La rebelión en la distopía Pt. 1

“Si queda alguna esperanza, está en los proles.”

George Orwell, 1984, pág. 89

Este es el ferviente deseo que Winston Smith lanza al futuro en las primeras páginas de una de las obras más importantes dentro de la distopía, 1984. El clásico de la literatura de George Orwell parece darnos hoy más que nunca una acertada advertencia sobre lo que viene después de la rebelión, una herramienta clave del subgénero distópico en la que pocas veces nos enfocamos.

La distopía nace de la ciencia ficción y sus obras literarias nos han dado clásicos que cualquier preparatoria que se quiere dar a respetar seguro tiene a la mano. Si no has leído 1984, es probable que alguien te haya encargado un ensayo sobre lo que es esencialmente su precuela, Rebelión en la granja. Si algunos de estos fallan, Un mundo feliz de Aldous Huxley probablemente se haya topado en tu carrera estudiantil en algún momento (yo misma lo terminé leyendo tres veces para mi ensayo final, durante el sexto semestre de preparatoria). Todos ellos tratan de sociedades muy lejanas a la nuestra en tiempo, pero cercanas en sus fallas societales que son exageradas a través de gobiernos totalitarios (“El Partido” en el caso de 1984), valores echados de cabeza (como la promiscuidad vuelta normalidad en el “mundo feliz” de Huxley) y héroes que parecen ser la última migaja presente de la humanidad en una sociedad carente de ella o, al menos, los únicos que son capaces de salvarla.

Para que estos protagonistas puedan ser nuestros héroes, entonces, tienen que estar fuera de o ser una falla en el sistema que reina sobre ellos. Sin embargo, muy pocas veces (tomando como referencia las obras ya mencionadas, las cuales muchas veces sirven como la cara del subgénero) éste no es el caso. En 1984, Winston —nuestro protagonista— entiende esto a tal grado que prevé su fracaso ante la fuerza de Gran Hermano y El Partido, al ser él parte de la clase media. En Un mundo feliz, John Smith puede que destaque por su crianza “salvaje”, pero nunca es parte de la clase más baja en la jerarquía socio-económica de su mundo y sus padres siguen siendo parte de la clase privilegiada. Parece ser que la conversación distópica siempre logra entender que la verdadera rebelión, la que tira sistemas y no portavoces, yace justamente en “los proles”, la población que es mayoría y sufre la mayor marginación.

Oh, pero si tan solo pudieran dejar de ser tan ignorantes.

Ya que estamos en el tema de la crítica que estos autores hacen sobre la rebelión, tengo una crítica sobre su crítica de la rebelión.

Unos párrafos después de que Winston se topa con su realización sobre el potencial de “los proles”, añade la razón —según esta obra y concordando con muchas otras— por la cual estos nunca alcanzaran dicho potencial:

“Hasta que no tengan conciencia […], no se rebelarán, y hasta después de haberse rebelado, no serán conscientes. Éste es el problema.”

George Orwell, 1984, pág. 90 

De antemano carece la confianza en un grupo que, al no ser conscientes como Winston —como la clase media— nunca podrán lograr la verdadera rebelión. Toman una posición que huele demasiado a superioridad y recurren, entonces, a una narrativa del “elegido/elegida”, de “estoy sola/solo en el mundo en mí sabiduría”. Caen en uno de los principales peligros de la distopía, la victimización de los grupos privilegiados, y la culpabilidad consecuente que se le otorga a las “masas ignorantes” que, siendo tan marginadas, se deberían dar cuenta de la injusticia y no lo hacen.  Culpabilidad que, muchas veces, se extiende a otros grupos marginados como las mujeres (Huxley, te estoy viendo directamente a ti), pero eso es tema para otro momento.

Habiendo dicho esto, los protagonistas de estas obras siguen siendo lo suficientemente autoconscientes como para fracasar. Porque, y quiero aclarar, hay verdad dentro de lo que dicen. Por supuesto que es imposible, o al menos increíblemente difícil, saber que siquiera hay una necesidad de rebelarse si no se tiene un punto de comparación que nos indique que hay algo mejor de lo que tenemos; y claro que existen aquellas personas que escogen la facilidad de la ignorancia sobre el terror del cambio.

También tocan un gran punto al señalar lo que no es una rebelión, la cual se puede observar en la adoración casi sin sustento de Winston hacia O’Brien y su consecuente esperanza en La Hermandad opositora del Partido. Winston busca creer en alguien de la misma manera que muchos creen en Gran Hermano y, se puede concluir al terminar el libro, que al sistema no le importa si es a Gran Hermano o a Goldstein, o inclusive a O’Brien, a quien le tienes devoción. Si 2+2 puede ser igual a 5, Goldstein u O’Brien se pueden convertir en Gran Hermano.

Vía: GlobalResearch

Estas historias, al ser contadas a través de protagonistas que sabemos van a fallar en derrocar el sistema, entonces toman un tono fatalista. Si los únicos que tienen la fuerza suficiente para rebelarse nunca tendrán la conciencia, y los que tienen la conciencia carecen la fuerza, ¿qué es lo que nos dice la distopía de la sociedad? Orwell y Huxley señalan un problema, pero no nos dan una solución y se ciegan a la posibilidad de un final diferente al descartar a “los proles”.

Pero… ¿qué pasaría si el despertar de la conciencia de las masas marginadas no fuese tan imposible como lo pintan estos literatos? ¿Qué pasaría si tuviésemos un o una protagonista que pudiese ver más allá del portavoz, sea Gran Hermano o Goldstein u O’Brien?

Nunca vemos la verdadera rebelión que se añora en la distopía, la que no conduciría a un nuevo sistema opresor, la que cambie lo que pareciera incambiable. Para 1932-1949, lo que nos dan Huxley y Orwell son aportaciones estratosféricas, pero, tanto tiempo después, debería de haber una respuesta a lo que ellos plantearon, ¿no?

Yo sí creo que la hay. Y creo que se llaman Los Juegos del Hambre.

Stephi. Soy feminista, tengo 21 años y estudio Comunicación en la Anáhuac Mayab. Procuro leer tanto como lo hacía en la primaria y ver todas las películas y escuchar todos los álbumes que pueda antes del Apocalipsis.

Sigo aprendiendo y no pretendo dejar de cometer errores. Solo espero que sea uno diferente cada vez.

Bi.

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