La música y el duelo. Un puente a la memoria

La forma en la que extrañamos es peculiar. La forma en la que construimos nuestra memoria se relaciona con cada uno de nuestros sentidos: el tacto, con aquella sensación particular que nos trae el tocar a una persona que solíamos tener a nuestro lado; el gusto, cuando recordamos el sabor de una comida o de un dulce que compartimos alguna vez; el oído, cuando recordamos algún ‘te quiero’, las canciones que le gustaban al abuelo o esa música de la que nunca supimos el nombre, pero que una vez escuchamos por ahí y nos encantó; y el olfato, al recordar el olor particular de nuestra casa de la infancia un domingo por la mañana, o el perfume de mamá.

Es a través de los sentidos que el mundo se hace presente frente a nosotres; así como, también, es a través de estos que interactuamos con éste. Específicamente, es a través del habla que nos hacemos presentes frente a las demás personas (el uso del Logos, dirían Arendt o Rancière). Tiene sentido, entonces, que sea a través de los sentidos que recordemos a aquellas personas, lugares, cosas que ya no están en nuestras vidas. Y, en particular, tiene sentido que usemos la música —la melodía producto del habla— para revestir de significado las palabras que nos hacen recordar.

Aunque ni toda la música ni todos los recuerdos son tristes, creo que hay un halo de nostalgia que rodea la música con la que solemos recordar. En este punto, y pido perdón si soy repetitivo, me es imposible no hablar de algo que ya he mencionado en otro texto: el exilio y su relación con la pérdida. Hay algo muy particular que sucede cuando dejas atrás al sitio que te vio nacer (o bien, el lugar en el que pasaste la mayoría de tus días), y es que muchas cosas que conocías —incluso cotidianas— adquieren un nuevo significado, en especial la música.

En mi caso, hay una anécdota que siento que ejemplifica esto a la perfección: de niño, a mi papá le encantaba ponernos su música favorita. Años pasarían para que yo supiera realmente quiénes eran los Bee Gees, The Carpenters o incluso Maisanta, el último hombre a caballo, en voz de Cristóbal Jiménez. Sin embargo, entre todas aquellas canciones, siempre hubo algunas cuyo nombre nunca supe. Tal era el caso de las hermosas piezas musicales que acompañan el increíble arte de Fantasía 2000, una de las películas que veíamos en nuestros viajes a la playa.

En uno de sus actos musicales, la película retrata la ciudad de Nueva York, su ajetreo y su ritmo de vida a través de varios personajes; todos en conflicto por estar atados a una rutina brutal. En el momento próximo al desenlace, todos imaginan su vida soñada: un obrero sueña con ser músico de jazz, un hombre desempleado sueña con tener trabajo, un hombre sueña con tener una vida más divertida y una niña (en la que siempre me vi reflejado) sueña con tener más tiempo con sus padres. Todo, mientras patinan en el majestuoso Rockefeller Center al son de la melodía más dulce que jamás había escuchado. Por años, desconocí el nombre de dicha pieza, pero en mis recuerdos vivía como el soundtrack de uno de los momentos más sublimes de mi infancia.

A medida que la salud de mi padre se deterioró, así como mi relación con él, comencé a olvidar poco a poco la importancia de dicho recuerdo. No fue sino hasta después de su muerte, estando ya en el exilio, que me reencontré casi mágicamente con aquella sinfonía. Sentado en la Sala Nezahualcóyotl, la escuché de nuevo. La música llegó a mí como una como una ola tremenda y me estremeció. Rompí en llanto, lloré a mi papá. Por fin supe su nombre: era Rhapsody in Blue, de George Gershwin.

A partir de esta anécdota es donde encuentro la importancia de la música en el duelo, y es su increíble capacidad de expresar aquello que a nosotres nos duele y nos aqueja. Es el poder de la música para expresar en melodía lo que la boca a veces no puede decir. Por mucho tiempo, me sentí incapaz de llorar la muerte de mi padre. Estaba ‘constipado’ emocionalmente. Pero al escuchar esa sinfonía de nuevo, fue como si se destapara todo lo que tenía dentro. Con la misma intensidad con la que llegaron a mí todos los recuerdos de mi padre, salió de mí el llanto.

Por supuesto, la música no sirve sólo para esto; pero para mí no deja de ser increíble la capacidad que tiene para acompañar durante el duelo, o para sanar un poco aquello con lo que lidiamos en silencio. Y lo veo en todos lados: en las madres que le cantan a sus personas desaparecidas, en las familias que le llevan serenata o su música preferida a sus personas difuntas en los panteones, en esos momentos en los que todo lo que queremos es escuchar aquella música que nos transporta de regreso a algún lugar de nuestro pasado, o que nos regresa al cálido abrazo de alguien que ya no está.

Y aunque para mí la música me ha ayudado a transitar por el camino del duelo, hay para quienes el recuerdo de la pérdida puede ser algo bonito. Como aquellas canciones de amor desdichado que uno le canta a su patria; diría Augusto Bracho, el recuerdo de aquella pérdida puede ser algo triste, pero bonito a la vez. De aquello que fue, y que sigue siendo en algún lugar, pero no así para nosotres.

Así como la pérdida es testimonio de que la vida sigue, de que seguimos aquí y aunque en el camino vamos perdiendo algo de ella (y de nosotres mismes), la música es esa fiel acompañante que nos da aliento en el camino, nos hace compañía durante el descanso y que, muchas veces, es mucho mejor intérprete de lo que sentimos que nosotres mismes. Este artículo es una invitación a recordar, un poco, de lo que la música es capaz de hacer por nosotres: reconectarnos con personas, lugares y sentires que ya no están.

Un poquito de aquí, un poquito de allá. Nací en Venezuela, vivo en México desde 2016 y estudié Ciencia Política y Admin. Pública en la UNAM. Exploro mi experiencia de vida con palabras y vengo a compartirlas.

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