Lesbos

Según puede uno encontrar en internet, al buscar información turística respecto a la isla griega de Lesbos, se le define como “un verdadero paraíso en el Mar Egeo, muy cercano a las costas turcas, separada sólo por el estrecho de Mytilini”. Al ver uno las fotos, obtiene las típicas postales del archipiélago griego: mar azul y unas vistas excepcionales. En tiempos prepandemia, estaría llena de turistas que buscan despejar su mente nord-europea en un país bueno, bonito y barato como Grecia. Vaya, un paraíso terrenal. Sin embargo, esta isla que carga en su tierra miles de años de historia también sostiene hoy uno de sus más trágicos episodios: mientras es un paraíso turístico pausado por una pandemia inclemente, es también un verdadero infierno para todos aquellos refugiados que huyen de la guerra y el hambre. Esa característica turística, su cercanía con Turquía, es justamente también lo que hace de esta isla una de las muchas entradas a Europa. La bendición para unos es la perdición de otros.

Como ya dije, la isla de Lesbos pertenece al archipiélago del mismo nombre, teniendo como capital a la ciudad de Mitilene. Por sus tierras han pasado muchos imperios y civilizaciones, como en casi todo el Mediterráneo: desde los griegos hasta los otomanos. Sin embargo, su mayor exponente y origen se su fama mundial es sin duda la filósofa de la antigüedad Safo de Lesbos. Considerada por Platón como la décima musa, Safo es reconocida por su obra poética, siendo de las pocas mujeres de las cuales exista hoy en día registro artístico en un mundo dominado por los hombres. Sus obras han trascendido a través de los tiempos y civilizaciones, haciendo que, con su fama misma, la isla obtuviera relevancia. ¿Cómo es posible que una isla con geografía hermosa y cuna de una gran poetisa sea ahora el infierno para algunos? Veamos.

Mucho se ha escrito ya sobre la crisis de refugiados que existe desde hace mucho tiempo en el mar Mediterráneo. Las oleadas de personas que huyen de la guerra y la precariedad en busca de una mejor calidad de vida en Europa no se detienen y acumulan a miles de seres humanos. Las rutas son muchas y variadas, todas con peligros. Uno puede tomar una balsa y arrojarse al océano Atlántico, esperando llegar a las Islas Canarias en España. También uno puede lanzarse al Mediterráneo esperando llegar a una isla italiana o griega. Existe igualmente la opción de evitar el mar: trasladarse hasta Turquía y tratar de cruzar el bloqueo de los países balcánicos y sus políticas xenófobas. La llegada a Europa conlleva un riesgo y ninguna ruta es fácil. Es por ello que, aquellos sitios que por su geografía son cercanos a Asia o África, resultan más atractivos al reducir su distancia en mar o tierra para poder solicitar el refugio. Este es el caso de Lesbos, en donde hoy se encuentran miles de personas en esta condición y en este limbo legal y humanitario.

A pesar de todo, el infierno no era como ahora lo es, antes de este año 2020. Me explico. Si bien las condiciones de hacinamiento y salubridad en el campo de refugiados de la isla y mayor de Europa, el campamento de Moria, eran de lo más precarias; siempre se puede estar peor. En este campamento se juntaba el hambre, la desesperación y el rechazo en su máximo nivel. Personas de distintas nacionalidades se despojaban de sus diferencias, todas con el mismo objetivo: ser refugiados legales en Europa. Pero, como dije, siempre se puede estar peor. La declaración de la pandemia a inicios de este año fue un golpe fortísimo para los humanos refugiados en Moria. La emergencia mundial dio pretexto al gobierno griego para tomar medidas extremas y poco legales y humanitarias. Hubo represión y confinamiento masivo a los refugiados (bueno, aún hay). Si a esto le agregamos el miedo mismo que la propagación de una enfermedad desconocida da, sabiendo que mientras más agrupamiento mayor riesgo de contagio, tenemos que la situación de estas personas era ya crítica. Pues se puede ir todavía a peor.

El 9 de septiembre pasado, un incendio consumió por completo al campamento de Moria. Proyectado para acoger a 2,000 personas, fue reducido a cenizas, obligando a sus más de 13,000 refugiados a buscar una alternativa. ¿El origen? No se sabe. El gobierno griego achaca a los mismos refugiados este hecho. Rápidamente y sin el consenso de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) que ayudan a los refugiados, el gobierno helénico emprendió a marchas forzadas la construcción de un nuevo campamento. La construcción de una nueva prisión.

ELIAS MARCOU / REUTERS

El incendio fue la oportunidad perfecta para que el gobierno griego pudiera tomar el control total del campamento. Usando como pretexto la ola de contagios de la pandemia, han hecho de él un verdadero campo de concentración, de donde no se permite salir a quien entra y en donde muchos refugiados se han quejado que reciben alimento una vez al día. No se permite el acceso a las ONG y no se da a trámite la solicitud de asilo si no se pasa por ahí antes. Con este chantaje y represión policial, el gobierno ya ha logrado que más de 9,000 seres humanos entren en este sitio de confinamiento, sin algún tipo de garantía humanitaria. Un campo de concentración humanitaria en la puerta de Europa. Una verdadera vergüenza para el proyecto común europeo sin solución próxima.

Una crisis migratoria siempre es delicada y difícil para un gobierno o conjunto de ellos. El reto para Europa es mayor y, al día de hoy, no se ha estado a la altura. El caso de Lesbos es el mayor exponente de esta crisis de refugiados que ya lleva tiempo aconteciendo, empeorada por la pandemia actual. No debemos perder de vista que son seres humanos de quien hablamos. Personas que buscan una calidad de vida igual a la que nosotros tenemos. Si la tierra pudiera hablar, durante siglos hubiéramos oído a la isla de Lesbos susurrar los poemas de Safo o narrar las conquistas míticas de imperios. Igual algún romance turístico o una aventura familiar. Hoy Lesbos está gritando desesperada, dando voz a miles de personas que sufren, hacinados, esperando una difícil esperanza. ¿Escuchará Europa?

 

Desde muy joven he sido un apasionado de la política nacional y global, por lo que me empeñé en estudiarla a través de la carrera de Ciencia Política en el ITAM. Me encanta viajar y conocer nuevos sitios y culturas.

Soy yucateco de corazón. También soy gamer, y ávido seguidor de franquicias cinematográficas de superhéroes y ciencia ficción. Amo a los animales, apoyo la libertad del individuo y soy excesivamente una persona positiva.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *