La menstruación contada a voces

Usualmente suelo tener una memoria de largo plazo bastante deteriorada. Recuerdos de mi niñez, adolescencia o temprana adultez, que para todos parecen estar bastante claros, para mí están borrosos, como tinta fresca que, sin querer, fue deteriorada por el dorso de una mano distraída que trataba de alcanzar la taza de café.

Sin embargo, puedo recordar con claridad el día que menstrué por primera vez. Eran alrededor de las seis de la mañana, tenía el tan incómodo uniforme de gala, pues los jueves se nos obligaba a portar un horrible vestido rojo, calcetas blancas hasta la rodilla y zapatos negros, bien lustrados.

En sexto de primaria me habían dado una plática a mí y mis compañeras, después de sacar a todos los niños del salón, porque obviamente los temas a tocar eran solo para señoritas. La maestra nos habló de forma vaga sobre la menstruación, haciendo énfasis en que, a partir de ese suceso, podíamos quedar embarazadas. Desde esa conversación llena de silencios, no se me brindó ninguna otra información.

Entonces llegó el jueves, yo sabía que en algún punto de mi vida iba a sangrar, pero me tomó de sorpresa. Tanto, que me puse a llorar cuando bajé las escaleras para encontrarme a mi mamá en la cocina. Le conté lo que estaba pasando, ella me dijo que me pusiera una toalla sanitaria y me permitió faltar ese día a la secundaria.

Después de ese día, todos los demás son confusos. Mi cuerpo descubrió los cólicos, pero yo no sabía cómo lidiar con ellos, ni con la incomodidad de la toalla, ni con los coágulos de sangre salir a voluntad propia, ni con el miedo a mancharme y que mis compañeres se dieran cuenta y que eso provocara burlas, señalamientos, bullying a largo plazo. Así que empecé a fingir fiebres, dolores de estómago, de cabeza, lo que se me ocurriera para que, justo los días que menstruara, mi mamá me dejara no ir a clases.

Supongo que ella en algún punto se dio cuenta, sin embargo, tampoco sabía cómo hablar conmigo de eso. Mi abuela, una mujer ultraconservadora, jamás habló con ella sobre lo que significa ser una persona menstruante, tampoco le dijo que había muchos métodos que iban más allá de la toalla sanitaria, y mucho menos sobre los cólicos. Las herramientas, así como a mí, tampoco le habían llegado a mi mamá.

Debajo de los asientos nos pasábamos las toallas, a través de notitas pedíamos papel de baño porque en la secundaria nunca había. Con temor al levantarnos del mesabanco, íbamos hasta el escritorio para decirle al profesor que nos permitiera ir al baño, rogando en silencio una respuesta afirmativa, pues sentíamos nuestra ropa interior desbordarse de sangre hasta escurrir por nuestros muslos.

Así, con miedo, vergüenza, y dolor, viví más de cinco años sin dejar de pensar en el día que por fin dejara de bajarme. Me acostumbré a no salir de casa cuando estaba sangrando, por miedo a mancharme o al dolor repentino del cólico, a planear con antelación las fiestas de cumpleaños, navidad, año nuevo… A vivir preocupade por las fechas que me quitarían cinco días de vida cada mes.

Menstrual period concept. Tatiana Zabrodina – Getty Images

Era como vivir aislade en una isla, por lo menos fue así hasta que pude ser capaz de reconocerme como un cuerpo menstruante que no sabía en realidad todo lo que sucedía alrededor de ésta. A través de muchas experiencias aprendí que no era la única persona que sufría de cólicos, que no tenía nada de malo mancharse.

Con mi mamá pude compartir, mucho después, mis dudas y descubrimientos. Ella tampoco sabía que existían los tampones, menos aún cómo funcionaban. Me platicó que mi abuela jamás les explicó nada, por obvias razones tampoco mi abuelo, ella y mi tía sufrieron el silencio impuesto por la educación conservadora que también recibieron mis abuelos nos transmitieron a mí y mis hermanas, lo poco que habían aprendido a través de las experiencias de otras personas menstruantes, así como yo.

Después de ir a terapia, pude externar todas las inseguridades que rondaban. Le conté a mi terapeuta sobre un sueño que tuve: había despertado más tarde de lo normal, y de alguna forma sentía que me había perdido de muchas cosas, pero les preguntaba a las personas que me rodeaban y nadie era capaz de responderme nada. Resultó que estaba relacionado, entre muchas cosas, a la incertidumbre que rondaba mi ciclo menstrual y a cómo nadie a mi alrededor tenía la capacidad para explicarme la información que me faltaba.

Al final entendí que el cambio para quitarle la mordaza a la menstruación, no iba a venir de quienes se supone que debían, sino de nuestres iguales, de la empatía y de la escucha activa entre nosotres, de saber dolernos y poder compartir esas mismas violencias que nos atraviesan de formas distintas, y así dejar de contar cachitos de la menstruación, para que ya no pasemos años de incertidumbre, vergüenza, o dolor, tratando de completar un rompecabezas del cual no nos han otorgado todas las piezas.

Soy una persona no binaria, nacida en el 97. Estudié letras y aunque una de mis grandes pasiones es la lectura, muchas veces me inclino a la crítica social desde un enfoque cuir y feminista. Mis intereses siempre se encuentran en movimiento ya que me gusta aprender cosas nuevas. Creo firmemente que lo personal es político.
Me gusta escribir en primera persona.

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