Las matemáticas en los tiempos de la 4T

La Cuarta Transformación ha tenido, dentro de sus múltiples estandartes, un desprecio por la técnica, los datos, las estadísticas y, en general, por el método científico. De alguna forma, el precedente por el que se ha tenido mayores conflictos en este aspecto radica en la vinculación de la tecnocracia y el neoliberalismo con las fallas de los últimos gobiernos (desde el sexenio de Salinas de Gortari hasta Peña Nieto). Es así como López Obrador capitalizó el rechazo social de las promesas incumplidas para poder fincar una esperanza en un entorno totalmente opuesto a los criterios técnicos. La pregunta aquí es la siguiente: ¿es correcta la ambición del presidente?

Solemos utilizar el analfabetismo para medir progresos educativos y sociales, sin embargo, muy pocas personas en el país nos preguntamos (y nos preocupamos por) cuál será el nivel de anumerismo en el país. Sí, anumerismo entendido como el desconocimiento de las matemáticas en nuestro día a día. Quizá no haga falta una estadística y varios porcentajes para fortalecer este punto, basta con que el lector recuerde a la ultima persona que le dijo “a mi no se me dan las matemáticas”. Hasta cierto punto podríamos dirigir las causas y consecuencias de este mal en diversas posiciones, pero, para el presente caso, nos limitaremos a visualizar el fenómeno en general.

México es un país sumamente creyente de muchas cosas: cuestiones de fe, imágenes sagradas, la suerte, la lotería o, incluso, un presidente. Es quizá en este punto donde vale la pena hacer énfasis en que las cuestiones espirituales o metafísicas son esenciales para el desarrollo de los seres humanos; no obstante, es preciso acatarnos a las mismas escrituras sagradas: dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Con dichos preámbulos separemos las cosas y comencemos a llamarlas por su nombre.

En primer lugar, toda familia en cualquier condición social tiene un conocimiento básico de la aritmética, pues nuestra vida gira alrededor de los números. Me atrevo a decir que el mismo sentido común está compuesto por este factor desde un nivel sencillo: las sumas y las restas. Puede ser que hasta las costumbres se hayan formado a través de este criterio: todo lo que suma es bueno, todo lo que resta es malo. Sin embargo, tales hechos dejan de ser trascendentes a la hora de tomar decisiones, pues en muchas ocasiones optamos por creer en lugar de contar, por ver el horóscopo en lugar de la sección de finanzas o por creer lo que dice una persona en lugar de hacer los cálculos por nuestra propia cuenta.

En segundo lugar, es claro que hay un problema de educación estructural y la culpa no es individual necesariamente, pero, tal y como lo explicamos más arriba, el propio sentido común nos habilita como seres racionales por lo que tenemos la opción entre ser o no serlo. Partamos de un nivel más alto, 24 millones de mexicanos aún no tienen acceso a servicios financieros de ningún tipo, lo cual nuevamente nos conduce a ver un problema estructural, pero también personal. En palabras de dos grandes economistas Abhijit Banerjee y Esther Duflo: “las personas con menores ingresos resultan ser los agentes económicos más racionales, pues ellos son los que tienen que soportar una administración más difícil de su propio presupuesto para sobrevivir”.

En tercer lugar, vale la pena hacer una reflexión sobre el actuar de los números en el sector público. Supongamos desde un inicio que tal administración parte de un sentido común inspirado por la simplicidad y negación de la ciencia; de esta forma, ¿qué tan profundo debe ser el análisis numérico para tomar decisiones que beneficien a la máxima cantidad posible de mexicanos? ¿Es mejor gastar y endeudarnos por un aeropuerto que no vamos a utilizar? ¿Si hay un descenso en la creación de empleos formales significa que habrá mayor o menor crecimiento económico? ¿El gasto en pipas y combate al huachicoleo compensa las pérdidas de las empresas y trabajadores?

Para todas las preguntas anteriores se necesita mucho más que sentido común y una ciega creencia a un presidente. Ese es el verdadero valor de los números: el desmentir, el dar claridad, maximizar beneficios y derrumbar falsas esperanzas.

 

 

 

Fuentes consultadas:

  • Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo, Poor Economics.
  • Consejo Nacional de Inclusión Financiera, Reporte Nacional 8, 2017.

Rodrigo Núñez, 21 años.

Estudiante de economía en el ITAM y derecho en la UNAM, coordinador del área de transparencia del Centro de Estudios Alonso Lujambio y asistente de investigación del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
Escribo sobre economía, derecho e historia.

Me interesan los deportes y la política.

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