Las mujeres en la ciencia existimos resistiendo

Escrito por Mariana Campos Rivera

Recuerdo perfectamente el momento en el que decidí estudiar biología. Tenía 16 años y hasta ese entonces sólo me había interesado en la cuestión editorial, en el periodismo y la literatura ¿Qué me hizo cambiar drásticamente de decisión? Una mujer. O al menos eso es lo que me he dicho los últimos once años. Pero creo que, más que una mujer, fueron muchas, muchas mujeres que quizá queriéndolo o quizá sin darse cuenta, cambiaron mi percepción del mundo.

La primera, y la que normalmente se lleva los moños en mi narrativa de cómo es que terminé siendo bióloga es Paula Romo. Paula fue mi maestra de Biología durante la preparatoria. Recuerdo perfectamente la pasión con la que nos platicaba de gusanos, proteínas, e interacción depredador-presa, lo difíciles que eran sus exámenes, tan difíciles que me hicieron inventar una superstición donde si vestía un suéter rojo para un examen, podría asegurar que no reprobaría. Paula no era una maestra cariñosa, no se preocupaba por nuestra vida personal, no le interesaban nuestras excusas por entregar una tarea tarde, pero era justa, clara, amable y extremadamente inteligente, y eso le ganó el respeto (y quizá el cariño) de más de une.

Su enseñanza para mí fue que me hizo querer saber lo que ella sabía, y esa fue razón suficiente para cambiar totalmente de área y dedicarme a, en lugar de leer poemas, escribir, y editar, aprender a usar una pipeta, un bisturí, identificar plantas, empezar a conocer una que otra palabra en latín y debatir si las especies existen o no. Y por eso a Paula la menciono en mis agradecimientos de tesis de licenciatura, no porque crea que lo vaya a leer (dudo que se acuerde de mí), pero porque esta mujer, sin saberlo y quizá sin quererlo, fue un parteaguas en mi trayectoria académica y personal.

Pero Paula es, quizá, solo la punta de la lanza de las muchas otras mujeres que  me han marcado. Otra fue mi hermana Nati, quien desde pequeña supo que quería estudiar algo de ciencia, y de ahí pa’l real. Su seguridad en esta decisión tomada desde la adolescencia me ayudó a no tener miedo a incursionar también en una carrera científica. Ella fue la primera en mi familia en estudiar una ciencia, y creo que esta decisión fue atrevida porque estudió física, y eso por si solo asusta a más de une, –yo incluída– y también porque ser la primera persona en una familia en estudiar una ciencia y un posgrado presenta varias dificultades de las que no se habla lo suficiente: nadie te pinta la ciencia y la academia como lugares donde el capital cultural y las conexiones que tienes son la moneda con la que obtienes cartas de recomendación, conocimiento sobre qué becas existen, y con la que desde hasta antes de entrar a la universidad ya usas palabras como abstract (que también se vale decir resumen, eh), o paper (artículo científico, para los cuates). Este atrevimiento, quizá ingenuo, pero valiente de mi hermana, fue el primer paso también en mi vida académica, y por eso sé que las mujeres, parafraseando a Maya Angelou, cuando damos un paso por nosotras mismas, lo estamos dando por todas.

Hay muchas mujeres más: mi maestra Rubí de matemáticas en tercero de secundaria, que ha sido de las mejores profesoras que he tenido (y eso que he pasado siendo estudiante demasiado tiempo de mi vida). Mi abuela Licha que aprendió cómo usar soya para crear todo tipo de comidas y creó un recetario para enseñar a usar este cultivo en Guerrero, de donde también somos. Mi tía abuela Oliva, que cuando la conocí su demencia senil la hacía no saber muy bien quién era esa niña a la que le enseñaba inglés durante las vacaciones en Mérida. Todas ellas me han inspirado al momento de tomar decisiones, y verlas existir y resistir en un mundo donde las mujeres en la vida laboral en general y en la ciencia en particular no son validadas, respetadas, ni reconocidas, forman parte de mi historia individual y juntas creamos una historia colectiva.

Son ellas a las que recuerdo y a quienes agradezco por inspirarme y hacerme sentir que lo que tenía que decir y lo que quería hacer, valía la pena. No es así con el profesor de biología que tuve en la preparatoria, que al escucharme decir que quería estudiar biología me dijo “bueno, pues todos tenemos el derecho de soñar”, ni a los múltiples profesores en la carrera que quisieron invitarme a salir, o besarme diciéndome que era muy buena estudiante y obviamente dijeron que “era muy madura para mi edad”, ni el exnovio que se molestaba conmigo cuando tenía una mejor calificación en un examen que él. Ellos ejemplifican algunos de los obstáculos que estoy segura la mayoría de las mujeres enfrentamos cuando no nos achicamos para darle espacio al ego masculino y cuando tomamos espacios que nos han enseñado que no son para nosotras.

La vida me llevó a formar parte de un laboratorio de investigación en etnobotánica ecológica, área de la ciencia que se ha convertido en mi especialización. Para entrar a ese taller tuve que hacer una entrevista: 14 estudiantes nos presentamos, 10 fuimos seleccionadas, todas mujeres. Formamos parte de un grupo de investigación con seis jefes y jefas, sólo dos mujeres. Era una pregunta común en nuestras conversaciones el porqué se daba esta diferencia entre géneros. Esta es sólo una pequeña muestra de lo que pasa estadísticamente en todas las áreas de la ciencia, y no sólo en México sino en todo el mundo. De acuerdo con la UNESCO, en México sólo el 30% de las personas investigadoras son mujeres, el 44% en América Latina, 32% en Estados Unidos, Canadá y Europa del Este y 30% en África Subsahariana. Falta mucho por cambiar para que existan las condiciones para que niñas y mujeres participen en la ciencia de una manera que sea respetada y valorada.

Actualmente me he alejado un poco de LA ciencia, y me he dedicado a cuestiones que trato de encasillar en palabras como geografía humana, antropología ecológica y justicia ambiental. Pero sin tanto rollo, lo que hago es trabajar junto con juventudes indígenas para apoyar proyectos que busquen mantener el conocimiento tradicional de sus comunidades y ayudarles a crear redes de encuentro para que sepan que sus esfuerzos no están aislados, que la soledad o la falta de comprensión que pueden llegar a sentir la sienten otras personas, y que conectando con ellas quizá se puedan lograr más proyectos.

Lo que he descubierto mientras realizo este proyecto es que todes aprendemos más cuando compartimos, y que si bien todes les jóvenes indígenas con quienes he trabajado enfrentan retos ligados a su edad, las mujeres enfrentan más dificultades debido a lo que ellas mismas han llamado “enfrentar tres barreras: ser joven, ser indígena y ser mujer”. También he aprendido de estas mujeres que si bien enfrentan estos retos, y a veces no encuentran ni en sus mismas comunidades espacios para participar como ellas quisieran en forma y cantidad, ellas los crean, ellas, junto con otres, crean esos espacios, y sí, representa mucho trabajo, muchos rechazos, muchas tristezas, pero también mucha felicidad, nuevos y nuevas amigues y aprendizaje.  

Tuve compañeros en la carrera que me explicaron que “las mujeres no toman puestos de liderazgo porque les da miedo tener poder”, compañeros en el posgrado que me dijeron que “las mujeres no ocupamos más espacios en la academia porque nosotras mismas nos saboteamos”, profesores carraspeando a mis comentarios sobre la inequidad que beneficia a los hombres en la ciencia y en la vida cotidiana, y aun así, aquí estoy, y ese “aquí estoy” individual es el aquí estamos de muchas muchas mujeres.  Desde creado espacios para nosotras y desde siempre hemos hecho ciencia, hay evidencias de mujeres cazadoras; el conocimiento tradicional de plantas medicinales y comestibles es resguardado principalmente por mujeres, las mujeres son cuidadoras del agua, enriquecen con sus puntos de vista la ciencia tanto occidental como no occidental, con sus experiencias y perspectivas. Sigamos existiendo en los espacios de los que nos han tratado de aventar, y si no los hay, hay que crearlos.

Nunca sabemos cómo nuestra existencia como resistencia y cómo compartir nuestras experiencias puede inspirar a más niñas a ser lo que ellas quieran ser y construir un mundo más justo, equitativo, e inclusivo para todes. La ciencia bien se los podría agradecer.


Soy una mujer proletaria, anti-patriarcal y queer. Me interesan los temas de diversidad biocultural, sistemas de conocimiento adaptativos y ecología política. Creo que compartir ideas y sentires colectivamente es una fuente fundamental para la creatividad, la aceptación y la justicia social. Me gusta nadar, echar el chisme, cocinar, bailar, leer y echar la chela. Mi cerveza favorita es la Patito (de Mérida, Yucatán). Dónde están los ladrones (1998) me cambió la vida.

Redes sociales: Twitter e Instagram @Marihuitzi

¡Lee a las invitadas e invitados de YucaPost!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *