Después de su entrevista con Letterman ¿se puede odiar aún más a Kanye West?

En palabras de David Letterman, Kanye West es “fascinante”. Otros podríamos argumentar que ese adjetivo resulta demasiado amable para el rapero; ¿loco?, ¿idiota?, ¿mamón? Tal vez me quedaría con el último, aunque lo dudé por un momento cuando sube al escenario vestido de botas, pants y chamarra, o sea, como cualquier norteamericano promedio, pero con un ego que traspasa la pantalla en No necesita presentación con David Letterman, un programa de entrevistas producido para Netflix.

¿Qué tipo de pregunta se le hace a alguien con la personalidad de Kanye West? ¿Existe una zona de confort cuando se platica con él? Hablar de música podría parecer lo más conveniente, pero Letterman prefiere bajarle los humos abordando lo más sencillo y humano con algunas de las preguntas que todos hacemos regularmente: “¿Cómo estás?” “¿Qué desayunaste?” “¿Cuánto pesas?” “¿Cómo está la familia?” Pregunta irónica cuando se trata del clan más mediático del planeta.

Para desarmar a alguien como West, hay que dar en el blanco, y Letterman lo sabe. La entrevista comienza con cuestiones sobre su madre, cómo fue su infancia —que incluye un viaje a China con una bella anécdota sobre su piel— , qué es lo que más admira de su padre, a lo que responde contando un poco de su carácter: “Me encanta que la gente sea la versión máxima de su personaje”.

En lo personal, no soy un gran simpatizante de Kanye, ni de su música, pero tiene buenas lecciones de personalidad y empoderamiento —muy a su manera—. Habla de sus comienzos, cuando creía que era “muy bueno”, para después darse cuenta de que “no tanto”. Sin embargo, nunca perdió la fe: “Tenía una confianza delirante en que podía rapear como Jay-Z”. De esto podríamos aprender que, tirarle a lo más alto a veces funciona. También añadiría posiblemente la frase más contundente del programa: “Un amigo me dijo que mi poder era mi influencia, y le dije “Mi poder es la capacidad de no ser influenciado””. Damn.

Para este punto de la entrevista no me sentía totalmente abierto a aceptar que Kanye no es del todo antipático, en especial cuando David lo visita en su casa y se mete hasta el closet. Comienza a probarse la ropa, argumentando que su estilo actual es como de “Howard Hughes en el desierto” mientras platican sobre la influencia del comediante Andy Kaufman en el músico, mencionando que “le dio valor” debido a su literalidad en un mundo en el que nadie sabe lidiar con los medios. Aquí se da otra —¿extraña?— lección de empoderamiento contada por Letterman, quien relata que Kaufman le decía al terminar su programa: “asegúrate de enviarme todas las cartas de odio”. Tal vez por ello Kanye prefiere alimentarse del “hate”, sin embargo, no es tan simple.

Un dato que desconocía de él es que padece de bipolaridad. David toca el tema al comentar lo mucho que le gustó la portada del disco ye, donde puede leerse “Odio ser bipolar es maravilloso”. El rapero se sincera durante algunos minutos, explicando cómo lidia con ello sin fármacos desde hace varios meses y “el estigma de la locura” que suele sufrir la gente creativa. En este momento uno olvida que todo en la vida de Kanye trata de… Kanye. Cuando alguien muy famoso sufre de algún padecimiento, empatizamos más con él o ella porque nos hace darnos cuenta que son humanos, como nosotros. Incluso Letterman admite que sufrió de problemas emocionales y episodios violentos mientras que, en medio de ese ambiente de empatía, surge el hashtag que convierte cualquier conversación en algo incómodo: #MeToo. West aboga por la igualdad de discurso en las acusaciones, y David argumenta: “Estas lecciones se aprenden lentamente (…) pero reforzándolo en el futuro y con información, puede haber una expresión más razonable de amistad entre los sexos que no sea amenazante para las mujeres”.

Todo es risas y “¡Claro, pruébate todo mi guardarropa!”, hasta que abordas la política. Aquí es en donde uno recuerda por que es fácil disentir tanto con el señor Kanye West. Mientras él alega que “tenemos derecho a sentir cosas diferentes” y expresa el rechazo que ha experimentado a raíz de colocarse la gorra roja pro Donald Trump, Letterman le objeta sobre quién es el verdadero bully. Pero el highlight de la noche es lo que conocemos en el lenguaje popular mexicano como “elotazo en el hocico”, propinado por el conductor al preguntarle a Kanye si votó por Trump. Éste le contesta que nunca ha votado en su vida, por lo que Letterman remata: “Entonces no tienes voz en esto”. Touché. Sin embargo, tengo que admitir que estoy —en parte— de acuerdo con West: “todo se puede conversar”.

El final de la entrevista culmina de manera pacífica con una especie de “misa” que ha inventado el cantante y a la cual asiste David. Esta se desarrolla en una habitación ambientada por una luz de color rojo —clara referencia a su afición por el artista James Turrell—y una especie de coro tipo gospel. Una banda toca —de manera semi-improvisada— las melodías de Kanye mientras él recita sus versos, con los coros acompañados por los invitados. Se nota un lado bastante personal del rapero, en donde siente la música y busca “conectarse” con quienes lo rodean.

Kanye West será una de las personas más odiadas y polémicas del mundo, sin embargo, no se puede negar que es un artista con personalidad, auténtico, y capaz de crear música que toca profundamente a la gente. La entrevista de Letterman me llevó a esta conclusión. Él seguirá pareciéndome un ser humano pedante, pero al menos sé que no quiere complacer a todo el mundo, y eso, en estos tiempos, es admirable.

Guionista yucateco radicado en la CDMX. Escribo sobre películas, series y debates del momento.

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