Las Víctimas Invisibles: Gaslight, ECOSIG y tortura psicológica en un psiquiátrico

La clínica era pequeña (al menos comparada a la imagen que se tiene usualmente de un hospital psiquiátrico), el recorrido por las instalaciones no tomó más de 10 minutos, la mayor parte del cual fue detenernos a que me explicaran las funciones de cada cuarto. Era una antigua casona en la García Ginerés, tres habitaciones estaban dedicadas a les pacientes, una para hombres, una para mujeres y la última para pacientes que necesitaran camilla (solo vi que se usara una vez). 

Aparte de eso estaba la terraza, la cocina, el área de actividades, dos oficinas dedicadas al personal de psicología que trabajaba ahí, la oficina principal del psiquiatra/dirección y un pequeño pasillo que solo daba a una ventana, al que también conocería como “La Capilla.”

La Capilla debería haberme dado una pista de qué me esperaba. Estaba adornada por un crucifijo grande en la pared y un cuadro enorme con el rostro de Jesús delante de la ventana. “Muches de nuestros pacientes son creyentes, así que instalamos esta pequeña área de oración, pero no te preocupes, somos una institución laica.” La primera de muchas mentiras que ocultarían el lado más oscuro de la institución. Y como todas aquellas mentiras, una que no cuestioné hasta casi una década después.

Pero la realidad es, ¿qué podía prepararme para ser violentado por la institución que se suponía debía ayudarme? Me he cuestionado mucho tiempo si pude haberlo prevenido de alguna forma, porque en cierta manera, yo lo sabía. Yo sabía que no tenía sentido que “aceptar que soy heterosexual” fuera parte de mi recuperación. Yo estaba ahí por depresión, por dos intentos de suicidio, por autolesiones, baja autoestima y por, en palabras de mi psicólogo, “los niveles de ansiedad más grandes que he visto en una persona, incluyendo a mis pacientes con síndrome de abstinencia.”

El propósito principal de la clínica era tratar problemas de adicciones, un propósito “secundario” (si bien solo porque estadísticamente recibían muchas menos personas con esos problemas) era tratar problemas de salud mental, sobre todo ansiedad, depresión y TCA. Sin embargo, había un propósito oculto: Aplicar ECOSIG a todes sus pacientes LGBTQ+. Y lo hacían de una forma sutil, casi imperceptible, pero no por eso menos incisiva y traumática.

De por sí los métodos usados en la clínica eran muy similares a “terapia de shock”, el psicólogo en jefe era confrontativo, pasivo-agresivo y hasta rudo. “Necesito aplicar técnicas así, por más feas que parezcan, porque la mayoría de las personas que vienen aquí son adictas. Si no las confrontas aquí, cuando salgan van a ser confrontadas por gente que les ofrecerá droga o alcohol y van a recaer. Es por su bien.” Sus palabras tuvieron sentido entonces. Pero eso no hacía que sus métodos se sintieran correctos.

“Me prometieron que si me hacía heterosexual, no estaría deprimido nunca más.” via e-Radio

Un paciente (digámosle Luis porque no recuerdo su nombre), fue ingresado por adicciones. Argumentaba que la marihuana lo ayudaba a relajarse. Un día en el cual hacía mucho frío (estuve internado en febrero), Luis metió sus manos al bolsillo de su chamarra. En ese momento se le ocurrió hacer un comentario, al parecer inofensivo, “Je, mi chamarra aún huele a weed.” Recuerdo abrir los ojos de par en par. Estaba nervioso por lo que fuera a pasar, yo llevaba una semana en la clínica, sabía cómo funcionaban las cosas. Luis llevaba dos días, y el primero usualmente solo se usaba para acomodarse en las instalaciones.

Como vi venir, el psicólogo tomó el comentario inocuo de Luis como una señal de que estaba ansiando drogarse. Le dijo que si extrañaba la weed. Luis le respondió tranquilamente, aún ignorante de la situación, “pues la verdad sí, me relaja un chingo, a veces es lo único que me calma la ansiedad.” El psicólogo le preguntó si no quería un cigarro (la única adicción que se permitía en la clínica, por alguna razón), Luis le dijo que sí. El psicólogo fue a la oficina a abrir el cajón en el que había guardado bajo llave la cajetilla que Luis trajo a la clínica.

Cuando regresó, tenía un encendedor, la cajetilla y un vaso de agua. “¿Quieres?” le preguntó, tomando un cigarro. Luis le dijo que sí, aún sin darse cuenta de que el tono del psicólogo no era amistoso. Era ese tono tan característico de intimidación pasivo-agresiva que tan comúnmente se esconde bajo una sonrisa. Le acercó el cigarro a Luis y cuando este estuvo a punto de tomarlo, se lo quitó y lo sumergió en el vaso de agua. “Uy…” dijo con todo el sarcasmo humanamente posible para un monosílabo. Sonrió de oreja a oreja y le dijo “¿Quieres otro?”

“No” dijo Luis, que ya había captado el cruel juego. La sonrisa del psicólogo creció aún más. “¡Qué bueno!”, dijo mientras sumergía un segundo cigarro, luego un tercero, un cuarto. La cara de Luis pasó de la ecuanimidad inicial a un estado de ansiedad tan rápidamente que casi no me di cuenta de en qué momento ocurrió el cambio. Uno a uno fue introduciendo los cigarros al vaso de agua. 

Cuando Luis estaba ya al borde de las lágrimas, el psicólogo le dijo “¡Ya hombre, cálmate! Quedó uno.” Luis extendió las manos con un nivel de ansiedad y desesperación que yo nunca había visto antes… Pero que vería muchas veces durante mi estancia en esa clínica. Tomó la cajetilla y la volteó de cabeza. No había más cigarros. No creí que la sonrisa del psicólogo pudiera aumentar, pero lo hizo. Tomó el último cigarro que había metido al vaso de agua y lo sacó.“Mira, este aún no está tan mojado. Y hace mucho sol, si lo pones directo en la luz, chance y todavía puedes fumártelo…” Luis no lo pensó, fue corriendo directo al sol de mediodía y se agachó en el pasto a esperar a que se seque su cigarro, su único alivio en ese momento para la ansiedad.

El psicólogo se levantó, se paró junto a Luis y le dijo en un tono casi pacífico “Mírate, tirado en el piso, secando un cigarro. Qué bajo has caído. Es patético.” Luis perdió fuerzas y se cayó a llorar en posición fetal bajo el sol, abrazando el cigarro mojado. “¿Ya tocaste fondo?” le preguntó el psicólogo. Luis respondió entre su llanto que sí, que ya había tocado fondo. “¿Me prometes que ya tocaste fondo?” Luis sollozó que sí. El psicólogo rio. “No has tocado ni madres. Pero no te preocupes, que aquí tocarás fondo.”

Esas eran las tácticas que aplicaban en la clínica. Intimidación, confrontación, plantarte en la cabeza, que tenías una enfermedad, que eras menos que humano, que eras patético y solo con su ayuda podías ser una persona “normal.” Un discurso que mientras más lo pienso, más se asemeja a una pareja violenta, a un abusador, a una secta incluso. Fue hasta muchos años después que descubrí que la terapia de shock no se usa seriamente en psicología de forma generalizada desde los años 70 y de que incluso sus usos específicos son para casos extremos.

Pero se nos presentaba como “parte de la terapia”, si queríamos recuperarnos, cooperaríamos. Nos planteaban que estábamos mal, que X o Y trauma nos llevaron a desarrollar depresión, ansiedad, adicciones, trastornos alimenticios, etc. Que imaginábamos cosas, que exagerábamos cosas, que en todos los conflictos de nuestras vidas, nosotres éramos el factor común. Nosotres estábamos mal, nosotres éramos el problema. 

Y después llegaban los cambios, nos introducían sus ideas sutilmente. Toma tus pastillas, participa en terapia de juego, cree en Dios, habla de tus problemas con el grupo, haz yoga, dibuja con todes. Una frase no se parecía a las demás, pero como las mezclaban todo el tiempo, no la cuestionábamos. Y fue así como en mi terapia “surgió” que yo realmente nunca fui bisexual. Que reprimir mi deseo por las mujeres y fomentar mi deseo sexual por los hombres era un factor crucial en mi depresión y ansiedad. Me recriminé tantos años por no darme cuenta de lo ilógico que suena eso.

Pero al mismo tiempo, trato de tener compasión en mi yo del pasado. Después de todo, tenía miedo. Si les creí fue porque tenía miedo. Miedo de mi propia mente, miedo de las ideas suicidas, miedo a no ser tan fuerte y que un día le hiciera caso a las voces de mi cabeza. Y ellos me prometieron fortaleza. Me prometieron que, si les hacía caso, no tendría miedo. 

Si tomaba mis pastillas no me querría matar, si hablaba de mis problemas con el grupo perdería la ansiedad, si me hacía heterosexual no estaría deprimido nunca más. Una frase no se parecía a las demás, pero como me vendieron esta fantasía de normalidad, de neurotipicidad, yo pensé que quizás, solo quizás, valía la pena hacer lo que me dijeran. Quizás si decía que siempre fui heterosexual, eso se haría real y mi depresión y ansiedad se irían.

“No consideré que lo que sufrí entonces se trataba de ECOSIG, porque no cumplía el ‘estereotipo’ de las terapias de conversión.” GQ/via Getty

No consideré que lo que sufrí entonces, en 2012, se trataba de ECOSIG, porque no cumplía el estereotipo de lo que usualmente se plantea como terapias de conversión. No era un centro abiertamente cristiano, no nos torturaban, no nos exponían a pornografía solo para castigarnos si teníamos una erección, no había pacientes intentando quitarse la vida debido a lo que nos hacían. Ese era mi entendimiento de lo que constituye una ECOSIG, un entendimiento muy limitado porque, si bien instituciones inhumanas como las que he descrito sí existen, estoy seguro de que la gran mayoría de las terapias de conversión son como las que yo viví: Sutiles, silenciosas, insidiosas.

Y es que, en cierta forma, las personas neurodivergentes somos las víctimas perfectas para ECOSIG. No necesitaban rompernos, nosotres llegábamos rotes. Llegábamos vulnerables, necesitades, frágiles. Haríamos cualquier terapia que nos presentaran sin chistar si nos la presentaban con un “Es por tu bien.” Y desde que entrábamos sabíamos una realidad. Aquella realidad que toda persona neurodivergente conoce, pero rara vez enuncia: Nadie nos creerá.

Porque cuando te aplican gaslight siendo neurodivergente, no tienes muchas defensas ante ello. Cuando te han dicho toda tu vida que lo que percibes está en tu cabeza, ¿cómo puedes convencer a otres de que estás totalmente convencide de que no lo está? 

Por eso somos el blanco perfecto para el abuso, porque desde el primer momento que recibimos un diagnóstico, se nos dice que imaginamos cosas. Se nos toma como Pedro gritando que viene un lobo. No por nada la frase “No le hagas caso, está loquite” es omnipresente en el léxico cultural. La etiqueta de enfermedad mental es una que le otorga a la sociedad el permiso tácito de silenciarte. Somos las víctimas perfectas porque nadie quiere vernos.

“¿Estás cooperando con el tratamiento?” me preguntó un día el psiquiatra director de la clínica, “Porque si estás cooperando y sigues mal, eso significa que no está funcionando. Habría que subir tus medicamentos, pero solo puedes manejar una dosis más. Después de eso tendríamos que aplicarte terapia electroconvulsiva. Pero no te preocupes, es inofensiva, son unos electrodos en la cabeza, la electricidad es mínima, ya no es como en las películas…” Quedé helado al escuchar esas palabras, el mayor miedo de cualquier persona que ha sufrido de problemas mentales como los míos son los electroshocks. 

Traté de convencerme de que no era una amenaza por muchos años, pero, ¿qué más podría ser? Lo que me quería decir el doctor era claro: o cooperaba con el tratamiento, con todo el tratamiento, o me conectaban cables eléctricos directo al cerebro. Y sí, una parte de ese tratamiento era asumir lo que había “surgido” en mi terapia respecto a mi sexualidad. Decidí mentirles, fingir mi “recuperación” de la bisexualidad. La cura ahora me causaba el mismo daño que la enfermedad, pero aun así me daba más miedo volver a querer matarme. Cooperé.

Pero incluso en el tormento de la clínica hubo esperanza. Y la encontramos como normalmente las personas LGBTQ+, neurodivergentes, con discapacidad, o cualquier persona perteneciente a un grupo vulnerado suele encontrarla; haciendo, comunidad. Entre les pacientes con más “antigüedad” nos pusimos de acuerdo para enseñarle a les pacientes de nuevo ingreso. 

Un paciente nos dijo que era gay mientras iniciamos la plática el día de su ingreso. Entre una compañera, un compañero y yo le dijimos: “Mira, no les digas eso, si les dices que eres gay, valieron madre tus otros problemas. Todo se lo van a adjudicar a que eres gay y no van a escuchar nada más. De verdad, no lo digas. Y si se te sale, no les hagas caso.” No era lo ideal, pero era lo poco que podíamos hacer desde nuestra posición.

Yo salí de esas dos semanas de internamiento pensando que no me había afectado lo que me dijeron, pero a las dos semanas les siguieron dos meses de semi-internamiento y dos años de visitas regulares a la clínica para terapia. Poco a poco mi convencimiento de que no me había afectado se hizo difuso, mis dudas respecto a si tenían razón en lo que me decían se hacían más fuertes. 

Después de esos dos años, salí convencido de que era heterosexual, me volví católico y me “enamoré” de mi mejor amiga. Esto último, me di cuenta después, fue un “ancla” de mi psicólogo para que yo me convenciera de que no era bisexual. Me implantaron la idea de que ella me gustaba (incluso sabiendo que ella tenía novio) porque necesitaban que yo me aferrara a algo que me terminara de vender la idea de que solo sentía atracción por mujeres. 

Por eso “surgió” en terapia, que yo estaba enamorado de ella. Esa amistad (una de las pocas que tenía) se arruinó cuando confesé mis sentimientos. O lo que yo creí en ese momento que eran mis sentimientos, pero en realidad eran solo una estrategia más para que yo me convirtiera en lo que “debía ser.”

“Tardé años en recuperarme del daño que me causaron en la clínica. Por más que lo negara, me afectó profundamente.” GQ/via Getty

Tardé años en recuperarme del daño que me causaron en la clínica. Entré a los 19 años y terminé por asumir mi sexualidad y de vivirla y expresarla plenamente y sin miedo hasta los 24 años. Tuve sexo por primera vez hasta los 23 años, porque fue hasta entonces que me sentía cómodo estando con otro hombre. Viví con miedo, ansiedad y repulsión a la idea de que se sepa que soy bisexual. Por más que lo negara, mi estancia en esa clínica me afectó profundamente. Incluso después de asumir el daño que me causaron, tardé más de una década en vocalizar lo que estoy expresando en este artículo hoy: Fui víctima de ECOSIG. Porque cuando el psiquiatra decía cosas como “No tengo nada contra los homosexuales, pero hay que admitir que no es natural” o “El deseo sexual es normal, la falta de deseo sexual es considerada un síntoma de algún trastorno” o “La bisexualidad no es un concepto real, al sentir esas dudas probablemente solo estabas confundido o experimentando, pero ¿ya ves? Yo sabía que eras normal”, cuando el psicólogo decía “Yo no soy homofóbico, los gays no me dan miedo, me dan asquito.” Cuando descubrí 4 años después que el mismo director de la clínica organizaba la Marcha por la Familia en Yucatán.

Cuando me amenazaron con electroshocks, cuando me forzaron aceptar que estaba enamorado de mi mejor amiga, cuando me sedaron porque “el tratamiento no estaba funcionando”, cuando me dijeron una y otra y otra vez que yo no era gay (porque ni siquiera se dignaban a reconocer la bisexualidad como algo real), que era “normal.” En todos y cada uno de esos momentos me estaban aplicando ECOSIG. Porque si mi terapia se basaba en borrar mi bisexualidad, entonces se trataba de un Esfuerzo para Corregir la Orientación Sexual y la Identidad de Género.

Mi consuelo más grande al revivir esta historia es que la clínica de la que fui víctima ya no existe. Además de que las ECOSIG ya fueron declaradas ilegales en Yucatán. Pero es un consuelo vacío, porque aún hay mucho por hacer. Porque el declararlas ilegales no significa que desaparecerán. Porque estas clínicas psiquiátricas que se cuelgan de la discapacidad psicosocial, de la neurodivergencia, de la necesidad y desesperación de sus pacientes por estabilidad mental, para “romperles” y poder imponer su ideología retrógrada de una manera sutil y pasivo-agresiva ahora serán mucho más comunes. Y se escudarán en que sus pacientes “exageran” o que “se lo imaginaron.” 

Y porque, como psicólogo, aunque otres psicólogues no lo quieran admitir, sé muy bien que la psicología es la principal herramienta y arma de la que se valen las ECOSIG y que a menudo estas personas son incluso psicólogas y hasta son quienes le dan cátedra a las nuevas generaciones de psicólogues, de eso no me cabe ninguna duda porque les he visto y escuchado en los pasillos de mi universidad, me han dado clase. Porque antes de ser psicólogo fui paciente y fui una de estas “víctimas invisibles” y sé cómo suena un abusador, sé cómo suena alguien que va a tratar de “curarte” en consulta. Y están ahí, dando consulta, dando cátedra, esparciendo odio con su reluciente título de Psicología. La clínica era solo un edificio. Las personas que la hicieron posible siguen ahí afuera, escondidas de toda consecuencia.

Soy Rafael Abreu, psicólogo, autista y paciente bipolar que busca eliminar estereotipos negativos sobre la neurodivergencia. Clasificado legalmente como "Discapacitado, más no incapacitado." Me apasionan los temas relacionados a videojuegos, cine, neurodivergencia, discapacidad, la comunidad LGBT+ y DDHH.

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