Madre de pañuelo verde

El ginecólogo, las apps y la literatura básica sobre embarazo recomendaba realizar caminatas cortas a lo largo de este para mantener saludable al cuerpo que pasaba por una transformación dramática. Era la primera vez que atravesaba un embarazo, así que eso me hizo extremadamente sensible a cada cambio que iba experimentando, al grado de que yo ya sabía que estaba embarazada antes de hacerme cualquier prueba.

Fue en una de esas caminatas recomendadas, probablemente en el primer trimestre, y tras mucho darle vueltas dentro de mi cabeza, que le dije a mi esposo: “No podría imaginar vivir esto sola, sin ti, sin nuestras familias, sin la comprensión que tengo del proceso mismo, la atención médica adecuada y, sobre todo, sin desearlo… porque estas náuseas y malestares no los soportaría solo porque sí. Hoy estoy plenamente convencida de que vivir esto solo puede ser a partir de la absoluta voluntad, de lo contrario sería espantoso”. Por primera vez en mi vida, me atrevía a decir en voz alta que la gestación y la maternidad debían ser deseadas o no ser.

Seguramente como muchas personas en este país, crecí con una educación tradicional y católica, en donde por supuesto, me enseñaron que el aborto era uno de los peores pecados y crímenes que un ser humano (una mujer) podía cometer. De hecho, la estigmatización del aborto es el “dogma” antiderechos que más trabajo me costó abolir en mi cabeza, corazón y fe. Pasé por las fases de “aborto bajo ninguna circunstancia” a “aborto solo en caso de violación”, para después quedarme un rato en la timidez de “aborto cuando la mujer lo decida, pero es un tema que prefiero no hablar porque me incomoda. No juzgo, pero tampoco lo recomendaría”; resultará paradójico para muchas personas y para otras tendrá todo el sentido del mundo, pero fue durante mi primer embarazo que entendí realmente y en su totalidad la urgencia de la lucha de las mujeres por la autonomía de sus cuerpos y el derecho a decidir.

Mi primer embarazo tuvo algunas dificultades, aunque ciertamente nada grave: los tres primeros meses tenía náuseas todos los días y al menos dos veces a la semana llegaba a vomitar. Estas náuseas aparecían religiosamente después de la hora del almuerzo, lo cual, por un lado, no afectaba mi labor docente en las mañanas, pero llegó un punto en que tuve que suspender todas mis citas de psicoterapia en las tardes, lo cual representó una disminución importante en mis ingresos. Cuando por fin superé las náuseas y vómitos, llegó la anemia.  Intenté con una dieta alta en hierro, hierro en pastillas e inyecciones. Nada funcionaba, mi cuerpo no absorbía el hierro en ninguna presentación. Terminé con un hematólogo quien me mandó análisis para descartar talasemia, una enfermedad hereditaria poco común, que afecta principalmente a poblaciones del mediterráneo. Al final me prescribió trasfusiones de hierro, el único tratamiento que resultó y con el que logré recuperarme un poco. Hacia el final del embarazo, tuve un cuadro de migraña que me tenía llorando del dolor. Al ser una persona a la cual no le dan ni dolores de cabeza, tardé un día entero en comprender que lo que me dolía tan intensamente era la cabeza y no los ojos. Recuerdo borrosamente estar en el consultorio de un neurólogo llorando hasta que me inyectaron cortisona, lo que me quitó la migraña casi de forma instantánea. Al final, mi primera hija nació por una cesárea no programada, cirugía en la que estás la mayor parte del tiempo despierta, con algo de dolor (nunca ausencia total de éste) y muchas sensaciones, desde los cortes, la manipulación para sacar a la bebé y por último las suturas. La recuperación de una cesárea puede resultar muy dolorosa para la mayoría de las mujeres pues compromete tejidos y músculos abdominales (que usamos para todo, hasta para lo que no imaginamos). Mi post cesárea estuvo dentro de los parámetros de lo normal: duele y mucho, al menos las primeras horas se necesita ayuda para levantarse de la cama, tomar un baño y hasta para orinar.

Mi segunda hija nació hace tres semanas por parto vaginal. Este embarazo fue aún más llevadero que el anterior: sí tuve náuseas, pero no vómitos, mi hemoglobina se mantuvo en niveles saludables, no tuve migrañas y, aunque la pandemia me permitió vivir un proceso físicamente muy relajado, no fue así en lo emocional, puesto que estuve aislada de mi familia, amistades y actividades sociales. En esta ocasión, tuve una labor de parto completa, que inició desde la mañana con contracciones levemente dolorosas que fueron subiendo de intensidad y frecuencia. Para las 6 de la tarde el dolor ya era muy fuerte pero aún manejable. A las 8 de la noche el dolor ya era más que abrumador, a las 10 ya empezaba la fase de expulsión y yo estaba tan cansada que entre contracción y contracción me quedaba dormida los pocos segundos que duraba la paz, a las 11 de la noche, mi hija ya estaba en nuestros brazos. Según el ginecólogo, fue un parto inesperadamente rápido y fluido para alguien con una cesárea previa. No tuve anestesia, no la pedí. No voy a decir que fue el dolor más hermoso y con sentido de mi vida, sino el más fuerte y profundo que he experimentado.

Por Cecilia Campos

La recuperación de un parto vaginal es muy distinta a la de la cesárea, pero no menos compleja. El cuerpo de la madre es un cuerpo traumatizado, inflamado, moreteado, sangrante, en muchos casos suturado o reconstruido y que ahora debe cuidarse, pero también cuidar y alimentar a otro ser.

Probablemente, las descriptivas líneas de arriba provoquen un efecto anticonceptivo en muchas mujeres, en realidad mi intención no es señalar “el horror extraordinario” de mis vivencias obstétricas, sino todo lo contrario: lo único extraordinario aquí son las condiciones tan respetuosas, dignas y privilegiadas de ambos nacimientos. Tuve una cesárea y un parto vaginal en condiciones absolutamente ideales, puerperios acompañados, donde las tareas de cuidado son compartidas equitativamente entre mi pareja, nuestra extensa red de apoyo y yo y he tenido trabajos que garantizan mis derechos como madre que acaba de dar a luz. El hecho de que, a pesar de lo anterior, me he reconocido durante mis pospartos debilitada y adolorida físicamente, al grado de no sentirme al 100% de mi capacidad, así como emocionalmente vulnerable, a pesar de que todo ha estado muy bien, obligadamente me hace preguntarme ¿qué sucede con la mayor parte de las madres en este país que tienen que pasar por esto, pero en condiciones precarias?, ¿qué sucede con tantas niñas y jóvenes que son obligadas a vivir embarazos y puerperios con poca o nula información y en contextos emanados de la violencia estructural, familiar y sexual? ¿qué sucede con las mujeres de cualquier edad o clase social que sencillamente no quieren ser madres en ese momento o nunca? Confieso que, hace tres semanas mientras sentía lo que la doula llama “el aro de fuego”, algunas de estas preguntas vinieron a mi mente por momentos entumecida.

Considero que hay dos claves en esta reflexión de la maternidad y desde la maternidad: la existencia de condiciones estructurales dignas y seguras y la voluntad de ser madre, sin embargo (y a riesgo de ser políticamente incorrecta), aun cuando las primeras no estén garantizadas en su totalidad, la voluntad y el deseo contribuyen a hacer mucho más llevaderos, soportables y hasta disfrutables el embarazo, el puerperio y la crianza.

Cuando me han preguntado (sí, me han preguntado) cómo es posible que siendo madre pueda estar a favor de que las mujeres tengan el derecho a interrumpir su embarazo, respondo que justamente convertirme en madre fue el engrane que hacía falta para definir y afianzar mi postura sobre este tema.

Que la maternidad me atravesara el cuerpo y el mundo socioemocional, me cambió la perspectiva  sobre muchas cosas. Es mi deseo y vocación que la gestación y la maternidad sean profundamente conscientes, voluntarias, acompañadas y colectivas. Que sean ejercicios amorosos de libertad y no imposiciones o castigos. Que la gestación sea una de tantas formas de celebración de un cuerpo libre, poderoso, creador y autónomo. Que la maternidad sea una de tantas formas de celebración de la vida, la ternura, la ética y los cuidados.

Como madre de dos niñas, deseo que ninguna niña, joven o adulta sea criminalizada, juzgada o encarcelada por ejercer su autonomía y que cada vez que me encuentre en situaciones de privilegio, este no me ciegue, sino que me incomode y me cuestione.

Soy psicoterapeuta, docente universitaria, cantora, feminista y mamá.

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