Los perdedores: el peligro de olvidar a las clases obreras

El Rust Belt estadounidense girando hacia el populismo de Trump, los chalecos amarillos protestando contra las políticas económicas de Macron y de la Unión Europea, los viejos trabajadores británicos votando a favor del Brexit. Estos son solo tres ejemplos de un importante fenómeno occidental de nuestros días: la clase obrera decepcionada de los valores que propone el paradigma liberal vigente.

Libre comercio, democracia, cooperación internacional. Estos son conceptos que engloba el paradigma vigente en occidente y que, más allá de ser correctos o erróneos a nuestro juicio, es preciso analizar su traducción en la realidad y la interpretación que un importante porcentaje de la población les da. Las clases obreras de nuestro hemisferio han demostrado, a través de protestas y de sus votos, el hartazgo contra un sistema que ha concentrado la riqueza en manos de unos pocos. Y es que puede no ser ni siquiera el modelo (pues es entendible que todo modelo de pensamiento sea una utopía que paso a paso se construye con dificultad en lo tangible); puede ser un tema de instituciones y también de globalización que aumenta la competitividad en los sectores laborales, teniendo esta pros y contras. Sin embargo, el enfoque que quiero tomar es más bien el peligro de no atender las demandas de las clases obreras a tiempo.

Remontémonos al siglo pasado. El fascismo y el ultranacionalismo, si bien ligados y promovidos por élites políticas, encontraron un cómodo visto bueno por parte de las clases obreras en Europa. Tomemos el típico ejemplo, el de Alemania: tras una crisis económica brutal después de las sanciones impuestas por los Aliados en el Tratado de Versailles (deuda que, por cierto, acabaron de pagar en 2010), el fascismo se abrió paso dando así una irrefutable victoria democrática a Adolf Hitler en los treintas. Por supuesto que de ninguna manera pretendo atribuir al Nazismo su único origen en la crisis económica, pero sí quiero subrayar algo importante: olvidar a la clase obrera acaba saliendo muy caro. Aunque la crisis en la República de Weimar, hoy Alemania, fue excepcional y afectó a todos los sectores, ricos y pobres, sí es importante tomar una lección de la historia, y es que las clases obreras oprimidas son bombas de tiempo. Tarde o temprano manifestarán su inconformismo, así esto cueste avalar populismos y extremismos como lo fue durante el siglo XX.

Y claro, cuando eres un trabajador sin seguro médico, sin un sueldo que te permita solventar tus gastos, sin un seguro de desempleo; si eres un trabajador que tiene que manejar todos los días desde provincia hasta París y además te quieren subir el diésel; si la carne para tu familia sale carísima gracias a los candados de la Unión Europea y además te venden el discurso del extranjero malo, del terrorista y del bad hombre, claro que compras ese discurso político. Y es que ese es el problema, que en tanto las necesidades de las clases obreras no se atiendan, los discursos de odio seguirán permeando acompañados de promesas económicas huecas, pero que, en tiempos de necesidad, tienen todo el sentido.

El paradigma económico de los ochentas, como dijo Christophe Guilluy, requirió de un precio a pagar, y las perdedoras fueron las clases obreras de occidente. Por eso no debería de sorprendernos tanto la victoria de Donald Trump en 2016, el Brexit o el creciente euroescepticismo en Europa: porque, aunque los valores de la democracia y del libre mercado suenan bien, si estos no atienden a las necesidades básicas de muchos, algún populista lucrará políticamente con ellas.

La necesidad de construir una economía y un modelo político incluyentes es imperativa. Aunque los tres ejemplos presentados al inicio no tienen su origen únicamente en el olvido de la clase obrera, sí son un síntoma de ello. En tanto la globalización avance sin regulaciones institucionales, poniendo a sus beneficios como tapa de un caldo podrido en donde se cuecen violaciones de derechos humanos de trabajadoras y trabajadores, outsourcing que también vulnera los derechos laborales de los jóvenes, daños ambientales irreparables, competitividad cada vez más excluyente (promoviendo una meritocracia que se sostiene sobre desigualdades estructurales), y así podría seguir la lista; el peligro de los extremismos nacionalistas y de los populismos también seguirá creciendo.

Vaya paradoja, pues, si en las relaciones internacionales vemos la cooperación internacional como mecanismo para alcanzar la paz, el paradigma económico vigente (que supone cooperación internacional), sin una justa atención a la clase obrera y a los perdedores del libre mercado, acabará quebrando los conceptos democráticos por los que tanto se luchó. Nacionalismos para defenderse de la globalización y discursos de odio porque es más fácil echarle la culpa de los males económicos a un “enemigo común” de la nación, en vez de regular a las grandes corporaciones y aplicar los incentivos correctos para fomentar el cumplimiento de los derechos de sus trabajadores.

Y ese es el peligro de olvidar a las clases trabajadoras en el camino. Los populistas se aprovechan, los discursos supremacistas florecen e invitamos de vuelta al fantasma que recorrió el siglo pasado: el fantasma del fascismo, el fantasma del odio, el fantasma de los campos porque “nos están quitando nuestros trabajos”. Es necesario avanzar hacia una mayor inclusión económica y hacia un paradigma que no dé paso a que las masas vean a su “nación” como contrapuesta frente a un modelo de cooperación regional, que no dé paso a que la “supremacía racial” sea vista como una alternativa viable. Occidente tiene que evolucionar.

Tengo 23 años, estudio Relaciones Internacionales y vivo en la Ciudad de México.

Me gusta leer, salir a correr con mi perrita y soy una apasionada de Mafalda. Mis temas de interés son: desarrollo en América Latina (pobreza, desigualdad, democracia y elecciones, derechos humanos), relaciones Norte-Sur y feminismos.

Aquí escribo mis opiniones y mis preguntas.
“Hasta que la dignidad se haga costumbre”.

Una respuesta a «Los perdedores: el peligro de olvidar a las clases obreras»

  1. Ciertamente el ignorar a la clase trabajadora y campesina, ha permitido el caldo de cultivo para que los políticos populistas, tomen el poder, y lo usen, no a favor del pueblo o de los trabajadores, sino a favor de ellos mismos y de su grupo cercano eternizarse en el gobierno y crear dictaduras.

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