Víctor Frankenstein sobre un mar de nubes

Entre la literatura y la pintura existe un pacto silencioso: contar historias, cada disciplina a su manera. Una con palabras, la otra con formas y colores. Las historias que cuentan pueden ser tan variadas o similares como el autor lo decida y en ocasiones, motivo de emoción interna, se basan en obras ya creadas. Ya sean otras pinturas u obras literarias, piezas musicales o esculturas; hay historias que han trascendido un medio para ser reinterpretadas en otro, desde una segunda, tercera o cuarta perspectiva en su existencia.

Esas historias que son fuente de inspiración para múltiples artistas, que despiertan el caos creador, como me gusta llamarlo, son tremendamente emocionantes para mí. Sin embargo, hay otro tipo de obras que me intrigan más, que me hechizan hasta llegar al punto de la obsesión: aquellas que no están inspiradas, que claramente no tienen una intención de ilustrar determinada historia y… aún así lo hacen porque su esencia va en el mismo sentido.

Una pintura que transporta a simple vista a una obra literaria, una obra literaria que transporta a una pintura, sin premeditación del autor. Claro, la segunda aseveración sólo se conoce una vez que se lee un poco de las obras en cuestión, como ocurrió hace ya más de un año con “Caminante sobre un mar de nubes” de Caspar David Friedrich y Frankenstein de Mary Shelley.

La primera, bueno, no sé cuándo me crucé con ella y, en realidad, ni siquiera podía nombrarla en la época que leí Frankenstein. La encontré con una serie de palabras que combiné más o menos en este orden: hombre caminando cima de montaña victoriano. Sólo estaba segura de una cosa, la imagen borrosa de la pintura que tenía en la mente se ajustaba a los párrafos que había leído, y desesperadamente quería encontrar su match.

“Miré el valle a mis pies. Sobre los ríos que lo atraviesan se levantaba una espesa niebla […]. La neblina lo envolvía, al igual que a los montes circundantes. De pronto, una brisa disipó las nubes y descendí al glaciar. La superficie es muy irregular,levantándose y hundiéndose como las olas de un mar tormentoso, y está surcada por profundas grietas.(pág. 88)

La similitud me golpeó de inmediato: un hombre en la cima de una montaña, el cielo nublado, una profunda sensación de soledad, búsqueda y reflexión. Bien podía ser Víctor Frankenstein, nuestro protagonista en la novela. Casi podía palpar la narración. Frankenstein tiene esa peculiaridad, su autora construye el mundo con un cuidado que fácilmente crea imágenes mentales. Y encontrar una realque se ajustara a la mía… ¡uy!

Es indiscutible que existe un mismo hilo conductor entre ese fragmento de la novela de Mary Shelley y la obra pictórica de Friedrich. No es de extrañar, una vez que se investiga un poco, se descubre que ambas obras son de la época Romanticismo e incluso vieron la luz en el mismo año, 1818. Por lo tanto, que coincidan en paisajes un tema predilecto de Friedrich según sus pinturasy demás expresiones de la naturaleza, fogosas emociones y ausencia, casi rechazo, de la industrialización no es de extrañar; ni señales divinas. Era lo que corría en la escena artística de Europa.

¿Cabe la posibilidad de estar frente a una obra pictórica que se inspiró en Frankenstein? Desconozco la respuesta y el “la información vuela” quizá no aplique para una sociedad con menor inmediatez en sus comunicaciones. Nos ubicamos hace doscientos años. Mientras que la novela se publicó en Inglaterra; la pintura, en Alemania. Sería casi un milagro.

Los datos en internet sólo hacen pensar en la maravillosa coincidencia entre El caminante en un mar de nubes de Caspar David Friedrich y el clásico universal, Frankenstein. Coincidencia que no termina de sorprenderme: una pintura que cuenta el fragmento de una historia, sin la intención del autor, y que es evocada al instante. O sea, está muy perfilado, cercano, similar. ¿Cuántas obras más harán un match tan certero como este?

Esa es una pregunta que espero responder en el futuro, por el momento me quedo con la idea de un Víctor Frankenstein admirando el paisaje helado, con las nubes a su alrededor y la aparición inminente del monstruo.  

Comunicóloga. A veces hablo de libros y escritura creativa, el resto del tiempo colecciono historias y postales. Se me va el avión, una disculpa.
En todas las redes como Bookish Bruha. Esa h no es muda.

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