egipcios, el break dance o el ballet.

Tanto el vogue como la comunidad crecen en paralelo para generar en la década de 1970 lo que se conoce como el sistema de casas (houses). En este organigrama, las casas son integradas por una familia elegida, la cual es liderada por una Madre o una Padre que acoge a jóvenes que han sido discriminades y abandonades por su familia o la sociedad. Las familias compiten en eventos llamados balls, en los cuales bailan vogue frente a un panel de jueces. Existen distintas categorías de baile y de pasarela (runway) en los cuales pueden participar los integrantes de las diferentes familias.

Sin embargo, la esencia del ballroom no se puede restringir a solo una competencia de baile; no es solo un espectáculo, es un espacio seguro, libre y sinérgico para la comunidad LGBTTTIQ+, donde uno tiene toda la libertad de fluir, transitar y habitar su cuerpo desde cualquier género. Es por eso que también es político; transgreden y cuestionan la heteronormatividad desde la ternura radical, el autocuidado y la colectividad. Blanca, una de las protagonistas de la serie Pose, define los balls como “reuniones de gente que no es bienvenida en ningún otro sitio, una celebración de una vida que el resto del mundo no considera digna de celebración”. No podría haberlo dicho mejor.

Mi primer acercamiento fue durante el mes de mayo, cuando fui a una práctica de vogue, en vísperas del “Quinceañera Ball”. La práctica tuvo lugar en el parque de Mejorada. Yo llegué con ropa que según consideraba cómoda para bailar (la verdad es que llegué con shorts de gabardina y converse). Error que cometí al enterarme que había que hacer ejercicio y calentamiento antes de hacer todas las poses, giros y caídas. Ante la incertidumbre de que es lo que me esperaría, recibí la cálida bienvenida de Coco (Madre de House of Coco) y de Nany Guerrerx (Nina Apocalipstick, anterior Madre de House of Apocalipstick). Enseguida pude notar el cariño y la hermandad que se podía apreciar en ese instante que llegué, era un espacio seguro y diverso. Luego del calentamiento, el cual me pareció eterno y del cual quedé un poco drenado ya que no acostumbro hacer ejercicio frecuentemente, empezó (ahora sí) por lo que estaba esperando, voguear.

No les miento cuando les digo que es mucho más difícil de lo que en un principio parecía. Se necesita disciplina, flexibilidad, aceptación y amor hacia tu propio cuerpo y actitud, no tener miedo a expresar ese lado femenino y fluido del género. Yo iba con muchas ganas de aprender, si bien sabía que después de esta sesión no estaría luciendo igual de etérea como lo es Nina Apocalipstick, puedo decirles que gocé la experiencia por completo. Nos explicaron que había diferentes formas de hacer vogue. En esta práctica, se nos enseñó una en específico que partía del principio de que habían tres aspectos a realizar: pop, spin and dip. Mi parte favorita sin duda fue la del pop porque se trata de servir pose, de tirar carita, de ser estilizada. Y pues ahí andaba viviendo la fantasía de estar en una sesión fotográfica. El spin y el dip son los giros y las caídas, las cuales pueden ser dramáticas o ser “suavicoñas” (movimientos gentiles y más femeninos). De cualquier forma, estos dos elementos sin duda, fueron todo un reto para mi desincronizado cuerpo, aun así, estoy dispuesto a seguir practicando hasta lograrlo.

Aunque no tenía experiencia en haber llevado clase de baile de ningún tipo, aún con mi torpeza motora y mi falta de timing, puedo decirles que la sensación que se siente es incomparable con cualquier otra cosa. Por un momento, te sientes libre de ser y de estar en tu propio cuerpo, te hace sentir bien contigo mismo. A partir de esa experiencia, empecé a comprender porque lo hacían. Es un acto liberador, de amor a uno mismo y de amor a tu cuerpo. Es un acto político, nuestros cuerpos no obedecen a la gramática binaria que nos intentan imponer. Es escapar de cárceles que nos mantengan controlades. Es seguir desafiando las reglas del juego que enuncia el heteropatriarcado. Todo esto bajo una política de ternura radical y de respeto hacia la diversidad de cuerpos, identidades y preferencias sexuales.

Como dirían aquellas consignas de los manifestantes de la primera marcha del orgullo homosexual de México en 1979, “No hay libertad política si no hay libertad sexual” y “Sin libertad sexual no habrá liberación social”. La escena elegebetera del ballroom en Mérida está haciendo frente a los prejuicios mediante la transgresión política de los cuerpos.

Mérida is burning!

 

 

Fuentes consultadas:

https://www.gob.mx/cultura/articulos/breve-historia-de-la-primera-marcha-lgbttti-de-mexico?idiom=es

https://www.pikaramagazine.com/2018/06/pose-voguing/

Psicólogo. Interés por la educación y consejería de la sexualidad, estudios queer y literatura latinoamericana.

Amo las películas de Yorgos Lanthimos, el jazz, la trova y leer artículos del New Yorker.

Mi libro favorito es “Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro.

Convencido de que “lo personal es político”.

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