Les guste o no, aquí está el nuevo rock&roll

Los ritmos urbanos han causado una verdadera revolución musical en latinoamérica. A la ola del trap argentino encabezada por nombres como Duki, Cazzu o L-Gante, se suma el reggaeton chileno que pone a artistas como Marcianeke, AK4-20, Pailita o Cris MJ en los primeros lugares de las plataformas digitales.

Pese al rotundo éxito de estos artistas locales, las críticas siguen siendo pan de cada día, sobre todo para quienes, desde una superioridad moral, pretenden dictar lo que puede o no ser la buena música. Es a ellos precisamente a quienes apuntan los argentinos Trueno y WOS al lanzar la frase “te guste o no te guste somo’ el nuevo rock and roll” en una de las líneas de su canción Sangría. Y tiene mucho sentido.

El fenómeno del rock&roll que explotó en la década del ‘60, incomodó a la sociedad conservadora de la época. Se convirtió rápidamente en el estandarte de la contracultura y la rebeldía de una generación que buscaba su lugar en el mundo. Tanto por su sonido estruendoso, como por la forma en que se bailaba, el rock fue duramente cuestionado y censurado por gobiernos y la iglesia, llegando a ser calificado como la música del diablo.

Pero si viajamos más atrás en el tiempo, nos encontramos con que la música del diablo de fines del siglo XIX y principios del XX era el jazz. Tanto por su origen principalmente esclavo, como por sus formas de baile (consideradas eróticas para la época) el jazz sufrió la misma crítica por parte del establishment que vivió el rock, y hoy el trap y el reggaeton.

En términos latinoamericanos, podríamos identificar el fenómeno urbano actual con lo que fueron otras olas musicales de nuestro continente como la nueva canción de los años ‘60 o el rock latino de los ‘80. La diferencia: que lo que hoy estamos presenciando está protagonizado principalmente por jóvenes que vienen directamente de sectores populares y marginales de nuestros países y que nunca habían sido considerados parte de la cultura.

Hace unas semanas en el GAM, uno de los centros culturales más importantes de Santiago de Chile, se realizó la exposición Clon que tenía como protagonista a Pablo Chill-E, principal referente del movimiento urbano del país. Me tocó asistir el último día de presentación y había una fila de más de 300 personas esperando entrar, demostrando el fenómeno que este movimiento está provocando en la juventud chilena.

Mientras esperaba, por al lado de la fila pasó caminando un señor ilustrado, de los que suelen asistir a obras de teatro o exposiciones en el lugar y comentaba con quien lo acompañaba “no puedo creer que haya una fila tan grande para ver a estos rotos”. Porque precisamente eso son. Unos rotos, marginales, jóvenes de las poblaciones periféricas de la capital chilena, que están protagonizando el fenómeno musical más importante de las últimas décadas.

Así como la intelectualidad discrimina y no soporta que los espacios sean ocupados por ese tipo de gente, también se les culpa injustamente de los problemas del país. Tal es el caso de Marcianeke, quien fue acusado por un parlamentario de ser el responsable de la drogadicción y la violencia entre escolares.

El mismo Pablo Chill-E en su canción My Blood lo dice muy claramente “pero a mí no puedes odiarme porque soy el que relato de cómo los menores se aburrieron de andar pato”. Cuando los raperos y raperas cantan de la realidad que viven, no podemos culparlos a ellos de esa realidad. Si se quiere que cambien las letras, cambiemos la realidad que viven.

La semana pasada el argentino Trueno estrenó Tierra Zanta en colaboración con Víctor Heredia. Ya el año pasado Pablo Chill-E hizo lo mismo con Quilapayún e Inti-Illimani en su canción Aburrido. Ambas expresiones demuestran una valoración de quienes encabezaron un movimiento similar décadas atrás respecto a lo que sucede hoy en día.

Trueno. Fotografía de Gastón Taylor.

Eduardo Carrasco, líder de Quilapayún, entendió al trap como “la expresión actual de lo que había sido en su momento la nueva canción chilena y sentí una profunda cercanía con el espíritu que anima ese tipo de música (…) la poesía del trap, siendo irreverente, descarnadamente realista y solidaria con todas las miserias humanas, es mucho más desamparada que la épica revolucionaria de nuestras canciones de los ’60 y ’70”.

Finalmente, mientras algunos rockeros siguen debatiendo si el trap es o no música y los intelectuales se siguen quejando de estos turros que se toman los espacios para la cultura, nos llenamos de ejemplos de música, cultura y rebeldía por parte de las y los jóvenes protagonistas del nuevo rock&roll.

Tengo 30 años, soy sociólogo y estudio periodismo. Durante mi vida he sido barrista, dirigente estudiantil, activista socioambiental, y en general siempre he estado vinculado a temas sociales y políticos.

Me gusta leer, el fútbol, la música, jugar PS4 y ver series o películas. Me interesan los procesos políticos, los fenómenos culturales, y en general los cambios paradigmáticos de los tiempos que vivimos.

Escribo hace tiempo, pero es primera vez que lo comparto con el mundo. Siempre abierto a la crítica y un buen debate por mis redes sociales. Espero que mi punto de vista te parezca interesante.

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