Manejar desde el Asiento Trasero: Patologización de la Diferencia

“Tu trastorno explica tu comportamiento, pero no lo justifica.” He convivido demasiado con esa frase, más de lo que me gustaría. Y es una frase que mucho tiempo internalicé, que asumí como una verdad suprema y absoluta. Un apotegma que yo buscaba aplicar para cada decisión que tomaba. Una ley del universo que constantemente me sentía culpable por romper. También, es una mentira enorme que solo representa el cuerdismo y capacitismo omnipresentes en nuestra sociedad.

Porque, como frase, proviene de la neuronormatividad. Es muy probable que haya sido creada por una persona neurotípica que nunca ha sentido una verdadera falta de control sobre sus propias acciones. Una frase que se utiliza para vigilar y controlar el comportamiento neurodivergente, la cual, además representa un doble estándar al compararse con la neurotipicidad. Porque no a todes se nos mide con la misma vara.

Lo primero que hay que aclarar es que no, nuestros trastornos no explican nuestro comportamiento. Explican una parte de nuestro comportamiento. Porque cuando una persona tiene un arrebato de ira, si además ya cuenta con esa etiqueta social de “enfermedad mental”, ese diagnóstico se va a usar como la única explicación de su comportamiento, incluso por supuestos profesionales de la salud en las áreas de psiquiatría o psicología (siendo quienes pertenecen a esta última tan pobremente formades en temas de enfermedad mental).

Si, en cambio, una persona que no cuenta con un diagnóstico (ya sea porque no se ha detectado o porque es genuinamente neurotípica), surgen de repente múltiples posibles causas para justificar su enojo. Quizá tuvo un mal día, quizá anda pasando por un proceso difícil, quizá la otra persona le hizo algo. La realidad es que cualquier reacción emocional siempre va a ser un factor multicausal, que rara vez tiene su origen en una sola característica de la persona, pero cuando tienes la etiqueta de neurodivergente, ese diagnóstico se va a utilizar como la principal (y a menudo la única) “explicación” de tu comportamiento.

En ocasiones, nuestro trastorno justifica plenamente nuestras acciones. Y es que hay ciertos trastornos que involucran la falta de control de impulsos, como el TDAH, el TLP o la manía Bipolar. Hay trastornos que involucran cambios repentinos en el estado de ánimo, como el TEPT o el TLP. Hay trastornos que implican comportamientos autolesivos (intencionales o no involuntarios) como los TCA, el Bipolar, el TLP, el TEPT, etc. El pensar que nuestra conducta no está justificada por nuestros trastornos proviene de la idea capacitista de que cualquier síntoma que presentemos de una enfermedad mental es una decisión consciente.

Cuando encuentran a una persona con bulimia vomitando en un baño, el pensamiento neurotípico siempre va a ir hacia la idea de que esa persona voluntariamente se provocó el vómito. Cuando una persona con trastorno bipolar cae en depresión y no puede salir de la cama, bañarse, limpiar su cuarto o ir a trabajar, el pensamiento neurotípico va a dirigirse a la idea de que esa persona eligió quedarse en casa acostada sin moverse. Cuando una persona con TDAH desatiende sus tareas y trabajos porque su falta de atención y concentración la hizo poner videos de YouTube o leer artículos en Wikipedia hasta la madrugada, el pensamiento neurotípico va a orbitar sobre la idea de que esa persona decidió delegar sus responsabilidades y hacer otras cosas.

“A veces nuestros episodios nos superan y no los podemos controlar. Nunca es una decisión.” IG: @chuckdrawsthings

Lo que la neurotipicidad no entiende es que padecer estos trastornos nos hacen tener episodios, o “malas rachas”, que se sienten como estar en el asiento trasero de un auto mientras nuestro trastorno está conduciendo a toda velocidad. Podemos gritarle que desacelere (esperando, con suerte, que nos escuche), podemos meter la mano y girarle el volante cuando vemos que está por chocar y lastimarnos a nosotres o a terceros para evitarlo, pero no tenemos al 100% el control del vehículo.

Es muy común, como neurodivergente, ver nuestros errores en retrospectiva. Solo cuando desaparece el conductor y nosotres estamos de nuevo al volante es que podemos decir “¿por qué hice eso?” y frases como “tu trastorno explica tu comportamiento, pero no lo justifica” solo nos hacen sentir culpables por tener un cerebro que no elegimos, por estar atrapades en una situación en la que no elegimos estar.

Este es un pensamiento capacitista que siempre nos hace responsables de nuestros errores, pero “afortunades” por nuestros aciertos. Todo lo que logramos, todo éxito que alcanzamos, nos hace “valientes”, “guerreres”, “fuertes”, palabras que actúan bajo la idea de que si hacemos algo mal, es por nuestra neurodivergencia, pero si hacemos algo bien es a pesar de nuestra neurodivergencia.

Y este doble estándar capacitista también se aprecia cuando volteamos el lente de la situación. ¿Por qué nunca buscamos que las personas neurotípicas expliquen o justifiquen su comportamiento? ¿Por qué solo nosotres tenemos que dar explicaciones de lo que hacemos o no hacemos? ¿Por qué es tan importante para la neurotipicidad el “descifrar” nuestro comportamiento y hacer que recaiga sobre nosotres un punitivismo moral que no se aplica para el resto de la sociedad?

Porque se trata precisamente de eso, punitivismo moral. El hecho de que solo a cierto grupo de personas se les debe juzgar por sus acciones u obligarlas a justificarlas constituye simplemente una necesidad de castigar y patologizar las diferencias. Por eso no es coincidencia que todas estas conductas neurotípicas empeoran si las personas que las realizan no son solo neurodivergentes, sino que además son mujeres, personas racializadas, o pertenecen a la diversidad sexogenérica.

Cuando una mujer, persona racializada o integrante de la comunidad LGBTIQ+ tiene, repitiendo el ejemplo anterior, un arrebato de ira, se culpa a factores como las hormonas, la menstruación, el resentimiento social, el estatus socioeconómico, el trauma de la infancia. Cuando un hombre hétero-cis tiene un arrebato de ira, se dicen cosas como “se dejó llevar por la pasión del momento”, “seguro tiene asuntos muy importantes que lo estresan”, “no pudo guardarse el enojo y tuvo que sacarlo”, “es normal”. Solo aquello que es disidente debe justificarse ante aquello que es hegemónico.

Aún recuerdo cómo una psicóloga con la que asistí “teorizó” que mi bisexualidad se debía a que nunca formé un vínculo profundo ni con mi mamá ni con mi papá, por lo que ahora buscaba afecto tanto de hombres como de mujeres (siguiendo la errónea idea de que la bisexualidad sigue un binarismo de género). Porque la heterosexualidad de una persona nunca es producto de un trauma, pero salir del clóset como LGBTIQ+ hará que te familiarices bastante bien con términos como “Edipo”, “Electra” y “Trastorno del apego.”

No por nada las mujeres son estadísticamente más diagnosticadas con trastornos del estado de ánimo, de ansiedad, TCA, TLP y personalidad histriónica. Mientras que las personas LGBTIQ+ son más diagnosticadas con trastornos de la personalidad, sobre todo TLP. Porque la disidencia se percibe como patológica, mientras que la hegemonía se percibe como sana, sin importar si esto es realmente un reflejo de la realidad.

Quiero concluir diciendo que, como neurodivergentes, no le debemos explicaciones ni justificaciones a absolutamente nadie. Y es trabajo de las personas neurotípicas cuestionarse por qué es tan importante para ellas el poner nuestro comportamiento bajo un microscopio y dictaminar que cualquier error que cometemos es porque estamos “trastornades.”

Y no estoy diciendo que padecer uno o varios trastornos nos da carta blanca para hacer lo que queramos y ser malas personas. Estoy diciendo que está mal que por padecer un trastorno se nos considere automáticamente malas personas y que nuestros síntomas se asuman como una decisión voluntaria. Eso es simple y llanamente capacitismo.

Y a la comunidad neurodivergente, solo quiero decirles que no vivamos con la angustia de pensar que todos nuestros errores son por nuestro diagnóstico; o que cada vez que tenemos un episodio, todo lo malo que nos pasó o hicimos fue una decisión consciente. Eso es vivir bajo estándares neurotípicos, bajo la neuronormatividad. A veces no podemos controlar lo que sentimos y muy difícilmente podemos controlar lo que hacemos. A veces los errores solo empiezan a doler en retrospectiva, cuando salimos del asiento trasero y retomamos el volante. No es nuestra culpa. No nos recriminemos constantemente por nuestra conducta, que la hegemonía neurotípica rara vez se recrimina por la suya.

Soy Rafael Abreu, psicólogo, autista y paciente bipolar que busca eliminar estereotipos negativos sobre la neurodivergencia. Clasificado legalmente como "Discapacitado, más no incapacitado." Me apasionan los temas relacionados a videojuegos, cine, neurodivergencia, discapacidad, la comunidad LGBT+ y DDHH.

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