La matria por la que todavía cantamos

Hace poquito más de un año, brotaba de mis dedos un texto que se escapaba de mí: “La Era está pariendo un corazón”, en este mismo blog. Se escapaba de mí porque fue de esos textos que se escriben en una sentada, en pocos minutos, porque son ideas o vibras que no son de una misma en su totalidad (son de todas) y necesitas organizarlas para que dejen de empujarte las entrañas.

En agosto de hace un año, estallaban las protestas feministas en la CDMX con un tono mucho más incendiario y estridente que en otras ocasiones: ya no tendrían más la comodidad de nuestro silencio y menos la tranquilidad de nuestra protesta “respetando sus formas”.

Todavía cantamos, todavía pedimos,
todavía soñamos, todavía esperamos,
a pesar de los golpes
que asestó en nuestras vidas
el ingenio del odio
desterrando al olvido…

…a nuestras hermanas queridas. A cinco días de la ocupación de la CNDH, ya no crean que las mujeres vamos a esperar a que sus instituciones inoperantes empiecen a hacer su trabajo. El año pasado les prendieron fuego, las llenaron de pintas y destrozaron sus ventanales. Hoy, las mujeres les hacen a un lado para tomar esos edificios públicos y transformarlos de mausoleos y sepulcros blanqueados, en refugios donde se atiendan a las víctimas de años y años de Estados fallidos y administraciones indiferentes que se esconden detrás de un discurso de “orden” y “derecho”.

Todavía soñamos, todavía esperamos;
que nos digan adónde
han escondido las flores
que aromaron las calles
persiguiendo un destino
¿dónde, dónde se han ido?

¿Estarán la justicia y la dignidad con ellas? Porque no están con los señores del poder en turno. Esos que firman convenciones o acuerdos. Aquellos que balbucean en un micrófono cada mañana. Aquellos que se lamentan por piedras, retratos y pedazos de tela que hoy no significan nada. La justicia y la dignidad están del lado de las madres que les levantan la voz, que les cuestionan y exigen. Están del lado de las madres que buscan a sus hijas e hijos, que abrazan sus cuerpos inhertes o acompañan y se duelen junto con sus hijas ultrajadas, profanadas. En esos rostros y nombres que insisten en reducir a cifras.

Fotografía: Andrea Murcia.

Todavía cantamos, todavía pedimos,
todavía soñamos, todavía esperamos;
por un día distinto
sin apremios ni ayuno
sin temor y sin llanto,
porque vuelvan al nido…

…nuestras hermanas queridas. Mi matria son las madres que claman justicia, porque cuando lo hacen, todas las madres somos convocadas. Mi matria son esas feministas valientes e incendiarias, que desde la rabia y la ternura hacen el trabajo que el Estado ha dejado en el olvido. Mi himno son sus consignas y mi bandera son sus pañuelos con glitter y sus pintas en las paredes. La matria en la que creo, por la que lucho y la que me invita a despertarme un día más, es la mirada de mi hija y las pataditas que me laten desde adentro anunciando la llegada de la siguiente, las manos de mi madre, la voz de mi abuela, los rostros de todas las mujeres que amo: las que están en mi vida y las que veo solo en fotos incendiando el mundo con sus existencias. Que les quede claro: Todavía cantamos.

*Todavía cantamos (1987), es una canción del cantautor argentino Víctor Heredia, cuya hermana es desaparecida de la última dictadura cívico-militar en su país.

Soy psicoterapeuta, docente universitaria, cantora, feminista y mamá.

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