Machismo invisible: El reto a vencer

Definir el significado y alcance del término «machismo» ha implicado innumerables esfuerzos. Es una palabra paradójica en su definición porque podemos reconocer bajo qué situaciones o contextos puede llegar a existir, pero resulta elaborado definir a grandes rasgos lo que significa. Sin embargo, a pesar de esa complejidad podemos deducir que tiene dos elementos vitales en su ADN que lo particularizan: por un lado, tiene su fundamento en la polarización de lo “masculino” frente a lo “femenino” y, por otro lado, exalta la superioridad de lo masculino en las áreas que los hombres consideran relevantes. De aquí que como bien refiere la psicoanalista Marina Castañeda, el machismo: “constituye toda una constelación de valores y patrones de conducta que afecta todas las relaciones interpersonales, el amor, el sexo, la amistad, el trabajo, el tiempo libre y la política(…)”.

Así es, el machismo puede llegar a definir no sólo lo que debe ser un hombre, una mujer y demás personas, sino que moldea las formas de vida que deben existir en una sociedad, pues no se pueden entender los distintos ámbitos de vida de una persona si antes no tenemos un rol definido. Es a partir de nuestro sexo que se construyen las expectativas de lo que se espera de uno, la forma en que debemos comportarnos, la manera en que nos relacionamos con los demás y en general la forma en que debemos actuar en nuestra sociedad. A partir de ello, el machismo pretende imponer su dardo envenenado, pretende la dominación del género sobre los distintos ámbitos de la vida y en específico, hacia el concepto definido de lo que es “ser mujer”.

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Ahora bien, lo anterior sólo puede llegar a ser posible si el machismo cuenta con distintas redes que lo protegen y lo conservan. El machismo no puede ser entendido de forma aislada; este virus necesita de escuderos que lo vitalicen, que lo difundan e incluso que lo institucionalicen. Así, tenemos que el machismo atraviesa el ámbito familiar, laboral y social en gran medida porque la educación, la cultura, la publicidad, la economía, la moral y los estereotipos lo permiten. Lo fomentan de tal manera que el ciclo nunca pueda romperse y, en caso de que llegase a fracturarse, las mismas redes aportan su granito de arena para que éste evolucione.

Fuente. Mindomo

Ahora, el machismo no implica necesariamente el que un hombre maltrate a una mujer o demás personas, ni que la mantenga en su casa, ni que le impida trabajar o salir a divertirse. Ha evolucionado de tal forma que, sin haber una violencia física, o incluso sin haber disputas o conflictos, pueda surgir una relación desigual en la que alguien quedó encima de otro. Ese es el nuevo truco, ese es el machismo invisible que señala la doctora Castañeda y que como bien recalca, “está tan arraigado en las costumbres y el discurso que se ha vuelto casi invisible”. A pesar de los avances que se han logrado, el machismo sigue presente en nuestra vida cotidiana, pero tiene otras herramientas que antes no conocíamos, la forma en que se desarrolla ha cambiado, pero no su finalidad de dominación.

El machismo invisible atraviesa con ímpetu las relaciones de todas las personas y ejemplos sobran para exhibirlo. En estudios recientes cuando se les pregunta a los maridos acerca de la opinión que tienen sobre que sus esposas trabajen, un alto porcentaje contesto lo siguiente: “Sí le doy permiso de trabajar, siempre y cuando no descuide la casa” o “Sí le doy permiso, pero tiene que tener en claro que me debe respetar”. Aunado a ello, esos mismos hombres entrevistados se autoconsideraron “no machistas” y se describieron como hombres progresistas que “apoyan el empoderamiento de las mujeres”.

Lo anterior demuestra que el machismo no necesita de la violencia física para mantenerse, sino que basta con que sólo el sujeto tenga la confianza de sentirse en una posición superior a la otra persona, posición reforzada con el sentimiento de sentirse seguro en un umbral que le permite dar permiso a su contraparte para que pueda ejercer con plena libertad su autonomía. Así, en estas formas de relacionarse sigue existiendo una desigualdad plena en el ejercicio de la autonomía, pues mientras a una parte se le concede el ejercicio pleno, la otra parte debe solicitar un permiso, aunque no sea explicito, para ejercer la misma. Así, tenemos que, hasta ahora, el machismo, al igual que la materia, no se crea ni se destruye -o no se ha destruido-, sólo se transforma.

Ante ello, debemos reconsiderar y poner en duda lo que el machismo busca encriptar, es decir, la forma en que nos relacionamos con el mundo y los demás. De lo contario, seguiremos alimentando este círculo vicioso que tiene por víctimas no sólo a las mujeres y demás personas, sino también a los mismos hombres. Se deben romper todas las redes y mensajes subliminales que refuerzan ese sentimiento de dominación que sólo el machismo sabe sembrar. No basta con una complacencia plena de que en nuestras vidas lo hemos extirpado, sino que tenemos que colaborar para que este germen deje de tener lazos en todo aquello que nos rodea.

Abogado por el ITAM. Me apasiona el análisis de temas políticos y
electorales. Soy un fiel seguidor de los Pumas. Apasionado de la
Historia y de la literatura.
En ocasiones soy corredor. Por destellos declamo poesía.
Frecuentemente escucho a “The Doors”.

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