Mañana lo hago: reflexiones sobre la procrastinación

Dejar algo para mañana es una situación en la que todes nos hemos encontrado. Hay un sistema muy complejo detrás de esta decisión; no se remite a ser personas desorganizadas o sólo tener flojera y ya, sino a nuestras emociones. En 2019, Charlotte Lieberman publicó un artículo en el The New York Times, con el título “Procrastinar no es un asunto de holgazanería, sino de manejo de las emociones”, vaya que exploté.

Y es que, siempre hemos escuchado que es nuestra culpa dejar tareas para el final, que somos personas desorganizadas, que no somos puntuales y por eso sufrimos después, terminando por comprar esas declaraciones. Entonces buscamos refugio en aplicaciones que nos organicen la vida, agendas bonitas llenas de pendientes, post its pegados por toda la mesa de trabajo para pensar que de esta forma nuestras tareas se cumplirán, y bueno, no es así en la mayoría de veces.

De acuerdo al artículo, todo parte del sentido de autoconsciencia que acompaña al acto de procrastinar, es decir, cuando decidimos dejar para después cierta tarea, tenemos presente el precio que nos costará: tal vez un regaño, que nos bajen la calificación, tener que desvelarnos o madrugar y por ende perder horas de sueño, entre muchos otros costos, aún así, lo hacemos. Parece irracional tomar una decisión que sabemos que traerá graves consecuencias, de alguna manera nos ocasionamos un daño.

De acuerdo con la investigación de Lieberman “la procrastinación no es un defecto del carácter o una maldición misteriosa que ha caído en tu habilidad para administrar el tiempo, sino una manera de enfrentar las emociones desafiantes y estados de ánimo negativos generados por ciertas tareas: aburrimiento, ansiedad, inseguridad, frustración, resentimiento y más”. Esto lo vivimos en carne propia las personas que hacemos una tesis, y que, por muchas razones, la hemos postergado. Escuchamos frases como “eres bueno escribiendo, ya la hubieras terminado”, “a ti se te da la investigación, avánzale”, “eres chingona, en tres meses la acabas” y un sinfín. Pero ahora comprendo que mi respuesta es siempre un “sí, verdad, ya pronto”, pero dentro de mi es un “¡no quiero, y ya!”.

Ilustración: Indieground Design

Tim Pychyl miembro del Grupo de Investigación sobre Procrastinación en la Universidad Carleton en Ottawa, Canadá, afirma que “la procrastinación es un problema de regulación de emociones, no un problema de gestión de tiempo”. Esto lo experimentamos cuando nos enfrentamos a tareas que nos parecen poco atractivas, como tener que lavar los trastes o el baño, en trabajos que sabemos que es mucha “talacha” o actividades que sentimos no nos retribuyen en nada. Pero se da también en situaciones de responsabilidades necesarias como el hecho de ir a trabajar para poder mantenernos.

Es por todo lo anterior, que buscamos un pequeño “despeje” a corto plazo de la abrumante vida de pendientes. Una película, una pequeña siesta, ponernos a leer, salir a caminar, ir al cine, todo entre muchas tareas. Mitigamos de esa forma los estragos, aunque sea por un pequeño lapso. Lo peor viene después, ya que ahora se suma el sentimiento de culpabilidad, “si hubiera hecho esto hace dos horas, ahorita ya estaría libre”. El mayor problema, es que esto se repite de manera muy constante.

Esta situación se torna muy grave, ya que en un estudio realizado por Abbasi y Alghamdi, se concluye que los resultados de este ciclo constante de procrastinación tienen impactos  en nuestra salud mental y física. La ansiedad aumenta, el estrés se vuelve crónico, la fatiga nos hace perder energías para continuar con las tareas, nos causa angustia no ver avances, por lo que de detona una baja satisfacción con nuestro estilo de vida y por ende, caemos en depresión, que se acompaña de enfermedades cardiovasculares y gastrointestinales. ¿Y todo por preferir ver una película a no hacer mi ensayo? Irónico, pero sí.

Ilustración: Suji Kim

El psicólogo Hal Hershfield en su estudio “Auto-continuidad futura: cómo las concepciones del yo futuro transforman la elección intertemporal”, afirma que el problema tiene sus raíces en el sesgo del presente. “Con la esperanza de vida aumentando drásticamente en gran parte del mundo, las personas tienen que tomar decisiones con un futuro más largo en mente que nunca. Sin embargo, muchos indicadores sugieren que a largo plazo se produce un bajo nivel de ahorro”. Es decir, como seres sociales, nos preocupa más la situación actual en la que nos encontramos, que las adversidades que pueden detonarse en un futuro.

En este momento, deseo ver una película porque quiero sentir tranquilidad por una hora, sabiendo que puede afectarme tal vez, un día completo. Este sesgo se observa en la manera de prepararnos para un futuro financiero e incluso, el descuido de nuestra salud. Creemos que seremos eternos para siempre, jóvenes y con un buen empleo a futuro, pero mientras llega, perdemos tres horas en las redes sociales.

¿Entonces qué hacemos?, no podemos decir, “ya mañana no procrastino”, porque sería seguir procrastinando. En el artículo antes mencionado, cita a Judson Brewer, quien afirma que “nuestros cerebros siempre están buscando recompensas relativas. Si tenemos un círculo de hábitos alrededor de la procrastinación, pero no hemos encontrado una mejor recompensa, nuestro cerebro continuará haciéndolo una y otra vez hasta que le demos algo mejor que hacer”. Aquí es donde recurrimos a las temidas prácticas conductistas.

En un sistema de educación y crianza, en donde siempre nos ha enseñado que si cumplimos con cierta tarea merecemos un premio, se hace necesario reconfigurar la lógica y detonarlo de una manera que nos ayude. Comenzando primeramente con el hecho de asumir que el descanso no es una recompensa, sino una necesidad que debe estar equilibrada con nuestras actividades. Debemos hallar un sistema de premios internos, para persuadir al cerebro, y sentir alivio en el presente sin que se afecte a nuestro futuro.

Es de suma importancia las redes de apoyos entre amigues, colegas de trabajo y familia. No debemos ser sumamente exigentes con las personas. Lo que debemos hacer es otorgar gestos de compensación, me refiero a palabras, regalos y detalles. No por obligación, pero en serio, un halago no nos cuesta, una felicitación o un agradecimiento. Y créanme se siente bien padre cuando eso sucede. Yo antes pensaba que en el blog nunca me leían, ya creía que era mejor abandonar, hasta que en una reunión mencionaron uno de mis textos y sentí una serie de emociones muy bellas y motivadoras. Eso sucede con cada diseño que hago, con cada informe o trabajo, incluso en mi empleo.

Ilustración: The graphic tape

Aquí siendo sincero, pues siempre esperamos que nos agradezcan, aunque nos pongamos una manta de “no esperes algo a cambio y regala con el corazón”. Los premios son valiosos, pero la obsesión por ellos no lo es. Así que, si comparten el trabajo de sus amigues en redes sociales, e incluso lo llegan a presumir, habrá implicaciones muy fuertes en que esa persona no caiga en la procrastinación. Porque recordará que sintió muy bello cuando entregó su anterior trabajo, lo que motivará a continuar y mejorar; claro hay que cuidar no caer en la obsesión y el perfeccionismo. Esta práctica de agradecimiento y felicitación aplica para docentes, jefes del trabajo, asesores, padres y madres de familia, incluso en las relaciones afectivas. Teniendo en mente que al final la solución debe ser interna y que el sentido de orgullo por lo que hacemos debe comenzar por nosotres.

Cuídense mucho y cuiden de sus seres queridos.  

En esta ocasión la canción que les recomiendo escuchar es: Love My Way de The Psychedelic Furs.

Él/He
Joven oaxaqueño formado en Ciencias de la Educación. Aprendiendo constantemente de las diferentes realidades sociales. Disfruto viajar y vivir México a través de sus culturas, arquitectura, gastronomía y misticismo. Amante del café, los momentos entre amigos y la música.

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