La perfección de lo que está ajeno a lo ideal

Comencé a ver la serie Gilmore Girls unas semanas después de que iniciara la pandemia y, aunque ya casi la acabo, hay una idea que no deja de taladrar mis pensamientos desde el primer capítulo: con sus altos y bajos, la relación entre Lorelai y Rory —madre e hija en la serie— es por mucho ideal, una relación donde antes que familia son mejores amigas y es que seamos sinceros: los detalles más sucios, penosos o curiosos de nosotres y nuestras anécdotas muchas veces los reservamos a nuestro amigues para evitarnos un regaño o una lección que en más de una ocasión no necesitamos porque, lo crean o no, usualmente sabemos cuando estamos haciendo tonterías, por más que pretendamos engañarnos a nosotros mismos y a los demás.

Sin entrar más en detalle con respecto a la serie, solo quiero decir que mientras más me acerco al final más me doy cuenta de que he sido bendecida por tener una relación igual de ideal con mi propia madre, aunque claro, con sus marcadas diferencias. Si bien mi mamá es mi mamá primero y luego —a veces— mi mejor amiga, la confianza que le tengo es enorme. Sé que me puedo acercar a ella para un consejo o una crítica, para que me diga lo que tengo que escuchar y no lo que quiero oír.

Este pensamiento me dejó pensando en cuán afortunada soy por tener algo así y en lo diferente que serían mi vida y mi forma de ser de no estar mi mamá aquí. Sin irme muy lejos, probablemente estaría sumida en la más profunda de las depresiones porque mi mamá ha sido quien más de una vez nos ha salvado a mí y a mi cabeza del deterioro que un trastorno no cuidado traería. Entonces me asomo a ver su relación con mi abuela y me doy cuenta de que, aunque sumamente estricta, mi abuela jugó un papel similar para mi mamá y sus hermanas, una confidencia que creo que solo se logra entre mujeres y que me gusta pensar que la mayoría de las hijas logran con sus madres.

Vía https://www.womaninrevolt.com/gilmore-girls-season-3-episode-7-they-shoot-gilmores-dont-they/

Sin embargo, no quiero contar lo afortunadamente buena que ha sido mi relación con mi mamá, lo que quiero compartir es lo difícil que resulta sentir ese lazo rompiéndose, saber que conforme avanzo en mi vida me alejo un poco más de ella, no por voluntad propia, sino porque inevitablemente el camino de les padres y les hijes poco a poco toman cursos diferentes. No olvido que esto no sucede siempre, pero me quiero enfocar en las veces que sí. Con el paso de los días la lejanía se ve cada vez más marcada, no solo físicamente, sino en lo que respecta a las ideas y la forma de ser, encontramos puntos de similitud y contrastes que de pronto nos hacen pensar que nos crio alguien completamente diferente.

De pronto, comenzamos a reservarnos cosas una de la otra, por no preocuparnos, porque nos vamos a dar una plática y un sermón que no queremos escuchar y de todos modos, mientras más grande es la tempestad más inevitable es acudir al consuelo y el consejo maternal, porque aun con las crecientes diferencias del paso de los años, parece que son ellas las primeras que notan nuestra verdadera esencia, parece que pronto saben realmente —y a veces un poco mejor que nosotres— por qué hacemos o dejamos de hacer las cosas y es curioso, a veces incluso es fastidioso. Insisto, estoy hablando de mi plano individual, de mi historia personal, a lo mejor terminaré siento catalogada como sobreprotegida y consentida, pero no me arrepiento de lo que esto ha tenido como consecuencia: una confianza ciega, que a pesar de sus reservas me deja sabiendo que aun en la adversidad sería mi madre a la primera persona a la que recurriría, porque ha sido mi mamá, mi cómplice, mi confidente, mi terapeuta y mi mejor amiga.

Mi relación con mi madre está lejos de ser ideal y perfecta, nuestras ideas suelen encontrarse en duelo, suelo cuestionar sus enseñanzas y su crianza y a pesar de ello no dudo en que sería la primera persona en apoyar cada una de las luchas que decida seguir porque creo que mi mamá ha decidido que a pesar de ser mi mamá, quiere lo mejor para mí y a veces, lo mejor para mí dista mucho de lo que quiere para mí, pero es exactamente lo que nota que me hace feliz y sí, esa felicidad no se salva de a veces ser una mala decisión, pero de todos modos, adivinen quién es la primera en darme un abrazo y ayudarme a encontrar una solución, una pista: es la misma persona que nunca dice “te lo dije”, sino que se limita a guiarme y a corregirme si es necesario, enseñándome cosas que por inocencia, arrogancia o ignorancia no he querido ver: mi madre. Por eso quise escribirle esto, para decirle que la amo y que sé que no tenemos la relación mágica e ideal de una serie de televisión, pero no podría desear una relación diferente, no podríamos funcionar de manera diferente, porque no somos las chicas Gilmore, somos algo mejor: somos reales.

¡Hey! Estudio Derecho en el ITAM y tengo 23 años. Soy promotora de los Derechos humanos, y más particularmente de la salud mental. Me interesa mucho la filosofía, particularmente en cuanto a la formación individual del humano, tanto de manera colectiva como individualmente.

Siempre abierta al conocimiento de diferentes perspectivas de manera cordial y respetuosa. Nunca se sabe suficiente del mundo y siempre estamos construyéndonos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *