La máscara de la muerte azul

He estado escribiendo y borrando la introducción de este artículo por más de dos horas. No sé cómo empezar, tampoco estoy muy segura de cómo terminarlo.

Desde el inicio de la cuarentena ha parecido que las medidas coercitivas y punitivas no son el camino óptimo para garantizar el cumplimiento de las medidas preventivas instauradas a raíz de la crisis sanitaria por el COVID-19. No puedo entender porqué en medio de una pandemia se ha reforzado el cuerpo policiaco en vez del sector de salud y las garantías de seguridad al trabajo informal.

En primera instancia, las medidas de prevención no son accesibles a todos los sectores de la población. 31.3 millones de la ciudadanía mexicana viven a partir del empleo informal, lo que significa que no pueden cumplir con las medidas de distanciamiento social pues no tienen como sustentar ese periodo sin ningún tipo de ingreso constante. Los cubrebocas se desvanecieron de las farmacias y ni siquiera los centros médicos cuentan con todos los aditamentos necesarios para la protección.

La muerte no debería de ser un castigo por salir a la calle sin cubrebocas. La muerte no debería de ser el posible desenlace de una multa mínima.

Las protestas en EUA a raíz de la brutalidad policiaca nos parecían tan lejanas, pero la lucha en contra de estos abusos de poder y el racismo estructural es global y es histórica. Es inútil creer que la policía está para proteger a la ciudadanía. La policía está para proteger al Estado. Una vez una profesora nos explicó de manera muy sencilla cómo funcionaba este razonamiento:

Si Carlos Slim está caminando por la calle y le roban un millón de pesos –los cuales generó en un lapso de diez minutos– y al mismo tiempo a un obrero le roban mil pesos –los cuales generó en una semana de trabajo– ¿A quién atenderán con más urgencia en el ministerio público?

La policía es un instrumento del Estado para proteger la propiedad privada de la clase oligárquica a costa de los derechos humanos del resto de la población. A costa del derecho de la libertad, de la justicia y sobretodo, de la vida.

Protegen a tus agresores, te revictimizan, te tiran petardos en las marchas, te dicen que es que es mucho trámite y que mejor lo dejes ir, pero son los primeros en volver a levantar los monumentos.

Gerardo Solís Gómez, fiscal de Jalisco.

Las medidas frente al COVID-19 han propiciado este fortalecimiento del cuerpo policiaco no necesariamente como una consecuencia natural, sino como parte de una agenda de miedo instaurada por los eternos candidatos. Si hay miedo se tienen que dar más insumos a las instituciones encargadas de la seguridad. Pero ¿qué pasa cuando son estas mismas las que ponen en riesgo la integridad de la ciudadanía? La práctica de brutalidad policiaca se enraíza en una preparación insuficiente, un salario mediocre y una institucionalización de la extorsión a la ciudadanía. No es normal tenerle miedo a la policía como lo tenemos en México.

A veces me acuerdo de la campaña que tenían en Ciudad de México donde los policías del metro tenían un listón morado –para que la usuaria que se sintiera en situación de riesgo se acercara a pedir ayuda– y que fracasó terriblemente. Porque no existe confianza ni en la policía ni en el Estado por la misma razón de que no es su deber proteger al ciudadano. Su trabajo es proteger a la jerarquía, a los monumentos que representan a la figura histórica del Estado.

El asesinato de Giovanni López no debería de quedar impune. Incluso aunque el fiscal general del Estado de Jalisco revictimice, aunque el presidente no diga nada, aunque no sea el único caso este año. Los gobiernos están castigando el aspecto social frente a sus agendas políticas.

No más a estas políticas de miedo. No más poder al cuerpo policiaco. No más muertes a manos de violencia disfrazada de seguridad. No más arrestos para llenar cuotas.

Me encuentro nuevamente en esta incompetencia para terminar el artículo.

¿Qué más se puede decir entre las lágrimas de coraje e impotencia?

 

#JusticiaparaGiovanni

ACAB

 

 

Celeste, como el color. Estudio Sociología en la UNAM y me especializo en Estudios de Asia. Tengo 20 años y constantemente me hago la misma pregunta ¿Se podría hacer un análisis sociológico de esto? La respuesta, para mala fortuna de los que me leen, siempre es sí.

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