Me equivoqué (entre otras cuestiones en el proceso de abrazarse a une misme)

Me equivoqué.

Ese es un pensamiento difícil de digerir. Y, aun así, es uno muy común en el proceso de aprendizaje y (de)construcción.

En un nivel personal, este último año ha sido uno de constante cuestionamiento sobre todo lo que sé y sobre muchas actitudes que he tomado y tomo todos los días. ¿Me lo causó el confinamiento? ¿Me lo causó la universidad como etapa formativa? ¿O son los tiempos en los que vivimos? No lo sé. Tal vez, incluso, lo causó una combinación de todos esos factores en un mismo contexto. Lo que sí he vivido es una discusión interna sobre todas las cosas que antes daba por sentado sobre mi personalidad y mi identidad. Si soy mexicano, ¿qué me vincula al concepto de México como Nación? Si soy hombre, ¿qué me hace hombre? Si soy moreno y bisexual –y aunque no lo fuera–, ¿por qué he insistido en orientar mis procesos y conductas hacia la blanquitud y la heterosexualidad en innumerables ocasiones? Aunque he fortalecido muchas creencias en este año, también he entrado en contradicciones con acciones que he tomado en el pasado; mis conductas, cada vez más, se ponen en duda y mi ethos, la fuerza de mi carácter, es más frágil.

Y, aún más, ese cuestionamiento se atravesó a la manera en la que sostenía (y sostengo) mis relaciones afectivas. Apoyo la empatía y la comprensión dentro de mis relaciones. El magnífico Manifiesto de la colectiva AFROntera lo puso excepcionalmente: “[d]ebemos regresar a lo inefable del cuerpo, del gesto, de las palabras vivas, de la mirada. Ante la pandemia, vernos a la cara, abrazarnos y bailar junt[e]s es algo potencialmente revolucionario”. Sin embargo, he fallado a estos principios a la hora de relacionarme con les demás. No siempre logro escuchar lo que me intentan decir; no siempre empatizo antes de juzgar y no siempre sé verbalizar lo que verdaderamente quiero decir. En efecto, no siempre logro abrazar, a pesar de defenderlo en ideología. Aunado con mi intento diario –y ocasionalmente fallido– de estudiar Derecho, mi mente se cansa constantemente. Equivocarme después de poner todo mi corazón y tiempo en objetivos difíciles o tediosos puede consumir mucha energía. De vez en cuando, aunque mi confinamiento pandémico ha tenido momentos felices, el síndrome del impostor me invade. Mis errores pasados, mis contradicciones, mis debilidades y la falta de fe en mí mismo se combinan y un pensamiento aterrador aparece constantemente como resultado: “no estás a la altura, y cualquier señal de lo contrario es sólo un fraude.”

Ante estos pensamientos, “vernos a la cara, abrazarnos y bailar”, conmigo mismo y con les que me rodean, se vuelve casi imposible. Pensar en qué puedo mejorar de mí mismo sólo me agota y el mejorar como persona se vuelve algo que no merezco ni mereceré. Es en estos momentos donde abrazarme, en un contexto distinto y personal, se siente como un acto revolucionario. Después de varias sesiones de terapia psicopedagógica y, como dije, de muchas jornadas de reflexión pandémica, pude tener más simpatía conmigo mismo y entender que todavía estoy –y tal vez siempre estaré– en una etapa de constante aprendizaje y mejora, tanto en las cosas en las que me considero bueno y en las que todavía necesito construirme. Como lo fraseó la psicóloga María Isabel Toledo Jofré:

Aquí, lo que define al sujeto es su capacidad de volver al pasado para interpretar y re-interpretar sus experiencias. […] El sujeto tiene la capacidad de autodefinición: está limitado por las relaciones sociales que lo constituyen, pero también tiene una capacidad de respuesta, de creación, de resistencia. […] El sujeto no se construye de una vez y para siempre. El sujeto está en permanente interacción con el entorno en el cual existe. Entonces, mediado por el lenguaje, el sujeto aprehende la realidad, que es el producto de la actividad humana objetivada, y produce la realidad, como resultado de su permanente actividad.

 –Sobre la construcción identitaria.

Entendí así que, para poder abrazar poco a poco a las personas que me rodean y las causas en las que creo, tenía primero que abrazarme a mí mismo. Tenía que comprender que, con mi contexto, mi personalidad y mis propias habilidades, ignoro ciertas cosas y tendré que tropezarme en el camino con esta ignorancia inevitable. Como lo dijo un video que me gusta mucho de The School of Life:

¿Por qué seguimos sintiendo sorpresa y enojo por fallar en el amor, en el trabajo, en las amistades y las familias, dado que tenemos tan pocas herramientas de las necesarias para vivir con cualquier semejanza a la sabiduría? Las escuelas no funcionan, los libros no saben y nuestras mentes son, desesperada e intermitentemente, órganos ambiguos y fallidos. El punto no es si nos equivocaremos o no, sino qué tanto nos equivocaremos y en qué área. El fracaso es la norma ineluctable. [Por lo tanto], debemos aceptar nuestra idiotez con gracia.

 –Por supuesto que te has equivocado.

La (de)construcción empieza con asumir la responsabilidad de nuestros propios errores y con nuestra propia autocompasión a la hora de cometerlos. El amor y la empatía también merece ser ejercida sobre nosotres mismes.

Así que sí. Me equivoqué.

Ese es un pensamiento difícil de digerir. Y, aun así, es uno muy común en el proceso de aprendizaje y (de)construcción. Sin embargo, es un pensamiento necesario para comprender cuánto nos falta por aprender y mejorar, y aún mejor, para saber cómo abrazarnos a nosotres mismes y al mundo alrededor.

Él/He

Tengo 21 años y estudio Derecho en el CIDE. No escribo porque sepa algo en específico; lo escribo porque me interesa mucho saberlo. Mis intereses principales son de sociedad y música, pero intento aprender todos los días de todo lo demás.

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