Maternar no es sinónimo de cuidar: Crianza Revolucionaria de bell hooks

Uno de los festejos más importantes de este mes es el día de las madres, se celebra en grande y se agradece a las mamás por sus cuidados maternales. Sin embargo, pareciera que el tamaño del festejo va a aparejado con la cantidad de responsabilidad física, emocional y económica sobre lo que conlleva a ser una madre. Si bien muchas feministas hemos buscado la igualdad en la repartición de tareas y cuidados del hogar, la verdad es que casi toda la carga recae en las mujeres.

Todo el constructo de la buena mujer siempre conlleva dos actividades: ser una buena esposa y ser una buena mamá, inclusive el ser una buena hija (porque claro, les progenitores tienen hijas para que sean ellas quienes les cuiden cuando sean mayores). Al final todo radica en la asimilación de la feminidad con los cuidados y, con ello, asimilar la maternidad como una actividad de cuidados exclusiva de las mujeres. Es decir, la maternidad se vuelve un sinónimo de cuidado.

De este modo, cualquier actividad de cuidado, ya sea hacia nuestros amigues, nuestras parejas o nuestres colegas, se vuelve una expresión maternal o ligada a la maternidad. Esto conlleva no sólo un problema semántico, sino también social y estructural. ¿Por qué? Porque, como aprendí de Bell Hooks, la romantización de la maternidad sólo reproduce estereotipos sexistas sobre los roles sociales que tienen que cumplir las mujeres, en sus palabras:

“Desgraciadamente, el positivo énfasis feminista que se ha puesto recientemente sobre la maternidad se basa en buena medida en estereotipos sexistas. Algunas activistas feministas romantizan la maternidad de la misma manera que lo hacían los hombres y las mujeres del siglo XIX, cuando ensalzaban las virtudes del ‘culto a la domesticidad’.” (bell hooks, 2020, p. 207)

Además, de un modo u otro, se genera una escala de valor de mujer: quienes maternan están en la cima de esta categoría sexo-genérica:

“Dan a entender que la maternidad es la vocación más auténtica de la mujer, […]. Aunque no atacan o minusvaloran abiertamente a las mujeres que no tienen hijos, ellas (como la sociedad en su conjunto) sugieren que es algo más importante que el resto de las labores de las mujeres y más enriquecedor” (p. 209)

Inclusive dentro de los propios términos de la maternidad existen niveles: quienes maternan de manera “natural” están más preparadas o sí están haciendo bien las cosas. Tamara Tenenmbaum también lo señala en El fin del amor cuando retoma a la filósofa Elisabeth Badinter con el concepto del nuevo naturalismo. La autora afirma:

“El concepto refiere a un conjunto de tendencias que en los últimos años devinieron mandatos y que apuntan a reconocer a la mujer con la naturaleza animal de la que desde hacia varias décadas se viene separando: evitar a toda costa la cesárea, amamantar a libre demanda, practicar colecho por varios años, lo que se conoce como crianza con apego, volver a los pañales de tela, no comprar papillas ni alimentos prefabricados para bebés y cocinarles todo en casa” (Tenembaum, xxxx).

En fin, estas viejas exigencias que los feminismos hegemónicos (el liberal y el radical) trajeron a colación nuevamente forman parte de las nuevas formulaciones para ser una buena madre. Además, puesto que el nuevo discurso biologicista y esencialista de “conectar con el cuerpo y la naturaleza” parece que replica ciertos argumentos del siglo XVIII, en donde ser mujer se considera una esencia natural de las personas con vulva, útero y capacidad de gestar. Esto da pie a discursos de odio que niegan la vida y experiencia de las mujeres trans, de los hombres trans o de las personas no binarias.

Por último, una de las enseñanzas que más me ha dejado Crianza revolucionaria de bell hooks es comenzar a separar la idea de cuidados y crianza con la maternidad, para así separar la obligación implícita que esta misma conlleva. Es más, hasta la propia “experiencia biológica del embarazo y el parto, ya sea dolorosa o gozosa, no debe equipararse con la idea de que la crianza de las mujeres es necesariamente superior a la de los hombres.” (bell hooks, p. 211) Esto se debe porque al separar completamente las definiciones de maternidad y paternidad, y al degradar esta última, tácitamente se está quitando (en cierta medida) la responsabilidad de la crianza a los varones.

Como dice hooks: “Considerar a los hombres que crían de verdad como “maternales” refuerza la idea estereotipada y sexista de que las mujeres están más capacitadas para la crianza, que los hombres que crían de la misma manera que las mujeres están imitando en lugar de actuando como un padre debería.” (p. 214)

Es más, tal como lo dice hooks, “debería existir un concepto de crianza real que no haga distinciones entre el cuidado materno y paterno.” (p. 214)

Mujer morena, activista y feminista decolonial y antirracista veracruzana. Maestrante en Teoría y Crítica de la Cultura en la Universidad Carlos III de Madrid. Internacionalista formada en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM y la Universidad de Pretoria en Sudáfrica. Profesora adjunta en la UNAM e integrante y co-fundadora de la Colectiva Feminista “Dignas Hijas”. Escribe sobre sexualidad y América Latina a partir del estudio de la cultura desde un enfoque decolonial, con el fin de desmitificarlas y evidenciar estereotipos racistas, misóginos y coloniales. Además, menea la cola con funk y reggaetón.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *