Lo que me conforma

Entro a una tienda de ropa, ¿qué es ese olor? Ah sí, el aromatizante de patio revolución, esa plaza en la que sólo he estado una vez, pero que visité con AT., el hombre del que estuve profundamente enamorada y, a la vez, mi agresor (¡vaya 2×1!). Ordeno la caja de papeles que está en el rincón de la sala y aparecen mis apuntes de El Colmex, ¿es de verdad que yo, en algún momento, supe resolver esta tarea? parece un mal sueño nomás, pero ahí está la constancia de estudios que comprueba que fue real. Voy a mi restaurante de hamburguesas favoritas, el mesero de siempre, el que adora a mi perrita, pone el plato en la mesa y procedo a agarrar mi hamburguesa como me enseñó el que fue mi mejor amigo por 12 años: pulgares y meñiques abajo, dedos índice, medios y angulares arriba; “si la agarras así, nunca se te volverá a desparramar, leí un artículo que lo explica”, dijo cuando estábamos en quinto semestre de la preparatoria.

No sé nada de AT; subí mi testimonio, mandó una carta, no la contesté, falleció su papá, le escribí, él sí contestó… PUM. Ni un rastro más de él, al menos no en mi vida, al menos no en  mis redes sociales. A excepción de aquella ocasión en la que coincidimos en una conferencia virtual: cámara apagada, nombre y apellido encima del fondo negro, ataque de ansiedad instantaneo, lloradera por tres días, pesadillas y sueños que lo involucran desde entonces. No está, pero me conforma y lo hará siempre. No soy la persona que estuvo enamorada de él, ya no. Aunque  sí soy la persona que, hasta la fecha, se pregunta si él sí estuvo enamorado de mí. ¿Cómo es que algo (alguien) que conformaba mi día a día, que era todo, que sabía cada pasito que daba, ya no está? ¿Cómo una se desprende de un cachito de sí para enfrentar lo que viene? Supongo que, más bien, una no lo hace, al menos no del todo, al menos no yo…

Del Colmex sí sé mucho. De la universidad a la que fui conservo amistades, formas de pensar, una tesis que me encanta explicar, recuerdos y un montón de aprendizajes (en su mayoría no académicos). Pero prácticamente a diario, desde hace un año, me pregunto cómo es posible que el miedo —constante e intenso— que tenía por el riesgo de que me corrieran ya no exista. Ese miedo moldeó cada uno de mis días por casi cuatro años; todo giraba alrededor de él, todo lo que hacía o dejaba de hacer. Fue uno de los tres grandes temas de terapia. Y, hasta la fecha, comparte con A.T. la raíz de mis inseguridades más fuertes y el profundo pensamiento de que rara vez soy suficiente. Ese miedo me conformó y lo sigue haciendo, sin embargo, ya no existe. Ya me gradué, ya trabajo, ya vacié mi locker, etcétera etcétera. Un montón de cosas me indican que lo logré, que mi más grande miedo de esos años no se cumplió, que ya estamos en una etapa completamente distinta y que definitivamente eso genera una alegría inmensa. Por otra parte, aquí sigo yo, intentando entender y apapachar —con paciencia, terapia y amor— las inseguridades que el trauma escolar dejó.

Del amigo más importante en mi niñez y adolescencia tampoco sé mucho. Las redes sociales no me lo permiten y su familia —a la que yo consideraba mía también y que siguió presente en mi vida incluso por un tiempo más largo que él— ya tampoco está. Pero su recuerdo me abarca entera. Conservo la colección de changuitos de peluche que él inició, las cartas con su letra fea, muchísimos aprendizajes, historias de nuestros corazones rotos, canciones en piano y cello, fotos y un montón de cariño. Pero él ya no está, ya no lo conozco, ya no me conoce e incluso me atrevo a decir que, si llegáramos a coincidir otra vez, probablemente ya ni nos caeríamos bien… quién sabe. Perder esta amistad ha tomado aún más tiempo que la reconstrucción de un corazoncito románticamente roto y me impresiona pensar, una vez más, cómo algo tan grande ahora sólo representa cachitos de mí.

Al parecer, soy pedazos de muchas personas, de muchas historias, de muchos lugares. Al parecer, también, mucho de eso ya no existe.

Ilustración: @lagurisayourfriend

Entro a mi cuarto y veo la pared, 30 fotos de personas y momentos que me conforman. En las esquinas, una foto con mi novio y otra con mi mamá y mis hermanos. Esparcidas entre ellas, diferentes fotos con todas mis amistades. En medio, una con Tommy Torres y otra con Passenger, mis cantantes favoritos. Y, a un lado de ellas, una foto del cumpleaños de mi perrita Nala. Me conforman todas esas personas y todo lo que he vivido con ellas. Me conforma este nuevo amor que, en unos cuantos meses, se abrió paso para instalarse en mi vida de una manera calientita y tierna. Me conforma mi familia, dispersa, pero completa y extremadamente amorosa. Me conforman mis amistades que, aún a la distancia, aún a pesar del tiempo y de las ocupaciones personales, siento siempre presentes y pendientes de mí. Me conforman las letras de mis canciones favoritas, el hecho de que el ir a conciertos sea mi actividad favorita (y, actualmente, la que más extraño). Me conforma Nala, la compañía más constante y el ser vivo al que más amo y por el que más me entrego. Todo esto está presente, aquí sigue y es tangible, y no deja de evolucionar.

Veo el escritorio de mi computadora, abro el explorador de archivos, observo lo que hay ahí y noto cómo mi último año se puede resumir en cinco carpetas principales: la que se llama “tesis”, la que lleva el nombre de mi ex jefe, la que lleva el nombre de mi actual jefa, la que contiene varias versiones de mi curriculum vitae y, finalmente, la que almacenará a este texto: la del YucaPost con los textos que escribo y con otros que reviso y edito. Cinco carpetas que son un vistazo a mi mundo, chiquito, pero conformado con muchísimo cuidado y cariño. Me gusta lo que veo. Me gusta pensar que, quién sabe cómo, este año ya se acabó y que —aún con pocos ahorros, sin el viaje que deseaba, con incertidumbre por el futuro, con menos textos de los que esperaba (y deseaba) escribir— salió muy bien, se aprendió mucho y dejó un saldo a favor.

Al parecer, soy pedazos de muchas personas, de muchas historias, de muchos lugares. Al parecer, también, soy muchas cosas que, actualmente, me hacen feliz o, al menos, me hacen sentir tranquila.

Ilustración: yes.dear.valerie

Escribo este texto y, en el proceso, me doy cuenta que todo lo que fue (y que ya no es) dejó huella; que lo que sigue presente, y aquello que llegó hace poco, me abraza y lo abrazo de vuelta; y, principalmente, que hay mucho que no conozco y que, sin duda alguna, me conformará en un futuro.

Termino el párrafo anterior y recuerdo un tweet que escribí hace unos meses:

Vivo nomás por la emoción e ilusión que me da el saber que aún no conozco a todas las personas a las que voy a amar en esta vida, ni a todos los platillos que me harán feliz, ni a todas las canciones con las que me voy a obsesionar, ni a todas las emociones que puedo experimentar.

Y lo vuelvo a confirmar y me vuelvo a ilusionar.

No sé qué venga, pero sí sé que, si hago un corte de caja, hasta el momento, me siento plena, tranquila y satisfecha con el camino. Extraño a personas y extraño muchas sensaciones que me encantaba vivir en el día a día —desde el tono de la luz en el metrobús a las 6 de la mañana, cuando iba en camino a la escuela, hasta el dolor de panza que me daba al reírme con las personas que amé y que hoy ya no conozco—, pero aquí les conservo, en la cajita del corazón que se llama nostalgia y que abarca un espacio grande, grande, grande. Les conservo, no como un aferramiento, sino como un reconocimiento de que lo que soy hoy no sería si no fuera por su existencia compartida, en algún momento del tiempo, con la mía.

No sé qué venga, pero tengo una idea a corto plazo. Sé, por ejemplo, que en unos días llega mi hermano después de 9 años de haber vivido fuera de México y que, con su estancia aquí, se abrirán un montón de posibilidades; que conocerá a mi novio, que yo conoceré a la suya y que seremos equipo presencialmente, con menor necesidad de la ayuda tecnológica. Sé que pronto cambiaré de trabajo y que, aunque quién sabe cómo será, tendré mi cabecita llena de nuevos aprendizajes. Sé, también, que las personas que amo están envejeciendo —despacito, pero de manera constante— y que cada vez están más invertidos los papeles que fueron asignados inicialmente; paso de ser cuidada a ser cuidadora, y lo hago con amor.

Al parecer, soy pedazos de muchas personas, de muchas historias, de muchos lugares. Al parecer, también, seré muchas nuevas cosas.

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

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