La resistencia pandémica

Muchas cosas han cambiado y se han agravado con el covid-19. Entre ellas, la resistencia de las mujeres —todas las mujeres; cis, trans, negras, trabajadoras sexuales, las que están privadas de su libertad, indígenas, lesbianas, bisexuales, las que son madres, las que son hijas, migrantes, etcétera, todas—. Si bien, vivir en este mundo y sistema patriarcal siempre ha impuesto que nos enfrentemos a constantes desventajas y barreras; ahora, con una pandemia que aparenta no tener fin, todo es peor en prácticamente cualquier ámbito: en la seguridad, en la educación, el sector laboral, la salud física y mental, los derechos reproductivos, el acceso a los servicios y, lamentablemente, también en el acceso a los derechos humanos. Ya es marzo otra vez, ya regresó el mes en el que todos los medios recuerdan que existimos y resistimos (aunque intentemos recordárselos diario y hagan oídos sordos) y, a un año del inicio del confinamiento, me parece importante hacer un recuento de cómo esta pandemia, entre todo el daño que ha hecho, ha afectado de manera desproporcionada a las mujeres.

Antes de la pandemia, según cifras de ONU Mujeres, una de cada tres mujeres sufría violencia sexual o física, muchas por parte de su pareja. Si de por sí estas cifras ya eran dolorosas, sumamente preocupantes y urgentes de atender, el mismo organismo declaró que, desde inicios de la pandemia, los nuevos datos indican que han aumentado todos los tipos de violencia contra las mujeres y niñas, sobre todo la que se sufre en el hogar. Mientras para algunas es un riesgo el tener que salir a trabajar para poder llevar un ingreso a la familia, para otras el riesgo (también de vida o muerte) se encuentra principalmente en el hogar por tener que convivir mayor tiempo con el agresor. Y es aquí donde considero sumamente importante reconocer todo lo que se cruza en estos hechos, pues no es únicamente “tener al agresor cerca y no saberse ir”, sino también entender que las tensiones por la vulnerabilidad económica y social juegan un gran rol en contra de la mujer.

Pensar en todas las diferencias y desventajas que existen en el mercado laboral para las mujeres es reconocer, con dolor, que aún estamos muy lejos de lograr escenarios justo y equitativos que no hagan distinciones basadas en estereotipos y roles de género. Desde antes de la pandemia, a pesar del avance en la integración de mujeres a todos los sectores laborales, los números representaban grandes diferencias, sobre todo por una principal razón: la integración de las mujeres al mercado laboral sí aumentó, pero todas sus demás cargas, como el trabajo no remunerado del hogar y las labores de cuidado, NO DISMINUYERON; esas se quedaron, en gran medida, distribuidas de la misma manera, recayendo principalmente sobre ellas, recortando su tiempo disponible, ejerciendo presión sobre su energía física y emocional, dejándoles como principal posibilidad los empleos de tiempos parciales, con peores pagos y menores derechos laborales. Y, entonces, llegamos a un escenario en el que, si bien existían avances, las tensiones eran muchas, reales y fuertes. Así nos encontró la pandemia y lo empeoró todo.

Con el inicio del Covid-19 y los despidos masivos ocurridos, las mujeres se vieron afectadas de manera diferenciada. Tan sólo contando hasta agosto del año pasado, según cifras del Inegi, dos de cada tres empleos perdidos fueron de mujeres y, además, el sector que más afectado se vió fue el de servicios, el cual (oh, sorpresa) es el mismo en el que ellas se encuentran sobrerrepresentadas. A esto se le han sumado varios otros fenómenos. Por una parte, los grandes niveles de informalidad que existen en países como México y cómo las mujeres, por pertenecer en gran medida a él, necesitan del espacio público y de la socialización para poder contar con un ingreso que cubra sus necesidades y la de sus familiares (de ahí que la defensa de “las nenis” sea tan necesaria). Y, por otra —por supuesto sumamente relacionada con lo anterior— cómo las tensiones del tiempo se agravaron con la pandemia, sobre todo por el hecho de que la niñez abandonó los edificios de las escuelas y se llevaron todo al hogar, creando aún más distorsiones en la elección de muchas mujeres sobre cómo utilizar su tiempo y dividirlo entre trabajo no remunerado, empleo, ocio y descanso. Además, hablando de educación, resulta igual de importante tener presente que estas cargas de trabajo del hogar caen también sobre las niñas y adolescentes del hogar y que todo esto pone en entredicho el futuro de su educación. Según cifras de la UNESCO, “11 millones de niñas podrían no volver a la escuela después de la crisis por el covid-19”, trayendo consecuencias negativas no sólo en su educación, sino también en su desarrollo, debido al alto riesgo de sufrir violencia, embarazos adolescentes y precariedad laboral.

Ilustración @niidea_ilustracion

En cuanto a salud, más allá de todos los efectos injustos y dolorosísimos que el virus del covid-19 ha traído, los derechos reproductivos se han visto en riesgo y las consecuencias que esto podría tener a largo plazo parecen ser abismales. En abril del año pasado, el UNFPA, organismo de las Naciones Unidas que especializado en salud sexual y reproductiva, llevó a cabo algunas proyecciones que dejan ver la gravedad del tema; por ejemplo, entre ellas se encuentra que 47 millones de mujeres de 114 países de ingresos bajos y medianos no podrán acceder a anticonceptivos modernos, generando así mayor riesgo de embarazos no deseados, enfermedades de transmisión sexual y mortalidad materna.

De todos estos temas tan injustos y desgarradores, no se puede hablar sin tener presente que, a pesar de que el patriarcado y la violencia de género nos daña constamente a todas, estos no son los únicos enemigos de la sociedad y que existen poblaciones aún más vulnerables dentro de las que ya de por sí lo eran. Por ello, a continuación quiero hacer un breve recorrido sobre cómo ciertos grupos más específicos de mujeres se han visto vulnerados y, aunque sé que no son todos y que hay muchos más afectados, espero que sirva como reflexión para que volteemos a ver aquellas realidades que no se cruzan en nuestro día a día y que resisten en medio de un contexto político y social que muchas veces les olvida.

Las mujeres trans, por una parte, han tenido que enfrentarse a montones de injusticias agravadas desde el inicio del confinamiento; desde el choque económico que representó la disminución del trabajo sexual por las medidas sanitarias y las actividades restringidas, hasta por los actos discriminatorios que las excluyen de la atención médica, incluso en tiempos de una pandemia que está afectando a, literalmente, todo el mundo. El hecho de que sean un grupo altamente vulnerable y estigmatizado ha creado tensiones extras a partir del inicio de la pandemia, pues ahora, con menores oportunidades laborales, la precariedad laboral y las situaciones de riesgo toman ventaja y crean desafíos de ingreso, vivienda e higiene en un contexto que, ya de por sí, era sumamente complicado anteriormente. Por otra parte, en cuanto al acceso a la salud, muchos temas se cruzan, no sólo porque no reciben la misma atención en caso de contagio, sino porque, además, el riesgo de la disminución de recursos destinados a la atención del VIH ha estado presente durante todo lo que va de la pandemia. Si antes de encontrarnos en el contexto del coronavirus, el promedio de vida de las personas trans era de 35 años, ahora, en medio de tantos discursos de odio, mayor precariedad laboral y menor acceso a la salud, ¿qué es lo que vendrá? No seamos indiferentes ante esta situación, mucho menos seamos cómplices de los discursos de odio.

 Las mujeres privadas de su libertad —quienes representan el 5% de la población penitenciaria en México, según datos del Observatorio Género y Covid-19 en México— se enfrentaban a situaciones de riesgo constantemente desde antes de la llegada de la pandemia, pero ahora, en medio de tanta estigma, de tan pocos recursos, y de tanto olvido, la situación parece ser aún peor de lo que ya era. No sólo por las pésimas condiciones de higiene de los reclusorios del país, sino también y principalmente por hacinamiento y por el hecho de que, por el covid-19, las restricciones de visitas a los centros penitenciarios han impuesto que estas mujeres reciban menos recursos (o ninguno) para su día a día, tales como agua, alimentos y artículos de vestimenta e higiene y es importante aclarar que, contrario a lo que muchas personas piensan, la mayoría de los centros penitenciarios tampoco les brindan estos elementos. Al tener el rol impuesto de que las mujeres somos cuidadoras, quienes se encuentran privadas de su libertad suelen tener mucho menos visitas que los hombres en la misma situación, pues las familias no se hacen cargo de la misma manera, además de que muchas son parte de familias con ingresos muy bajos o que se encuentran a distancias muy alejadas de los reclusorios. Pero, además, las esposas de los hombres privados de su libertad también se ven en medio de una situación de mucha vulnerabilidad, pues son quienes les visitan, quienes les proveen recursos y quienes, además, se responsabilizan por completo del resto de integrantes de la familia. Si de por sí esto ya era una situación tan complicada, ahora lo es mucho más, no sólo por el gran riesgo de contagio al que se enfrentan, sino también por la dificultad de poder sostener tantos elementos al mismo tiempo. Ningún ser vivo pertenece a jaulas y espero que, con o sin pandemia, podamos ir transitando hacia mejores escenarios y realidades que pongan como prioridad a la dignidad humana.

En el caso de las mujeres indígenas, según datos del Foro Internacional de Mujeres Indígenas, la tasa de letalidad del covid-19 es más alta que en el resto de la población. Ejemplo de esto son algunas regiones en Quintana Roo, donde dicha tasa entre pueblos indígenas es tres veces mayor que la media nacional (que es, sin duda alguna, alta de por sí). Los riesgos que la pandemia ha traído a estos espacios son muchos y son graves, pues, en el caso de varias comunidades, por las distancias resulta sumamente complicado ir a centros de salud y, además, en el caso de varios países, muchos de estos grupos han quedado fuera de las políticas públicas establecidas como respuesta ante la pandemia.

Finalmente, al hablar de las mujeres migrantes, muchos elementos convergen para ponerlas en una situación de riesgo extremo que viola sus derechos humanos y su integridad como personas. En el caso de la frontera sur de México, mucha población migrante y refugiada se quedó varada tras el cierre de fronteras en Centroamérica y, con esto, su situación de vulnerabilidad se vio aumentada, no sólo por los riesgos de contagio, sino también por la manera en la que elementos de la guardia nacional y de las policías municipales han agredido sus derechos. Ante un mercado laboral tan afectado, las mujeres migrantes se han visto en condiciones precarias que, a la par, afectan su modo de vida diario, desde la vivienda hasta el acceso a la salud y, ante la falta de estrategias de políticas públicas que las contemplen, sus derechos humanos se ven cada vez más violentados.

Estos párrafos sólo brindan un pequeñísimo resumen de lo que la pandemia ha significado en la vida de muchas y, ante tanto dolor, impotencia y sufrimiento, yo sólo espero que podamos seguir uniendo fuerzas para luchar y resistir juntas. El patriarcado nos ha quitado mucho y la pandemia otro tanto más, desde sueños e ilusiones, hasta oportunidades, derechos y vidas mismas. El último año nos ha demostrado que muchos de los avances obtenidos a lo largo de los años eran frágiles y que bastaban unos cuantos meses para retroceder años atrás en cuestiones básicas de seguridad y dignidad. Ha sido sumamente doloroso e injusto; y en el caso de México, además, ha sido sumamente frustrante por el hecho de resistir ante una administración cínica, mentirosa y opresora. Pero vamos demostrando que seguimos de pie, que juntas siempre somos más fuertes, que donde ellos ponen muros, nosotras convertimos flores y colores en actos políticos llenos de rabia, dolor y ternura. Vamos demostrando que, con o sin pandemia, somos oposición. Una digna oposición, organizada, armada, con exigencias, propuestas y con muchas, pero muchas ganas de realmente hacer (y ser) el cambio que necesitamos.

Ilustración por @marcelaillustrates

No dejemos que el odio nos separe más. No permitamos que la teoría nos nuble la empatía. No desviemos la mirada del verdadero enemigo. Vamos también demostrando que juntas somos más fuertes, que cuando unimos nuestras voces, experiencias y puños, logramos mucho más y, aunque en el corto plazo eso no se vea, estoy segura de que, si alejáramos el lente, lograríamos ver que hemos ido logrando mucho. Hoy hay niñas protestando, reclamando sus derechos, siendo conscientes de que merecen un mejor futuro; hay adultas mayores que reconocen que nosotras las jóvenes nos estamos construyendo y aspirando a un mejor camino que al que ellas accedieron; y hay jóvenes y adultas dando todo por esta lucha colectiva.

Este 8M fue la muestra de que, a pesar de todo, estamos bien puestas tomando fuerza, ya sea desde lo digital; desde nuestro núcleo más cercano; desde los parques y calles de nuestra colonia; desde la valla y el zócalo; desde los monumentos que queremos tirar; y sí, también (y sobre todo) desde las actividades cotidianas en las que ponemos toda nuestra energía en esta lucha, en nuestras convicciones, en nuestras ganas de hacer que la dignidad se vuelva costumbre. Gracias por su lucha, por su ternura y por su rabia. En medio de tanto dolor, se va a caer, porque ya lo estamos tirando.

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

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