Mantendremos nuestros tejidos. Por la memoria, verdad y justicia.

Hace pocos días, el 24 de marzo se celebró en Argentina el Día por la Verdad, la Memoria y la Justicia. Esta fecha rememora el trágico Golpe de Estado, perpetrado por las Fuerzas Armadas en 1976. Pocos meses antes, debido a la violencia política, que precedió con varios años al Golpe, en septiembre de 1975 la familia nuclear de mi madre dejó su ciudad, San Miguel de Tucumán. Vinieron a vivir a Quito, Ecuador. Al poco tiempo, mi abuela y mi abuelo, consiguieron trabajo como docentes en la Universidad Central del Ecuador.

Mientras mi abuela y abuelo trabajaban de sol a sol como docentes y en la editorial que fundaron, sus hijas e hijos se asentaban en sus escuelas y colegios, mientras la familia construía nuevos tejidos que les ataron poco a poco a Quito, la Argentina sufría el azote fascista de una de las dictaduras militares más violentas de la región. A lo largo de los siete años que duró la dictadura, cuyo látigo se sintió prolongadamente tras el regreso a la democracia, el Estado argentino y sus fuerzas policiales y militares detuvieron, torturaron y asesinaron de manera ilegal a más de 30 000 personas. Entre los vicios de este gobierno perverso estaban los “vuelos de la muerte”, en los que llevaban a personas civiles – muchas veces acusadas sin fundamento de terrorismo o de pertenencia a algún grupo político contrario al régimen-, a un vuelo sobre el atlántico y las empujaban al mar desde una altura de miles de metros. A la dictadura cívico-militar también le gustaba secuestrar a las hijas e hijos recién nacidos de las mujeres que asesinaban o detenían.

El horror que vivía el pueblo argentino era cotidiano, el terrorismo de Estado era la moneda corriente y la violencia política, la persecución, la censura eran el pan de cada día. Durante esos años, en Tucumán – una pequeña provincia al Noroeste argentino, donde se producía la mayoría de azúcar del país-, la Dictadura cerró una decena de ingenios, por lo que miles de familias se vieron empujadas a la pobreza. Sin muchas opciones, en medio de la incertidumbre y de la injusticia económica que proponía el naciente neoliberalismo, poblando las primeras Villas Miserias en San Miguel de Tucumán y especialmente en Buenos Aires.

Vía MDZ online

Durante esos años trágicos, varias amistades de mi abuela y abuelo fueron desaparecidas. Entre otras, está un primo político de mi abuelo. Un día el ejército llegó a casa, donde estaban él, la prima de mi abuelo y su bebé. Nunca más se supo de él.

Al contrario, y con la solidaridad a flor de piel, en Quito, en la casa de la familia de mi madre se recibió a decenas y decenas de exiliadas y exiliados, gente conocida, familias enteras y gente que nunca habían visto ni oído nombrar. La idea era clara: la puerta siempre estaba abierta. Aquí, con el tiempo las cosas mejoraron. Paulatinamente, establecieron nexos con otras familias argentinas, chilenas y uruguayas en situaciones similares. Mi abuelo organizaba los asados más espectaculares que Quito hubiera conocido y mi abuela preparaba, en Ecuador, las empanadas tucumanas más deliciosas del mundo. En torno a la comida, al vino y al amor por la vida, la dignidad y la libertad – sin olvidarse del dolor que implica el exilio-, se formó una íntima comunidad. Del desplazamiento no salen solo cosas malas. Como la enorme familia ampliada que heredamos. O el hecho de que mi mamá conociera a mi papá y nos tuvieran a mi hermana y a mí. Esto ocurrió única y exclusivamente por la posibilidad que el exilio abrió.

      Sin embargo, y por eso mismo,  quienes conocemos y descendemos de personas que sufrieron las consecuencias de la dictadura, debemos honrar su vida y la nuestra, luchando para que esto nunca vuelva a pasar, aquí ni en cualquier parte del mundo. Debemos luchar por la memoria, la verdad y la justicia, honrando también las vidas que se perdieron. Y debemos luchar contra el neoliberalismo y el fascismo, que parece estar a la vuelta de la esquina. No podemos dejar que la trama que nos une con la vida, con nuestros lugares, con nuestra gente, se rompan por la ambición de quienes están en el poder. ¡Neoliberalismo nunca más! ¡Milicos nunca más!

Psicólogo clínico, incipiente periodista.

Nací en Quito. Soy hijo de un quiteño y una tucumana. El punk siempre fue mi pasión. Creo fielmente en la palabra escrita como continente de la memoria, vehículo del alma y agente de cambio. Escribo sobre música, política y psicología.

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