Lo político es personal

Hubo mucho calor, y así marchamos. Éramos muchísimes. Las escasas notas periodísticas de los medios masivos (El Diario de Yucatán dedicó sólo tres flacas líneas; el Por Esto!, ninguna) reportan que nos juntamos miles de personas. A lo largo y ancho de las calles del Centro Histórico tal vez nunca había caminado, hombro a hombro, tanta gente en favor de la diversidad humana. Carteles y pañuelos de todos los colores avanzaron bajo la canícula asfixiante de Mérida. Lo expresa mucho mejor que yo la nota de Ricardo Maldonado: “El horizonte era un caudal humano salpicado de franjas del arcoíris” (s/p). Pasamos junto al arco de Dragones hacia la Plaza Grande. No había sombra que albergara el bochorno; y menos al doblar la esquina, sobre la calle 65, cuando el rayo del sol se fundió con las banderas agitadas. Nos unimos, en tracalada multicolor, a todes les que han caminado esta ruta antes que nosotres y con quienes estamos en deuda por atreverse primero.

Hace un par de años asistí también a este evento y no recuerdo, para nada, esta multitud. Además de que no cabíamos en la calle, no logré saludar al 100% de las personas con quienes quería compartir ese momento de felicidad. Abracé, entre sudor y bloqueador solar, a entrañables amigues, colegas y exalumnes. Me faltaron, sobre todo, Nelly, Rosi y Dolores. Ahora mismo, mientras corre el domingo, las imágenes de la marcha se multiplican. En redes sociales veo playeras con la frase «Todas las familias, todos los derechos» y pancartas que dicen «#TuHomofobiaNoParaMiLucha». Leo con emoción un cartel que enuncia «Ni traidora, ni curiosa: ¡bisexuala poderosa!» y otro de una mamá y un papá que regalaban apapachos. Gracias a la vida, observo muchos cuellos y puños con pañuelos verdes. También, y por desgracia, constato que muches cometimos el craso error de vestir ropa negra; pero eso no frenó la energía. Lo más importante, es que éramos una comunidad diversa: hubo más representación de los colectivos trans, lésbico y bisexual, muchísimas compañeras feministas, diferentes afiliaciones y contingentes, un chingo de respeto entre todes.

Aunque desde 2015 vivo en Ciudad de México, la marcha del orgullo y la diversidad sexual de Mérida sigue siendo la más importante para mí. Porque nací aquí, porque amo estos cuarenta grados centígrados, y porque en junio 2030 me gustaría llegar al parque de la Mejorada, dispuesto a celebrar, en compañía de mi esposo e hijes. Ayer, lo que me hizo caminar con más enjundia fue que varies de mis amigues, que antes no se habían atrevido –por pena, por flojera, por miedo al qué dirán, por temor a las represalias de sus padres y madres– marchaban sin escrúpulos, e incluso, con sus parejas. El orgullo, como leí en la cartulina de Lucía, es una respuesta política. Lo es, también, poner el cuerpo, ponerlo con otres, ponerlo juntes. Hacer de lo político, como dice Yolanda Segura, un asunto personal y viceversa. Un pie tras otro, andar porque nuestros afectos, nuestras saludes, nuestros derechos, también importan. Y no sólo a cuatro personas. Seguramente, la mayoría de quienes estábamos ahí algún día llegó a pensar, como yo, que no merecía ese tipo de felicidad. Pero ya estamos, efectivamente, del otro lado. Y no falta mucho para que, quienes rezaron o votaron para aplazar nuestra celebración, también ondeen su bandera bajo el sol abrasador.

Imagen: @nereatorres.

Soy zurdo, soy gay, y amo la ortografía. Soy partidario del lenguaje incluyente y estudio un doctorado en literatura.

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